Domingo VI de Pascua (C)

Os dejo la paz, os doy mi paz.

En la encrucijada del estrés humano que vive nuestro mundo, junto con la fatiga crónica espiritual que parece afectar a jóvenes y mayores, Jesús, hoy, con sus palabras es como si pintara ante nosotros un stop y un ceda el paso; un stop primero para poder reiniciar una marcha diferente, más segura, más sana, y un «ceda» para dar preferencia al Espíritu que nos ayude a no perder el camino que lleva a donde realmente desea nuestro corazón llegar.

Como había dicho Gandhi: en la vida hay algo más importante que incrementar la velocidad. Lo más importante, ¿no será tal vez más que vivir aceleradamente cuanto más sensaciones mejor para después terminar todas sólo en la memoria fotográfica del móvil, poder hacer experiencia corporal, con la mente y el espíritu, de la vida que hay en cada pequeño momento para disfrutar ya en el presente de su trozo de eternidad?

Párate pues; stop!; da paso al Espíritu; deja que Jesús hoy se acerque a tu vida seas quien seas, creyente, agnóstico, revolucionario o descreído, porque Jesús, a través de su palabra se dirige a todos. Pone en crisis la fe demasiado segura, hace a gusto sobremesa con la increencia más despreocupada si es necesario, anima lo más noble de toda revolución, y lo hace sin buscar de convencer sino de amar porque la fe no es cuestión sólo de conocimiento sino sobre todo de empatía profunda y de respeto bilateral.

La palabra que Jesús hoy ofrece de nuevo a toda persona que lo quiera escuchar es muy simple: Paz, su paz, la que es fruto de su vida de plenitud, de la vida en definitiva que se vive con coherencia con lo que se piensa, con lo que se predica y se hace cada día. No es la paz que dan los hombres como tú o como yo que ya es mucho si es ausencia de palos, la paz de Jesús es plenitud de autenticidad en el día a día, abundancia de bien que perdura.

La propuesta es esta: tengas el credo que tengas o no tengas credo, sin decir nada, prueba de vivir una hora al día como si fueras Jesús, luego suelta tu yo más o menos humanizado y haz lo que puedas, pero prueba de vivir una hora, sólo una hora con el genio del espíritu de Jesús, y luego compara esta hora vivida conscientemente así con el resto del día, con el resto de la semana, y valora donde has experimentado más autenticidad, más calidad de vida, más paz en definitiva. Este es el sueño que Jesús vive bien despierto: compartir con cada uno de nosotros su paz, la paz nacida de la experiencia de ser, con obras y de verdad, en Él, hijos e hijas de Dios, auténticos hermanos unos de los otros.

La paz desarmada pero activa que nos propone el Evangelio es la única capaz de derrotar hasta un imperio; una prueba más que evidente, más allá incluso del cristianismo, es Gandhi él que admiraba profundamente la figura de Jesús y comulgaba con la propuesta de paz encarnada en Cristo. La Paz del Evangelio es la gran revolución que Jesús ha puesto en marcha en el mundo, una revolución siempre haciéndose y siempre por hacer porque el mundo, como la Iglesia, siempre tiene necesidad de reforma.

Jesús ofrece su paz a nuestros corazones, a nuestra sed de amar y de vivir siendo amados, nos ofrece su paz para hacer camino de justicia y de libertad, codo a codo con nosotros, sin dejar víctimas por el camino. Esta paz de Cristo, nos la daremos mutuamente antes de comulgar, poco antes de que el sacerdote haga el gesto de partir el pan consagrado mientras el pueblo ora cantando a Jesús como aquel que quita el pecado del mundo y nos da la paz de Dios. Con este gesto que llamamos «Fracción del Pan» Jesús nos enseña que, aunque sea imprescindible el deseo sincero de la paz, no és suficiente, debe seguir el gesto cotidiano de “mojarse por ella” como El, o dicho de otro modo, de partirse y repartirse como el pan de la eucaristía con el que comulgaremos como realidad de comunión con la vida de Jesús y de voluntad de renovación espiritual para vivir su paz en comunidad.

Jesús parte el pan con los suyos e invita a todos a la sobremesa. No olvidemos la propuesta que hoy nos sugiere el Evangelio: una hora como si Jesús fueras tú, una hora de auténtica revolución de calidad para ti y tu entorno. Una hora. María de Nazaret, Francisco de Asís, Juan XXIII, Teresa de Calcuta, Oscar Romero y tantos otros santos anónimos de la puerta de al lado sobrepasaron la hora que ahora os propongo y no se arrepintieron nunca.

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