Solemnidad de la Ascensión (C)

Fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Queridos hermanos y hermanas: el evangelista San Lucas -lo acabamos de escuchar- termina su Evangelio con la Ascensión de Jesús y comienza el libro de los Hechos como ya se ha leído en la primera lectura- también con la Ascensión del Señor. Es el término de su presencia visible en la tierra y la entrada en la gloria divina, desde donde -tal como hemos oído- volverá glorioso. Son tres aspectos fundamentales de la fe cristiana, hasta el punto que los confesamos cada vez que decimos el credo, repitiendo la fe de la Iglesia desde los primeros concilios: «subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre y volverá glorioso”.

Después de la resurrección, Jesús se manifestó varias veces a los discípulos para confirmarlos en la fe. Pero después les dio a entender que su misión visible en la tierra había terminado. Los bendijo como signo de su benevolencia y de la continuidad de su ayuda. Y entró en la gloria divina, manifestada por la nube que se lo llevó mientras ellos perdían de vista porque entraba en una dimensión que los sentidos humanos no pueden captar. Sólo se puede intuir desde la fe y desde una mirada contemplativa. En la Ascensión, Jesús lleva su naturaleza humana a la gloria de Dios e indica que toda la humanidad está llamada a seguirlo hacia esta plenitud gloriosa. Por eso la Ascensión es una fiesta de alegría.

La fe de la Iglesia afirma la realidad de Jesucristo más allá de la nube que priva la vista. Con una afirmación sacada de una salmo dice: «sentado a la derecha del Padre» (cf. Sal 109, 1). Con esta expresión, afirmamos que Jesús de Nazaret, el hijo de María, que ha sufrido la pasión y muerte en una cruz, comparte con el Padre la soberanía divina sobre todo el universo. Esta participación en la gloria de Dios, no aleja a Jesucristo de su Iglesia, de nosotros, del mundo. Sino que inaugura una nueva forma de presencia, invisible a los ojos humanos, pero real y activa de cara a la liberación y la salvación de la humanidad. Por eso la Ascensión es una fiesta de acción de gracias.

Además, los discípulos, inmediatamente después de la Ascensión del Señor, recibieron la promesa de que Jesús volvería glorioso. Es un anuncio portador de una alegría inmensa. Por eso la Ascensión es una fiesta de esperanza. Mientras esperamos, sin embargo, su regreso, necesitamos trabajar activamente para que nuestra tierra, nuestro mundo, sean cada vez más como Jesús nos enseña en el Evangelio, empapados de santidad, de fraternidad, de justicia. Para hacerlo, no contamos sólo con nuestras fuerzas. Antes de subir a la gloria del cielo, Jesús prometió el Espíritu Santo y dio un mandato a sus discípulos -a los de entonces y a los de ahora-: ser testigos suyos y predicar a todos los pueblos la conversión y el perdón. Ser testigos con la vida y anunciar el Evangelio de palabra. Sabiendo que es el Espíritu Santo quien nos da la fuerza y nos ilumina la tarea; quien infunde la alegría en nuestro corazón, a pesar de las dificultades de la vida.

Leía, hace un par de semanas, unas entrevistas realizadas a varias personas. Una de las preguntas era sobre qué pensaban de Dios. Alguno de los entrevistados se definía como creyente y testimoniaba su fe. Pero otros no, y lo decían con unas afirmaciones que hacen pensar. Algunos aseveraban que Dios no existe o que es una invención de la mente humana para encontrar consuelo y explicar cosas inexplicables hasta la fecha. Lo decían con convicción, como si la ciencia hubiera podido demostrar la no existencia de Dios. Algunos otros, en una posición no tan radical y más subjetiva, decían que ellos no creían en Dios. Y aquí nos podríamos preguntar qué imagen tienen de Dios por no creer; quizá el concepto que se han hecho no corresponde al Dios revelado en Jesucristo, y entonces tal vez también es un Dios en el que no creemos los cristianos. Algunos otros se definían como agnósticos porque no saben si Dios existe o no. Si esta respuesta no es una manera fácil de salir de la pregunta, significa que han reflexionado sobre la existencia de Dios y no han llegado a una conclusión determinada. También había quien decía que le gustaría que Dios existiera, expresando así una cierta nostalgia por su ausencia. Todas las respuestas son respetables. Y, junto con los creyentes de otras religiones, nos presentan la realidad plural de nuestra sociedad a nivel de fe. Es ante esta sociedad que tenemos que presentar el verdadero rostro de Dios que es Jesucristo. Debemos dar testimonio de él, como Hijo único de Dios hecho hombre, y de la gloria que tiene después de la pasión y la cruz. Un testimonio respetuoso de las otras formas de pensar, propositivo no impositivo, porque Dios debe ser amado libremente. Este testimonio debe estar fundamentado en la oración y en la reflexión para saber dar razón de la esperanza que hay en nosotros debido a la fe en Cristo (cf. 2 Pe 3, 15). Como los discípulos el día de la Ascensión, tenemos que volver a la ciudad, al ámbito donde vive y habla la gente, y sostenidos por el Espíritu Santo, vigorizados por la oración, con alegría y con la acción de gracias, debemos irradiar a Jesucristo y su Buena Nueva.

Fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Lo perdieron de vista, pero no dejó de estar en medio de ellos, en medio de nosotros, presente en el mundo. Resucitado. Viviente. Su cruz y su resurrección iluminan las tragedias y el dolor de la humanidad. Su presencia liberadora abre caminos de libertad, de dignidad para cada persona y de vida nueva. Su resurrección y su ascensión nos dice que él ha vencido y que continuará venciendo las fuerzas de la opresión, del mal y de la muerte, hasta la victoria final. Y que la visión de Isaías sobre el final de los tiempos se cumplirá (Is 2, 4); que al regreso del Señor experimentaremos la vida en abundancia, la alegría, la paz, la felicidad para siempre.

Lo perdieron de vista, porque sus sentidos corporales ya no lo percibían, pero no perdieron su presencia perceptible sólo desde la fe, y no por ello menos real. La Eucaristía es el lugar principal de su presencia entre nosotros. Por eso, al celebrarla experimentamos «una alegría santa», crece en nosotros la esperanza de un término feliz para la historia humana al que debemos contribuir de una manera comprometida, mientras sentimos el anhelo de llegar a compartir, también un día, la gloria de Jesucristo con Santa María y todos los santos.

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