Fiesta del Tránsito de San Benito

La paz de Dios guardará vuestros corazones, decía San Pablo en la segunda lectura. El tema de la paz, queridos hermanos y hermanas, está estrechamente ligado a San Benito y a su obra. Hasta el punto que la divisa de los monasterios benedictinos es pax, paz. No podía ser de otra manera, siendo como es uno de los puntos fundamentales del Evangelio. Jesús ha venido a traernos la paz. Y él mismo hace una distinción entre la paz tal como el mundo la da y su paz (cf. Jn 14, 27). La paz de Jesús es un don que él otorga, no una conquista humana. Y este don llena a la persona, la hace sentir reconciliada con Dios y consigo misma, la hace sentirse profundamente estimada por el Señor y abierta a acoger su misericordia. Esto a nivel individual. Porque la paz de Jesús tiene también una dimensión comunitaria, social, que se traduce en justicia, en convivencia, en diálogo, en búsqueda compartida del bien común, en conciencia de ser unos y otros hermanos por la filiación divina que nos ha sido dada. La paz según el mundo, en cambio, tiene una dimensión menos profunda, no está abierta a la trascendencia, busca la tranquilidad, la superación de las tensiones interiores, la protección de las propias seguridades. Y a nivel social, busca una convivencia basada en los derechos y deberes de los ciudadanos, a menudo privada de misericordia y de perdón; a veces, puede llegar a ser una paz falsa, mantenida dictatorialmente y divulgada a través de los medios de comunicación con una propaganda adecuada.

La paz de Jesús lleva hacia la plenitud personal y hacia la plenitud de las relaciones con los demás. Por eso san Pablo, en la segunda lectura, vinculaba la paz de Dios -que es la paz de Jesucristo- con la oración, con el amor fraterno, con la serenidad que viene de la fe, con la alegría de saber que el Señor está cerca de cada uno de nosotros. Estas raíces marcan la diferencia entre la paz de Jesús y la del mundo. Según los criterios del mundo, no puede haber paz durante las dificultades que podemos experimentar. Jesús, en cambio, nos enseña que incluso en las pruebas podemos encontrar su paz por medio de la oración y de la confianza en la Palabra de Dios. Y no sólo la paz, también la alegría, tal como dice el Señor: felices vosotros cuando por mi causa os insulten, os persigan y digan contra vosotros toda clase de mal, Alegraos y regocijaos lo (Mt 5, 11-12). Según el mundo, admitir las propias debilidades y los propios errores no trae paz; en cambio, según Jesús admitirlos es camino de enmienda, de confiar en la misericordia y el perdón de Dios, es camino de humildad y de amor a los demás, camino, por tanto, de paz. Según el mundo, la paz viene de vivir de acuerdo con el propio gusto; en cambio, según Jesús, la paz viene de darse con abnegación a los demás y que gastar para ellos la propia vida. Sin embargo, hay que tener presente que muchos de nuestros contemporáneos de las sociedades occidentales, aunque no vivan la fe en plenitud, tienen unos criterios que provienen del humanismo cristiano y buscan la paz instruidos por la palabra de Jesús.

Ya desde los inicios de su Regla, San Benito nos dice: «si quieres la vida verdadera y perpetua -es decir si quieres vivir auténticamente en la tierra y poder llegar al Reino eterno-» busca la paz y síguela”. Y para enseñar cómo se debe buscarla, recurre a la enseñanza de la Escritura, y dice «que tus labios no hablen falsedad; apártate del mal y obra el bien, (Prólogo 17; Sal 33, 14 -15). El camino para encontrar la paz pasa, pues, para hacer el bien y evitar el mal; y, de un modo particular por no hacer el mal en el hablar y, por tanto, pasa por decir la verdad. En este pasaje que he citado, se refiere concretamente a decir la verdad de palabra, pero más adelante, san Benito habla, también, de tener la verdad en el fondo del corazón y de cómo nuestros gestos externos, toda nuestra actuación, deben corresponder a la verdad de lo que pensamos y sentimos en nuestro interior iluminado por el Evangelio (cf. RB 4, 24-25.28). En el ámbito comunitario -y lo podemos aplicar a la vida social- san Benito, como camino de paz, habla «de honrar a todos los hombres» (cf. RB 4, 8) y prescribe respetar de una manera justa las necesidades de cada uno, de esta manera todo el mundo podrá tener lo que necesita, también cuando sea necesario, el perdón, «así -dice- todos los miembros vivirán en paz» (RB 44, 5; cf. 4, 73; 71, 7-8 ). El buen orden social, la convivencia libre y solidaria, son también promotores de paz (cf. RB 31, 18-19). En la convivencia, la paz es fruto de la justicia y del amor al hermano, y lleva a actuar según la verdad. También habla, San Benito, de encontrar la paz y hasta la alegría, cuando experimentamos la contradicción interna o externa o la injusticia y cuando encontramos dificultades; entonces la palabra de la Escritura y el ejemplo de Jesús, meditados en la oración, pueden llevar a experimentar la paz y hasta la alegría en el fondo del corazón en medio de las tribulaciones (cf. RB 7, 35-39).

En nuestra sociedad que busca la paz interior, a veces a través de manuales de autoayuda, y que busca una convivencia democráticamente rica y constructiva, el mensaje de san Benito tiene mucho que decirnos. Él nos enseña a buscar la paz y construir las relaciones sociales sobre la verdad y no sobre la mentira, buscar la autenticidad y no la ficción. Su voz nos llama, también, a saber perdonar, a respetar al otro y su pensamiento, a procurar comprenderlo, a rehuir la agresividad, a buscar la justicia.

La consecución de la paz de Dios que nos trae Jesucristo guió el camino de san Benito en su vida terrena y le ha merecido, después de su tránsito de este mundo al Padre, participar de la gloria de Jesucristo, tal como hoy celebramos. Una gloria de la que ya podemos disfrutar anticipadamente en la mesa del amor y de la paz que es la Eucaristía.

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