Fiesta de la presentación del Señor (A)

Homilía del P. Ignasi M. Fossas, prior de Montserrat
2 de febrero de 2020
Mal 3, 1-4 o He 2, 14-18; Sal 23, 7-10 (R .: cf. 8ª); Lc 2, 22-40

Hace cuarenta días que celebrábamos, hermanas y hermanos, el nacimiento de Jesús de Nazaret, el Mesías Y una de las características de la venida del Mesías es que se produce en un momento preciso de la historia. El episodio de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén nos recuerda, también hoy, esta verdad de fe: que el Mesías, el Hijo de Dios, el Verbo eterno del Padre, se hizo hombre y habitó en este mundo en un lugar concreto de la geografía, en una época determinada de la historia, en un pueblo y en una cultura específicos. El pueblo de Israel, pueblo elegido por Dios para dar a conocer sus designios de salvación sobre toda la humanidad, con su religión, su cultura, su lengua, sus costumbres; el pueblo de la Alianza que tenía en el templo de Jerusalén el centro del culto a Dios, el lugar de los sacrificios, la casa de oración, allí donde, en otro tiempo, se guardaba el alimento material y el alimento espiritual del pueblo: el maná y las tablas de la Ley, que habían acompañado al pueblo durante la travesía del desierto del Sinaí hasta entrar en la Tierra Prometida.

Podríamos entretenernos en repasar mentalmente la realidad concreta del templo de Jerusalén, y del judaísmo en tiempos de Jesús. Las puertas, los atrios, sus múltiples dependencias; o el recuerdo lejano de la realeza de Israel, de los tiempos de plenitud con David y Salomón. Podríamos imaginar al gran sacerdote entrando al Santo de los Santos para ofrecer regularmente el sacrificio que debía expiar los pecados del pueblo. O podríamos evocar las murallas de la ciudad santa, que emocionaban a los peregrinos piadosos que se acercaban para las celebraciones religiosas del calendario judío. El tamaño de la ciudad, y concretamente las medidas del templo de Jerusalén, habían de impresionar a cualquiera que lo viera; y no digamos si los peregrinos venían de un pueblo pequeño, si eran gente sencilla. Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha; que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías. (Sal 136, 4-5).

Me he detenido en esta evocación más bien literaria, para poder subrayar un rasgo fundamental de nuestra fe, que recordamos también hoy. Y es el siguiente: todo esto que hemos evocado: el templo, el gran sacerdote, la víctima del sacrificio de expiación, la misma presencia invisible del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, la Ley dada a Moisés, todo esto se concentra, se personaliza, para los cristianos, en la persona viva de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el sacerdote compasivo y acreditado ante Dios para expiar los pecados del pueblo, Él es la víctima pura y agradable a Dios, Él es el templo destruido y reconstruido en tres días (muerto y resucitado), Él es la personificación de la Ley, de la Sabiduría que Dios había ido revelando progresivamente a su pueblo, Él es el rey verdadero, el rey de la gloria, el Señor, valiente y poderoso, el Señor victorioso en el combate, que hoy entra en el Templo como un niño y que más adelante, cuando será adulto, expresará su triunfo y su gloria entrando en la ciudad sobre un pollino, hijo de asno o saliendo de las murallas para morir como un blasfemo y como un malhechor. Él, Jesús de Nazaret, es reconocido, por Simeón y después de él por una multitud entre la que nos contamos también nosotros, como el Salvador que Dios preparaba para presentarlo a todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones, gloria de Israel, el pueblo escogido. Esta personalización, esta concentración tan intensa de lo divino y de lo humano, de Dios y del Hombre, en la persona de Jesús es lo que apoya su pretensión de verdad y de absoluto. Y por eso se ha convertido en motivo que muchos caigan y se levanten, en bandera discutida y hace que frente a Él se revelen los sentimientos escondidos en los corazones de muchos. Hoy también nosotros estamos llamados a presentarnos ante Dios con el corazón purificado, para confesar en Jesús de Nazaret al Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre que ha venido a salvarnos, el verdadero Redentor del mundo.

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