Domingo IV de Cuaresma (C)

¿Quién de nosotros, queridos hermanos o hermanas, le ha pedido a sus padres la herencia antes de tiempo? Más aún, ¿quién la ha recibido? ¿Quién, habiéndola dilapidada de mala manera, ha osado volver para pedir algo más? ¿Y a quien, en esta situación, le han dado no algo más, sino todo otra vez? En la parábola del Hijo Pródigo tenemos la impresión de que estamos ante una cascada de despropósitos del hijo pequeño, a la que corresponde una cascada aún mayor de perdón del Padre.

La imagen de Dios que nos transmite el Evangelio de hoy supera la lógica, el sentido común y cualquier sentido de justicia, y es que evidentemente Dios está más allá de la lógica, del sentido común y de la justicia distributiva y recíproca de los humanos. Dios está siempre. Dios acoge siempre a quien tiene la sincera voluntad de volver, de girarse hacia él, de convertirse. ¿Qué nos hace capaces de convertirnos, incluso después de habernos apartado y alejado tanto de nuestra casa, del lugar donde teníamos toda la dignidad de nuestra identidad? El hijo pequeño vuelve porque recuerda, porque recuerda lo bien que estaba en casa de su padre y no sólo él que era el hijo, sino incluso los sirvientes. Ojalá que sepamos vivir los momentos buenos y agradables que Dios nos da, para conservarlos, para recordarlos en aquellos momentos en los que nos vamos de la presencia de Dios, ojalá los tengamos siempre presentes como estímulo y deseo para volver a Dios. Ojalá que Dios nos ponga en los labios esta palabra tan cuaresmal: haznos volver a ti Señor y volveremos.

Todos podemos sentirnos identificados con los pecados del hijo pródigo de la parábola, con los pecados evidentes. Pero, probablemente, la gran mayoría de gente buena que estamos aquí, que hacemos algo como ir aún a misa los domingos, que no estamos durmiendo a esa hora de la mañana, que seguramente no hemos dilapidado ningún patrimonio de maneras innumerables sino más bien hemos ahorrado pensando en el futuro, que hemos respetado las normas sociales, en resumen: que como se dice coloquialmente «cumplimos», ¿no podría ser que estuviéramos más cerca del hijo obediente, del hijo mayor?

¿Y tiene el hijo mayor necesidad de convertirse? Evidentemente que sí, y de algunos pecados mucho más sutiles y, por tanto, mucho más complicados de identificar que los de su hermano. El hijo mayor peca de autosuficiencia, de autojustificación, de orgullo. Decía San Agustín en su Regla monástica que algunos pecados llevan a hacer malas acciones pero que en cambio el orgullo se insinúa en las buenas obras para hacerlas morir. El hijo mayor enorgulleciéndose de su obediencia le quita buena parte de su valor…, y es una lástima porque había sido fiel. ¿Cuál es la respuesta de Dios: tiene alguna salida el hijo mayor de la parábola? Naturalmente. Primero tiene que darse cuenta de la situación. Hay que darse cuenta de que Dios le dice y nos dice: tú estás siempre conmigo y todo lo que tengo es tuyo. El problema es la percepción que tú tienes de la situación. Te sientes sometido, no en comunión. Has olvidado que al principio de la parábola repartí los bienes entre los dos; el texto griego no admite discusión: los bienes se reparten entre los dos; por tanto, que tu parte habrá quedado voluntariamente en casa para compartirla.

Pero no sólo es esta comunión de bienes de la que debe ser consciente el hermano mayor, sino de la invitación que le hace el padre, una de las propuestas más atrevidas de todo el Evangelio y que cantaremos en el canto de comunión: Hijo, debemos alegrarnos, porque tu hermano que estaba muerto ha vuelto vivo. Ya estaba perdido y lo hemos encontrado! Tengo la versión latina de estas palabras: oportet té Filii Gaude profundamente clavadas en la memoria, porque el P. Gregorio Estrada las utilizó durante semanas y semanas, con su insistencia que ninguno de sus hermanos no hemos olvidado, para enseñarnos a cantar gregoriano, cuando yo era novicio. Ser capaces de alegrarnos por el pecador que ha vuelto al padre es la invitación que Dios nos hace superar nuestros legalismos, nuestras medidas, nuestros juicios. Es el reto que Dios nos pone a los que tendríamos la ligera tentación de pensar que somos menos pecadores que el resto. Es en el fondo la invitación de Dios a ser como él, misericordioso y amante de cualquier persona humana. Por eso he dicho que es una de las propuestas más radicales del Evangelio. La falta de final en la parábola, nadie nos dice si el Hijo mayor entró o no a la fiesta, nos deja tal vez la puerta abierta a tener que decidir nosotros …, ¿qué haremos ante la última propuesta de Dios: sé cómo yo?

Let me not a couple of lines for foreign people who join this celebration. The story of the Prodigal son tell os how God is a father. A father able to forgive the son who comas back home after being away and having Spent his heritage and a father able to forgive the pride of the oldest sueño. God is not only a Merciful father, but a father Willing to share with os his capacity of Forgiveness ad joy.

Hijo, ¡debemos alegrarnos! En este cuarto domingo de cuaresma que adelanta la alegría pascual, la historia de los dos hijos, tan diversamente pecadores, que son interpelados por el Padre a volver «a casa» nos da la ocasión de reconocer en nuestra fe, en nuestra pertenencia a la comunidad eclesial, en nuestro seguimiento del Evangelio de Jesús, un motivo de felicidad plena, porque Dios es el que cada mañana nos pone en el dedo el anillo del hijo pródigo y, como al hijo mayor, nos invita a la fiesta.

adminDomingo IV de Cuaresma (C)