Epifanía del Señor

«Con la luz buscan la luz». Estas palabras del himno de vísperas, hermanos y hermanas, resumen el sentido de la búsqueda de los magos. «Con la luz buscan la luz»; es decir, con la luz de la estrella buscan aquel que es la luz verdadera que ha venido al mundo para iluminar la humanidad» (cf. Jn 1, 9). Habían descubierto la luz de la estrella en sus tierras de oriente, y dedujeron que indicaba el nacimiento del rey de los judíos. No era, por tanto, la estrella la que determinaba el destino del niño Jesús, como dirían los astrólogos, sino que la estrella estaba al servicio del recién nacido para hacerlo conocer a los magos. A continuación se pusieron en camino hasta que llegaron a Jerusalén. Allí los entendidos en las Escrituras Sagradas de Israel les indicaron que tenían que llegar hasta Belén. Al ponerse en camino, vieron que la estrella que habían descubierto en oriente los precedía, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. Era una casa y, al entrar, vieron al niño con María su madre. El itinerario a través de la geografía expresa el itinerario de fe de aquellos hombres, que siguiendo la luz llegaron al que es la luz, el rey de los judíos que buscaban. Dios les revelaba, también a ellos que venían de un pueblo pagano, a su Hijo, Jesucristo (cf. Ga! 5-16). Y ellos, una vez encontrado el niño, cayendo de rodillas, le rindieron homenaje y le ofrecieron sus presentes. Unos presentes muy significativos, porque no se corresponden con lo que necesita un recién nacido sino que expresan el reconocimiento que aquellos magos hacen de Jesús como Dios y como rey. Estos magos, pues, representan las primicias de los pueblos no judíos que llegan a la fe en Jesucristo, a descubrir en él la luz del mundo, aquel que da sentido a la vida y enseña a vivir en plenitud.

Es bueno fijarse en un contraste que indica el evangelista. Herodes y los jerarcas religiosos se inquietaron al oír lo que les decían los magos sobre el nacimiento del Mesías. En cambio, los magos experimentan una alegría inmensa al encontrar a Jesús. Por un lado, es la inquietud de quienes tienen miedo de perder sus puestos privilegiados, porque han hecho de su vivencia religiosa un ámbito de seguridad y no están abiertos a los planes inéditos de Dios. Y, por otro lado, encontramos la alegría de quienes, después de un itinerario de fe, acogen a Dios en su vida y están disponibles a dejarse iluminar por él y cambiar lo que sea necesario.

Los magos, que, siguiendo la luz de la estrella, llegan a Belén, encuentran Jesús en la casa y en manos de la Virgen María. Con esto el evangelio nos indica que el camino de fe lleva a la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús, que es el lugar donde, a través de la Palabra que enseña y de los sacramentos que celebra, se encuentra Jesús en toda su riqueza espiritual.

Todo el episodio evangélico de los magos, pues, no nos habla sólo de unos episodios pasados, sino también de nosotros y de nuestra vivencia cristiana. También a nosotros, cristianos, nos ha sido revelado Jesús como Hijo de Dios y Mesías Cristo. Lo hemos empezado a conocer por la fe a través de personas que nos han guiado, como la estrella a los magos. Hemos descubierto en él la luz del mundo que ilumina la humanidad con el Evangelio. Y, por el bautismo, nosotros mismos hemos sido hechos hijos de la luz (cf. Jn 12, 36) para que procuremos traducir en obras, con la vida y con la palabra, la fe que nos ilumina y así la irradiemos los demás. En nuestra manera de hacer, tenemos que ser como la estrella: luz para los demás; una luz que lleva esperanza, que llama a la fe, que se traduce en amor desinteresado al otro, sea quien sea y piense como piense.

La niebla espesa domina el horizonte de este 2019. Nuestra sociedad experimenta muchas confrontaciones, vive con preocupación por el futuro y a menudo carece de razones de esperanza. Los más lúcidos se dan cuenta de que a través del aumento del populismo se quiere retroceder hacia posiciones que parecían superadas. En este contexto social, los cristianos, a partir de la luz de Cristo, hemos de aportar la visión evangélica de la persona humana, de las relaciones sociales y colectivas; tenemos que aportar las virtudes que ayuden a construir en libertad la persona y a respetar los derechos de los pueblos. Tal como decía el Francisco en la homilía del primero de año, estamos en un mundo muy conectado a nivel planetario, pero muy desunido, con muchas situaciones de sufrimiento, de injusticia, de soledad, de tensión; con rupturas aparentemente irreconciliables, con esclavitudes, con debilidades que se tratan de vestir como si fueran fortalezas. Cuesta saber qué hacer y hacia dónde se debe tirar. En la noche, el deseo de bien nos puede hacer de estrella. Y a la luz de Jesucristo debemos testimoniar la importancia del amor al otro, de la necesidad de establecer vínculos fraternos de comunión por encima de la diversidad legítima; la importancia de poner en el centro el bien de cada persona humana por encima de los intereses económicos y de política partidista.

Jacint Verdaguer hace decir a la estrella: «Yo os muestro el camino, / seguidme, Reyes nobles; / Soy para reyes y pueblos / la estrella de la mañana «(Canción de Navidad). Ser para los demás «la estrella de la mañana». Es la tarea de testimonio activo a la que nos llama el Evangelio, de modo que, iluminados por la fe, seamos luz que ilumina la ruta e indica donde se encuentra el camino de la vida, de la alegría, de la fraternidad.

Hemos empezado a conocer a Jesucristo por la fe. Pero es un conocimiento que nos llama a otra realidad, que también desea nuestro anhelo más íntimo. Hemos conocido a Cristo en la Iglesia, hemos comenzó a contemplar en la fe la irradiación de su luz, pero el término hacia donde se encamina nuestra fe es contemplarlo cara a cara, ver su gloria excelsa, como pide la liturgia de hoy (cf. oración colecta). Para llegar, necesitamos que la luz de Dios nos preceda siempre y que su gracia nos acompañe cada día para poder llegar a contemplar y a poseer el misterio del Dios hecho hombre y revelado a todos los pueblos (cf. poscomunión). La participación en este misterio nos es anticipada ahora en la celebración de la Eucaristía.

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