Domingo III del Tiempo Ordinario (C)

«El hombre no es ni ángel ni bestia. Y quien hace el ángel, hace la bestia». Esta cita de Pascal era una de las preferidas del P. Lluís Duch, monje antropólogo de nuestra comunidad que murió hace pocos meses.

Él la situaba en su reflexión sobre la ambigüedad del ser humano. Explicaba que toda realidad humana es ambigua.

Y aunque pueda costar, lo tenemos que asumir. Cuando el ser humano no ha aceptado lo que es, que incluye su potencial pero también sus limitaciones, puede cometer graves errores.

Y esto viene de lejos: la Biblia ya nos habla de unos primeros seres (Adán y Eva) que no aceptan su condición humana, o de otros que quieren construir la torre de Babel para llegar al cielo (donde ellos creían que habitaba Dios) y por tanto ser como aquel dios que ellos imaginaban… y estas historias siempre terminan con malos resultados.

Entonces, ¿qué hacer ante la ambigüedad humana?

Por un lado, reconocerla. Y por otro, los cristianos dejarnos interpelar por el Evangelio.

¿Qué nos dice el Evangelio? Que proclamamos a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Que salgamos de nosotros mismos, y que pensemos siempre en el bien del otro. Que nos esforzamos por construir un mundo donde sea más agradable vivir.

En el Evangelio de hoy, Jesús se nos presenta como aquel que lleva una buena noticia a los que más lo necesitan. Espontáneamente podríamos pensar que vamos faltos de buenas noticias. Pero somos nosotros los que tenemos que generar buenas noticias, con nuestra palabra y con nuestra vida.

Con la palabra y con la vida.

Pidámosle a Dios que nos ayude a pensar en el bien de los demás. Y ayudarles de todo corazón en todo lo que podamos.

Que así sea.

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