Domingo VIII del Tiempo Ordinario (C)

Queridos hermanos y hermanas,

Hay un oblato de nuestro monasterio que es campesino de la Ribera de Ebro. Hace unos meses pude visitar sus campos de Benissanet, y fuimos hasta el campo de olivos. Allí me explicó todo el proceso que había seguido desde que arrendó los olivos, y lo quiero compartir. Es muy probable que me oiga algún experto en olivares, y que lo haría de forma diferente. Como tantas cosas en la vida, es un arte. Pero siempre se puede aprender del camino que otros han recorrido. Y me ha parecido que este contacto del campesino con la tierra era sumamente interesante y evocador de muchos otros aspectos de la vida.

Este labrador decía que podó los olivos, y reconocía que los estaba marcando de alguna manera pero para bien, para que crecieran de nuevo. Decía que cuanto más fuerte es la poda, siempre que no sea excesiva, los olivos crecen mejor. Y a partir de aquí, cada año los vas limpiando y les dejas espacios interiores para que entre la luz. La oscuridad hace que habiten más hongos dentro del árbol, y por eso les va bien la luz.

En verano, se seleccionan los olivos que tienen oliva más negra, para hacer aceite bueno. Y en otoño, se recogen las aceitunas. El mismo día que se han cosechado las aceitunas se hace el aceite, que servirá para alimento. Este aceite es aromático porque se ha cosechado antes de las lluvias de otoño, y es puro porque sale de los calores del verano.

Sobre las podas fuertes, él decía que los olivos necesitan literalmente como un «reset». Me gustó esta analogía entre la tierra y la informática. Todos podemos necesitar un reset, individual o colectivo. Revisar cómo está el disco duro, si tenemos el software adecuado o si también habría que modificarlo.

El Evangelio de hoy nos habla de árboles. Jesús habla de un buen árbol que da buenos frutos, y un mal árbol que da frutos malos. Ahora bien: en este Evangelio, se nos invita a reflexionar en primera persona (del singular o del plural, pero primera persona). No nos invita a mirar qué hacen los demás, a mirar cómo los podemos podar, sino a mirarnos a nosotros mismos.

¿Qué frutos doy en mí día a día? ¿Doy buenos frutos o frutos amargos? En función de la respuesta: revisemos, rehagamos, repensemos…

Todos sabemos que un buen árbol debe tener unas buenas raíces. Como cristianos, podemos preguntarnos: ¿estoy bien arraigado en Cristo? Porque en la medida que estemos arraigados en Jesús, en su Palabra y en su Vida… en Él, entonces daremos mejor fruto. Y seremos como aquel árbol que nos dice la Escritura, que «plantado junto al agua, echa raíces junto a la corriente; cuando viene el verano, no tiene miedo, y su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto”. O como aquel versículo que hoy cantaba el salmista, que nos anima a dar fruto aún en los años de ancianidad.

No sé si algún día os habéis fijado que aquí fuera, en el claustro gótico, hay cuatro árboles: un ciprés, una palmera, un laurel y un olivo. Y no están por casualidad. Son cuatro árboles cargados de simbología, que ahora es imposible detallar, pero cogemos algún aspecto.

Normalmente asociamos el ciprés a temas funerarios, pero también es símbolo de hospitalidad. Cuando en una masía había un ciprés, era signo de acogida para el viajero. La presencia del ciprés nos llama a ser acogedores de todos los que se nos acercan.

La palmera, desde la antigüedad, entre otras cosas es símbolo de vida y de paz. Estamos llamados a ser hombres y mujeres de paz, de diálogo, de construir puentes de entendimiento. Porque la paz es el camino.

El laurel era ya para los romanos símbolo de victoria, y hasta de inmortalidad. ¿Cuál es la victoria a la que estamos llamados? La victoria de vivir en la entrega a los demás, en el servicio. En el vaciamiento de nosotros mismos está el verdadero triunfo según Jesús.

Y finalmente, el olivo. Antiguo, cargado de años, arrugado. Pero robusto, fuerte. Su presencia nos llama a no dejar de dar fruto con vigor con el paso de los años.

Quizás escuchando eso pensaremos que estamos muy lejos de esa significación que nos transmiten los árboles. O que tal vez, como mucho, sólo podemos destacar algo en algún aspecto. Pero Jesús, que nos llama a ser árboles buenos, nos ayuda a descubrir lo mejor de nosotros mismos, el don específico de cada uno, y también lo mejor de cada persona. Y nos anima a no cansarnos de trabajar para ser cada día árboles más buenos.

Como escribió Douglas Mallock:
«Si no puedes ser un pino en la cima de la cresta,
sé un arbusto en el valle,
pero sé el arbusto mejor cerca del torrente;
sé una mata si no puedes ser un árbol.

Si no puedes ser camino real, sé atajo.
Si no puedes ser sol, sé estrella.
No es por el volumen que triunfarás o no.
¡Sé al máximo lo que seas! «.

Que así sea.

adminDomingo VIII del Tiempo Ordinario (C)