Domingo III de Cuaresma (C)

En nuestro camino hacia la Pascua, el tiempo de Cuaresma, hermanas y hermanos, es un tiempo de gracia y de conversión. Y es hoy, en este tercer domingo de Cuaresma, cuando Jesús en el Evangelio nos recuerda la importancia de la paciencia y también nos pide corregir, enmendar o cambiar nuestro estilo de vida, cuando nuestra manera de actuar no está de acuerdo con su mensaje. El ejemplo de la higuera que no daba fruto y la paciencia del dueño (después de que el labrador le pidiera que esperara un poco para arrancar el árbol) es una invitación a abrir nuestro corazón a la conversión, a acoger el Reino, a perseverar y a mantenernos fieles a la misión que hemos recibido.

La fe que recibimos de Dios es un don, un regalo. Y por eso la hemos de acoger y vivir con profundidad, intensamente. No de una manera superficial o a medias. No con palabras sino con hechos, con obras y de verdad. Porque si no es así, seremos como la higuera que no daba fruto. La fe la tenemos que vivir bien fundamentada, arraigados en el Evangelio. No perdidos o desorientados entre el ramaje.

Desgraciadamente, cada vez más, vivimos en un mundo de apariencias y sin referentes sólidos, un tiempo de promesas incumplidas y de mentiras o de medias verdades. Desgraciadamente vivimos en un mundo que deja a Dios de lado (Dios y los hermanos) y que por eso mismo es un mundo vacío. De hecho, hay gente que vive su vida como si fuera un juego, una farsa, una comedia o un carnaval. Y es que cuando dejamos de lado el Evangelio y el compromiso por el Reino, cuando nos llenamos de palabras que no tienen ningún significado, cuando vivimos sólo de apariencias o cuando actuamos a escondidas, somos como aquella higuera del Evangelio, sin fruto, sin obras. En nuestro corazón, a menudo lleno de palabrería, todavía hay bastantes agujeros negros donde todavía no ha llegado la luz del Evangelio. Y por eso nos encontramos desencantados, perdidos y desanimados. Cuando la mentira o el engaño se instalan en nuestro corazón, nuestra vida queda vacía y sin sentido. ¿Cuándo dejamos de ser lo que deberíamos ser, qué sentido tiene lo que hacemos?

Con todo, hemos de redescubrir al Dios de las oportunidades, que una y otra vez se muestra paciente, ya que nuestro Dios es un Dios que no se cansa de esperarnos y que por eso mismo nos llama a la conversión. A volver hacia él. A dejar de lado los ídolos que nos esclavizan, para acoger el Evangelio. Pero también nos pide una actitud firme y decidida. Un mirar adelante, sin nostalgias ni trampas. El Evangelio nos pide apostar del todo por el Reino, sin reservarnos para nosotros nada de nada. El Evangelio nos pide vivir sin fingimientos, no sea que actuando así nos pase como lo que le pasó a una gran parte del pueblo de Israel en el camino hacia la tierra prometida, que «no agradaron a Dios».

Jesús desenmascara a quienes, hipócritamente, se creen mejores que los demás: «¿Pensáis que esos galileos porque eran más pecadores que los demás galileos?». Por eso la Cuaresma, hermanas y hermanos, es una llamada a la conversión. A vivir de verdad nuestra fe. Si por el contrario nuestra respuesta a Dios es un «ir tirando» o un vivir a medias, como siempre, sin aliento, sin acoger con gozo el don que Dios derrama en nosotros, estaremos perdiendo el tiempo. No podemos convertir nuestra vida en un juego, en una comedia o en un carnaval. No podemos jugar sucio y hacer de nuestra vida una farsa, una mentira ante el mundo. Debemos vivir orientados a Dios. Tenemos que volver a la parte de Dios. No podemos continuar viviendo centrados en nosotros mismos o encerrados en pequeños grupos excluyentes. La conversión es una respuesta al amor de Dios y por eso sólo el amor da sentido a nuestra vida.

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