Domingo II del Tiempo Ordinario (C)

Ahora que hemos empezado lo que llamamos «tiempo ordinario», cada domingo la Iglesia nos propondrá unos textos de los evangelios, acompañados de fragmentos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Son textos bíblicos para nuestra reflexión y nuestra formación. Deberíamos hacer tan nuestros estos textos, que, cuando el lector al final nos diga Palabra de Dios, o bien, Palabra del Señor, nosotros deberíamos poder contestar bien convencidos, Te alabamos, Señor, como asentimiento a lo acabamos de escuchar.

Hoy, para empezar, se nos ofrece un texto muy rico, capaz de hacernos reflexionar sobre actitudes de nuestra vida. Cuando el diácono nos empieza a proclamar la Palabra de Dios, tratemos de no pensar nunca: ¡Ah!, este fragmento ya lo conozco, y lo dejamos caer en la rutina. No ha de ser esta nuestra reacción, porque nunca agotaremos toda la riqueza que lleva la Palabra divina.

Y me permitiréis, hermanos, que empiece subrayando las primeras frases del evangelio de hoy. Dice: En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. A mí me entusiasma este fragmento, porque nos dice mucho de la vida de Jesús. Una vida normal, con unas relaciones de amistad con unos novios, con unas relaciones sociales que también implicaban a su madre. Jesús no deja de participar con toda normalidad en un acto importante de sus vecinos o conocidos; bien lejos de aquel concepto que lo hacían una persona aislada, alejada; él era sensible a las costumbres del lugar y de la época en que vivía. Y con su presencia bendecía la boda de aquella pareja.

Y es en una situación como ésta que Jesús manifiesta su poder, una nueva epifanía, obrando el milagro a favor de unos novios y ante sus discípulos. Es bonito ver como María -siempre discreta y atenta a todo- sólo insinúa; sabía que su hijo podía solucionar este problema de la falta de vino. Y es de esta manera milagrosa que manifestó su gloria. Si hemos de creer en la cronología del evangelio de Juan, este hecho de las bodas de Caná ocurre entre el reclutamiento de los primeros discípulos y la dura afirmación en el templo, echando a los vendedores y cambistas.

Creo que es San Agustín, comentando este signo que Jesús obró convirtiendo el agua en vino, que viene a decir: Nos maravillamos de este hecho y con toda razón, porque es maravilloso; pero también deberíamos maravillarnos de la fuerza que ha dado a la naturaleza, que convierte unas semillas en trigo granado, y unas cepas de apariencia estériles, en racimos lozanos. Si fuéramos con mirada atenta, ¡cuántos milagros no contemplaríamos en nuestra vida y en la vida de los demás! Y aquí podríamos aplicar lo que San Pablo nos decía hoy en la segunda lectura: hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Recuerdo una vez que visité a una joven madre; después de enseñarme con delicadeza su bebé, me dijo emocionada: ¡Es que esto es un milagro!

Estemos atentos a todos los milagros que Dios quiere hacer en nosotros o por nuestro medio. Si estamos convencidos de la presencia de Dios en nosotros, ¡con qué respeto trataremos a las personas! ¡con qué admiración veremos la dignidad y la acción de Dios en todo, valiéndose de cada uno de nosotros!

Ved como acaba el evangelio de hoy y saquemos las consecuencias: Así [Jesús] manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

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