Domingo XIV del Tiempo Ordinario (C)

Queridos hermanos y hermanas:

Estos dos últimos domingos, el evangelio de san Lucas que leemos este año trataba de los rasgos característicos de la predicación del evangelio. Encontramos aquí los principios fundamentales para el discípulo de Jesús que se convierte en predicador de la Buena Nueva. Tratemos de desgranar algunos a partir del evangelio de hoy.

En primer lugar, Jesús los envió de dos en dos. Un motivo para ello, probablemente, es que en tiempos de Jesús el testimonio sólo era fiable si lo daban como mínimo dos personas. Un solo predicador, por tanto, habría tenido poca credibilidad. Hoy esto nos recuerda que la predicación del evangelio tiene sentido para nosotros cristianos, como una misión, como un servicio encargado por la Iglesia, por la comunidad de los discípulos que constituye el Cuerpo de Cristo.

A continuación, el Señor advierte a los discípulos que serán pocos para predicar: «La mies es abundante y los obreros pocos». Esta sensación de que hay mucho trabajo por hacer y pocas personas para hacerlo se ve que ya la tenían los primeros discípulos de Jesús. Nada nuevo. El Señor no los quiere engañar con falsas esperanzas. Por eso continúa con la advertencia clara de que los envía «como corderos en medio de lobos». La tarea que les encomienda no será fácil, ni sencilla, ni tendrá el éxito asegurado. Comportará dificultades, a veces el rechazo frontal e incluso violento. Y puede acabar incluso con el reto de dejar la vida. Esto también sigue pasando a nuestros días y la sangre de los mártires sigue siendo semilla de cristianos.

Jesús recomienda a los discípulos que vayan ligeros de equipaje. El mensaje es lo suficientemente importante como para reclamar toda la atención, en primer lugar, del predicador. «No llevéis bolsa, ni alforja… no saludéis a nadie por el camino».

El Señor establece incluso cuál deberá ser el saludo cuando entren en casa de alguien. Deberán decir primero: Paz a esta casa. Es interesante notar que esta es el mismo saludo del Señor resucitado cuando se apareció a los discípulos: la paz sea con vosotros. Y es la fórmula litúrgica de saludo cuando preside la misa el obispo o el p. Abad. Con las primeras palabras de saludo se quiere dejar claro, por tanto, que el contenido del mensaje a transmitir coincide con la persona viva de Jesucristo, muerto en la cruz y resucitado para salvarnos.

Para ser más precisos, el contenido del mensaje, que es Nuestro Señor Jesucristo y lo que Él hizo y vivió, tiene una doble expresión: con hechos y de palabra. «Si en un pueblo y os reciben bien… curad los enfermos que haya y decidles: el Reino de Dios ha llegado a vosotros». La palabra es fundamental para predicar el Evangelio, porque la palabra es una de las características más genuinas del ser humano y la Buena Nueva de Jesús es, sin duda, un camino de humanización. Y los hechos, o las obras, según cómo, aún son más importantes porque todos somos más sensibles al ejemplo de los santos que a los discursos de los predicadores. Los discípulos deben ser testigos de que el Reino de Dios está cerca en la persona de Jesús de Nazaret, que con Él ya ha comenzado, por eso San Pablo decía, en la segunda lectura: «Dios me libre de gloriarme en nada que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo», y que estamos llamados a vivir con la mirada puesta en su instauración total y definitiva a finales de los tiempos. El profeta Isaías hablaba, en la primera lectura, de este término hacia donde se encamina el cosmos y la historia, con la imagen de la ciudad de Jerusalén donde sus habitantes vivirán en la plenitud de la paz, de la riqueza, del bienestar y del consuelo.

La oración colecta del comienzo de la misa añadía una última característica a la misión de los discípulos. Es la alegría, la alegría santa, que debería caracterizar la vida de los seguidores de Jesús y que brota de saber que hemos sido creados de nuevo y saber que, por la misericordia de Dios, nuestros nombres están escritos en el cielo. Amén

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