Domingo VI del Tiempot Ordinario (C)

Muchas veces hemos oído en el Evangelio que Jesús subía al monte a orar. Pero en el evangelio de hoy Jesús no sube a la montaña sino que la baja, y se detiene en un llano: hoy Jesús no quiere hablar «con Dios» sino que quiere hablar «de Dios» a la gente. ¿Y qué les quiere decir? Es fácil hacer un paralelismo con Moisés, que después de haber hablado con Dios en la montaña bajó al llano para dar al pueblo las tablas de la Ley. Pero a diferencia de Moisés, que bajó con un texto cerrado y escrito sobre piedra, Jesús baja con un mensaje mucho más abierto: nos da las bienaventuranzas, que son todo un programa de vida. Y no sólo eso: las bienaventuranzas nos llenan de esperanza, porque nos enseñan que Dios tiene una predilección por los más débiles. Tanta, que su Reino es para ellos: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios», dijo. Y no son felices por el hecho de ser pobres en el sentido material, sino porque Dios siempre ofrece su amistad a los que pasan alguna necesidad. Y necesidades, todos tenemos. En cambio, se equivocan los que se fían de sus riquezas, porque ponen otra cosa en el lugar que le corresponde a Dios. Lo tienen más difícil para entrar en el reino de los cielos.

Como aquella multitud que había venido de diferentes lugares para reunirse con Jesús, hoy nosotros hemos venido a esta Misa. Y como aquella corriente de agua viva que alimenta las raíces del árbol plantado junto al agua, la palabra de Dios que hemos escuchado continúa fluyendo a través de las celebraciones para saciar nuestra sed espiritual. Esta celebración, pues, no es un simple recuerdo de aquel encuentro que se produjo un día con los discípulos y los que venían de todas partes a Jesús: nosotros somos una auténtica asamblea de oración que tiene un encuentro real con Cristo, que nos sigue enseñando hoy a cada uno de nosotros. Y quisiéramos que todo lo que nos enseña tuviera una repercusión real en nuestras vidas.

Pero para podernos aplicar el texto, es necesario que primero lo interpretemos. Podemos hacerlo a la luz de la primera lectura, en la que se comparaba a dos hombres: uno que se fiaba más de los hombres, y el otro que confiaba más en Dios. El que confiaba más en los hombres que en Dios se parecería a un árbol que tuviera que vivir en la estepa: le costaría mucho. En cambio, el hombre que ponía en Dios su confianza «Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío. Su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, no dejará por eso de dar fruto». Por lo tanto, y volviendo a las bienaventuranzas, podríamos decir que los pobres, los que lloran, y los que tienen hambre, serían todos aquellos que están desamparados, y desde esta situación de debilidad no tienen otro remedio que poner su confianza en Dios. Son los felices. Por el contrario, los ricos, los que están saciados o los que ríen, serían aquellos que viendo que todo les va bien, en vez de poner su confianza en Dios la ponen en los hombres. Serían los que deben tener cuidado. Y lo mismo podríamos decir de los que seguimos a Jesús: no lo tenemos que hacer por tradición, para tener una buena posición o para obtener favores, sino por pura convicción personal.

¿Quiénes somos, cada uno de nosotros? «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor», cantaba el salmista. ¿Soy yo, este hombre feliz? ¿O aún confiamos más de nosotros mismos que de Dios? Podríamos concluir diciendo que ni las bienaventuranzas ni las desventuras son una lista de cosas concretas que hacer, o no hacer: son una serie de actitudes a tener. Podemos trabajar simplemente para ganar dinero, o podemos hacerlo como una manera de servir a los demás. Podemos estudiar para llegar a tener un buen lugar en la sociedad, para «ser alguien», o podemos hacerlo con la intención de ayudar al prójimo. Podemos utilizar el dinero para disfrutarlo, o hacerlo trabajar para generar riqueza a los demás. Cada uno aplicará los ejemplos. Que esta celebración nos invite a hacer un diálogo sincero que nos ayude a ver en quien tenemos puesta la confianza. Dios espera que la tengamos en Él.

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