Domingo V del Tiempo Ordinario (C)

Las lecturas de hoy hermanos y hermanas nos hablan de tres personas que han recibido de Dios la misión de ser testigos suyos en diferentes épocas. El profeta Isaías, San Pablo, y San Pedro. Cada uno en situaciones muy diversas, pero si nos fijamos bien encontraremos unos rasgos comunes, porque es el mismo Dios que se va manifestando a lo largo de la historia, y que continúa también ahora haciéndose presente en nuestras vidas, en nuestra iglesia, y en la historia de nuestro pueblo.

El profeta Isaías se encuentra orando en el templo, por eso expresa la manifestación de Dios que ha recibido con imágenes litúrgicas: Dios está sentado en su trono como un rey, su gloria llena todo el templo, y los ángeles serafines cantan su santidad. La experiencia de la visión de Dios y de su santidad crea en Isaías, por contraste, un sentimiento de ser indigno de tal privilegio. “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros..”. Ciertamente en el tiempo de Isaías el país de Judá no pasaba uno de sus mejores momentos: como pueblo pequeño que era, se sentía acosado por los países vecinos de Damasco y Samaria, y por miedo a una invasión, los reyes de Judá se sentían tentados de pedir ayuda a los grandes imperios de Asiria o Egipto. Pero esto ponía en peligro la identidad política y religiosa, porque cuando se pedía ayuda a los grandes imperios, estos se aprovechaban, ya fuera culturalmente, militarmente o económicamente: como el pez grande que se come al pequeño. Por eso Isaías pedirá serenidad y calma, y en tiempos de crisis no sucumbir al miedo, para no hacer disparates.

En la visión, un serafín toca con fuego los labios de Isaías y cambian todos sus sentimientos. Este fuego no puede ser un fuego material, ya que habría quemado los labios de Isaías: estamos en una visión, y por tanto este fuego significa otra cosa. Con este fuego las dudas se convierten en coraje, porque ante la pregunta de Dios que pregunta sobre quién podrá ser mensajero el mismo Isaías responde » Aquí estoy, mándame». La misión que encomendará Dios a Isaías será del todo paradójica: «Haz insensible el corazón de este pueblo, haz sordas sus orejas y ciegos sus ojos… que no se conviertan ni sean curados». Dios no quiere que el pueblo se convierta, quiere que toque fondo, porque sólo cuando toque fondo, podrá crear algo totalmente nuevo: «será como la encina o el roble cortados, que tienen el tocón y nada más. Pero de este tocón nacerá un retoño».

En la segunda lectura es Pablo quien nos ha contado la aparición que tuvo de Cristo resucitado: «Jesús se apareció a Pedro, los apóstoles y finalmente, el último de todos, como uno que nace fuera de tiempo, se me apareció hasta y todo a mí «. El recuerdo de la experiencia de su encuentro con el resucitado, como pasó con Isaías, también le produce un sentimiento de ser indigno: «Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios». A pesar de su pasado, Jesús resucitado le llama, y gracias a ese encuentro puede decir con entusiasmo: «pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí.».

La experiencia de la presencia de Dios, o la del Cristo resucitado, en un primer momento crean desconcierto y temor, pero acaba siendo una experiencia de sobreabundancia de gracia. Y es esta sobreabundancia de gracia la que empuja a la misión, y la comunicación de la Buena Nueva.

Una experiencia similar es la que también nos narra el Evangelio de Lucas. Pedro y sus socios Santiago y Juan, no habían pescado nada en toda la noche. Jesús dice a Pedro: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca»», así lo hicieron, y cogieron tantos peces que las redes se rasgaban, incluso otros pescadores que estaban alrededor tuvieron que ayudarles, llenando tanto las barcas que se hundían. La reacción de Pedro, como la de Isaías y del apóstol Pablo, es también de agobio. Ante la sobreabundancia de gracia, Pedro sólo puede decir a Jesús «Señor», que es como la comunidad cristiana primitiva llamaba el resucitado. «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Jesús no deja por mucho tiempo que permanezcan estos sentimientos de sentirse poca cosa ante él, y lo envía a la misión: «no temas: desde ahora serás pescador de hombres».

El texto evangélico nos insinúa que tenemos que salir de nuestras zonas de confort. En una sociedad donde parece que peligra la transmisión de la fe, hay que ser valientes: ya no es suficiente hacer lo que siempre se ha hecho, ya no podemos vivir de rentas. Jesús nos empuja a ser creativos y a salir de nosotros mismos. Hay que establecer puentes y diálogo con el mundo de la ciencia, de la cultura, la política, con los más alejados, con los más desfavorecidos de la sociedad. Ir hacia las fronteras. Es la petición que hace Jesús a Pedro y toda la Iglesia «Rema mar adentro».

Nuestra experiencia originaria de seguir a Jesús está arraigada en un sentimiento de sobreabundancia de gracia, podríamos decir como san Pablo en la carta a los Filipenses: «todas las ventajas los considero desventajas en comparación con la grandeza de conocer a Jesucristo». Alguna vez podríamos sentir que somos indignos de que Dios nos haya escogido precisamente a nosotros; o que preferiríamos, por humildad, callar en lugar de anunciarlo, pero Jesús nos toca los labios con su fuego, nos da su gracia, y nos dice «¡Rema mar adentro»!

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