Domingo IV de Pascua (C)

Bendito sea el Dios de la paz, que ha hecho subir de entre los muertos, a Jesús, Señor nuestro, el gran pastor de las ovejas (Heb 13,20).

Queridos hermanos y hermanas,

Hace muchos años. Una buena treintena. Andaba yo los dos kilómetros que hay entre una catedral románica y el monasterio adonde retornaba, y me paré a descansar en la barandilla de un largo puente. Por debajo pasa uno de estos ríos caudalosos que desembocan en el Atlántico. De repente, como si fuera un regalo del cielo, vi por primera vez -vale más tarde que nunca- un rebaño con su pastor. Rebaño numeroso, bien reunidos por un lado por la ribera misma y por el otro por el perro que triscaba adelante y atrás. El pastor no precedía el rebaño, sino que, situado en medio, giraba de vez en cuando la cabeza para controlar la situación. Llevaba una oveja débil, no en los hombros sino en los brazos, de acuerdo con la literalidad más clara del profeta Isaías: «reúne a su rebaño con su brazo, lleva en brazos a los corderos, guía las ovejas que crían» (Is 40,11).

El Antiguo Testamento está lleno de textos que nos hablan de Dios como pastor. Todos sabemos de memoria aquello de «El Señor es mi pastor nada me falta» (Sal 23 / 22,1). O bien aquel otro salmo, menos conocido, que hemos cantado hace poco: «Somos su pueblo, y ovejas de su rebaño» (Sal 100 / 99,3). Incluso los reyes de Israel, cuando querían mostrar la faceta humanitaria por encima de la dominadora también se hacían llamar pastores. Lejos de esta acomodación interesada, y, en cambio, con una proclamación de Jesús como Hijo de Dios, el Nuevo Testamento también abunda en aplicarle el nombre de pastor.

Cada año el domingo IV de Pascua, que hace de puente entre tres domingos dedicados a la Resurrección y tres encarados a la Ascensión, nos proclama un fragmento de la parábola del pastor del Evangelio según San Juan. La presentación es muy apropiada, porque por definición «el buen pastor da la vida por las ovejas» (10,11). Y por eso, tanto en el Antiguo Testamento como en la Iglesia actual en que la palabra «pastoral» lo invade todo, la referencia a Jesucristo debe ser siempre la piedra de toque para valorar la autenticidad de quienes se llaman pastores.

«Somos su pueblo». El camino lo hacemos juntos, aunque cada uno camina al ritmo que Dios le sugiere, y es bueno respetar mutuamente los ritmos diferentes. Somos rebaño de Dios. «Pequeño rebaño», como decía Jesús. Débil rebaño, dice la Iglesia cuando nos ha hecho pedir, al comienzo de esta misa, que «la debilidad del rebaño de Dios llegue allí donde ha llegado la fortaleza de su Pastor». Y este nuestro caminar siempre se debatirá entre la debilidad que tenemos, como individuos y como rebaño, y la fortaleza del buen Pastor, Jesucristo, a quien damos gloria y honor ahora y por siempre. Amén.

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