Domingo VII del Tiempo Ordinario (C)

El evangelio de este domingo contiene una de las expresiones más típicas y fuertes de la predicación de Jesús: «Amad a vuestros enemigos». Y, ¿quién de nosotros en algún momento no se ha enfrentado con algún enemigo? A veces, no tengo la culpa de tener enemigos, de caer mal a alguien. ¿Cómo amarlos? Dios no nos pide que seamos todos amigos. Lo que nos pide es que no devolvamos mal por mal. Si es verdad lo que cada uno da lo que tiene, lo preocupante de este evangelio es la pregunta, ¿qué hay en mi corazón? Si ante las contradicciones, mentiras, injusticias,… no sale de mi corazón misericordia, entonces debería preocuparme.

Hemos oído que el Señor nos manda amar al enemigo y orar por él. Este precepto no deja de tener su dificultad y requiere alguna precisión. Pues, amar al enemigo, al que nos ha hecho sufrir un mal injusto, no significa de ninguna manera amar la maldad o el pecado, lo cual sería perverso. En quien nos perjudica, y en cualquier otro pecador, debemos distinguir la culpa de la que es responsable y la propia persona. La culpa es contraria a Dios, y debe ser rechazada, como todo lo que aleja de la bondad de Dios. La persona del pecador, en cambio, no pierde su vocación a la bienaventuranza, por malos que sean sus actos, y debe ser amada con verdadera caridad sobrenatural. San Agustín lo decía así: rechazamos, pues, sus faltas, pero reservamos lo mejor de nuestra piedad para su alma caída.

Otras veces, la enemistad aparece en nuestra vida casi sin darnos cuenta: Las personas a las que, para pensar de diferente manera a la nuestra, las alejamos de la órbita de nuestras amistades. Las personas que, por pequeñas o grandes decepciones, las hemos dejado marginadas. Las personas que, por mil excusas o por ninguna, las hemos olvidado o, incluso, humillado.

Cuando Jesús pide amar a los propios enemigos, puede parecer que pide un amor que excede la capacidad humana, una utopía. Pero la propuesta de Cristo es muy realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este «plus» viene de Dios: es su misericordia que se ha hecho carne en Jesús, y es la única que puede «desequilibrar» el mundo del mal a favor del bien, a partir del pequeño y decisivo «mundo» que es el corazón del hombre.

Amar a los enemigos no consiste en rendirse ante el mal, según una falsa interpretación de «presentar la otra mejilla», sino en responder al mal con el bien (como dice San Pablo), rompiendo de esta manera la cadena de la injusticia. Amar a los enemigos para un cristiano es una forma de ser de la persona. Es la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos es un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido.

Pidamos a la Virgen, dócil discípula del Redentor, que nos ayude a dejarnos conquistar sin reservas por ese amor.

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