Fiesta del Bautismo de Jesús (C)

La solemnidad del bautismo de Jesús es la fiesta de nuestro bautismo. Él se hizo bautizar por Juan, no porque necesitara santificarse, sino para santificar las aguas de nuestro bautismo.

En el Museo Bíblico de Montserrat se puede ver en una vitrina una colección de sellos cilíndricos babilónicos. Son unos pequeños cilindros de piedra o de hueso, que se hacían rodar sobre una mesita de barro y marcaban la huella del sello. Era como la firma al pie de un documento. Todos tienen un agujero longitudinal, porque se llevaban colgados del cuello con una cadenita o cordón. Por eso el Cantar de los Cantares 8,6 dice. «Ponme como un sello sobre tu corazón». Era como llevar la tarjeta de crédito. Nuestra condición humana es sólo barro, pero como decía San Pablo a los corintios (2Cor1,22), Cristo «nos ha marcado con su sello», y los efesios (1,13): «En él habéis creído y habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido», y así el barro humano ha participado de la naturaleza divina.

Bautizarse significa, literalmente, sumergirse en el agua. La limpieza física es símbolo de purificación espiritual, y por eso varias religiones habían adoptado este rito. En tiempos de Jesús lo hacían algunos grupos religiosos judíos, como el de Juan el Bautista. Pero en el bautismo instituido por Jesús, el simbolismo de la purificación se añade el de su muerte y resurrección. Sumergirse del todo en el agua es como morir, y salir es como resucitar. Decía San Pablo a los colosenses 2,12: «Por el bautismo sois sepultados con Cristo, y con él también habéis resucitado». Y a los Gálatas 3,27: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo». Y aun a los romanos: «Por el bautismo hemos muerto y fuimos sepultados con él, porque, así como Cristo, por la acción poderosa del Padre, resucitó de entre los muertos, también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 4).

En la Vigilia Pascual el celebrante escenifica el bautismo de Jesús cuando introduce el cirio pascual en la pila bautismal y luego lo saca, diciendo: «Que descienda, Señor, por tu Hijo, hasta el fondo de esta agua la fuerza del espíritu Santo, para que, todos los que habrán sido muertos y sepultados con Cristo por el bautismo, resuciten con él a la vida».

El bautismo se celebraba primitivamente sumergiéndose por completo en la pila bautismal, y en algunas Iglesias todavía se hace así. Por razones prácticas bien comprensibles, nosotros lo hemos reducido a un chorrito de agua derramada sobre la cabeza del niño. Aquellos grandes misioneros, como San Francisco Javier o San Pedro Claver, que bautizaban multitudes de indígenas, lo hacían simplemente salpicándolos, por aspersión, tal como hemos hecho al comenzar esta misa. Pero el sentido de esta aspersión es igualmente el de sumergirse del todo en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo.

No es que con la aspersión de hoy nos bautizamos de nuevo. Otros sacramentos, como la eucaristía o la penitencia, los podemos repetir, pero el bautismo no se puede reiterar, porque no se borra. La Iglesia, misericordiosamente, puede dispensar los compromisos sacerdotales o religiosos, pero ni el Papa puede dispensar de las renuncias y las promesas del bautismo. Las podemos cumplir, o podemos ser infieles, pero nos marcan para siempre. Con esta aspersión, o tomando agua bendita, las renovamos. Expresamos que ahora asumimos personalmente lo que nuestros padres y abuelos prometieron por nosotros cuando éramos niños, y pedimos que aquel bautismo dé ahora todos los frutos de una vida en Cristo que todavía no le hemos dejado dar. Porque el bautismo no actúa mágicamente, sino que es el sacramento de la fe, y una fe que es compromiso de traducirse en obras.

En el mismo Museo Bíblico de Montserrat hay también un recipiente con granos de trigo encontrados en las pirámides de Egipto. Forman parte de las ofrendas que depositaban con las momias, para que fueran útiles a los difuntos en el otro mundo. Algunos de estos granos de trigo de las pirámides, conservados miles de años en el ambiente absolutamente seco del desierto, puestos ahora en tierra húmeda han germinado. De igual manera, la semilla de nuestro bautismo, por años que haya pasado enterrada en el olvido, mantiene siempre el poder de germinar y dar frutos abundantes de vida cristiana. Que la fiesta del bautismo de Jesús despierte en nosotros toda la fuerza del bautismo que de pequeños recibimos.

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