Domingo II del tiempo ordinario (A) Homilía del P. Joan M. Mayol, rector del Santuario de Santa Maria de Montserrat

19 de enero de 2020
Jn 1,29-34

El testimonio más cualificado que el Evangelio según San Juan da sobre Jesús, sin duda, es el de Dios mismo: Juan Bautista es su voz profética que hoy vuelve a proclamarlo a todo el mundo: Jesús es el que bautiza con el Espíritu Santo.

El bautismo de Juan preparaba para el bautismo que debía conferir el Cristo, era un bautismo de conversión. ¿Pero convertirse, para qué? girarse, hacia quién? La voz profética de Juan nos da la respuesta: hay que mirar a Jesús, aquel que bautiza, que te sumerge con Él, en la experiencia inigualable del Espíritu Santo.

El bautismo del Espíritu toma todos los ámbitos de nuestra vida y no sólo los morales como es el caso del bautismo de penitencia. El bautismo de Jesús no es un saber nadar para no ahogarse, es más bien un saber bucear para descubrir y disfrutar de la riqueza verdadera en la que está el origen de nuestra vida y el camino hacia su plenitud.

Unos de los retos de nuestras comunidades es precisamente manifestar más vivamente esta vivencia del Espíritu que se manifiesta en la alegría, la disponibilidad, la esperanza, la buena sonrisa, en las ganas de Dios, de ilusión por Jesucristo y de amor a la Iglesia. Sin embargo, tenemos el peligro, casi sin darnos cuenta de ello, de cumplir, pero no disfrutar, de mirar y de no ver más allá de la nariz, de mirar a Jesús y de no ver poco más que un profeta.

El Jesús del Evangelio es más que un profeta, es el Hijo de Dios; es por ello que el Evangelio puede decir que antes de que Joan fuera Él ya existía. Lo maravilloso de todo es que siendo igual a Dios, ha querido hacerse hombre como nosotros; pero lo más sorprendente es que este hombre se ha manifestado, no con la fuerza mitológica de los dioses del Olimpo, sino con la mansedumbre de un cordero. Por eso Juan también llama a Jesús, Cordero de Dios que carga o quita el pecado del mundo. Cargar o quitar, son dos posibles traducciones que permite el mismo texto griego original. De hecho, el cordero, que carga o que quita, son imágenes complementarias que definen la misión de Jesús. La imagen del cordero nos recuerda la Pascua del Éxodo que fue el signo de la libertad del pueblo escogido saliendo de Egipto. La donación de Jesús nos libera de todo aquello que nos hace esclavos de nosotros mismos y nos tienta a someter a los demás. La imagen del Cordero que «carga» con el pecado del mundo nos evoca el siervo sufriente de la profecía de Isaías, pero sobre todo nos recuerda la lucha de resistencia no violenta de Jesús, fiel al amor de Dios y a todos nosotros, hasta a la muerte y muerte de cruz. La segunda posibilidad de traducción, el Cordero que «quita» el pecado del mundo, nos hace levantar la vista hacia la victoria del resucitado, principio de la victoria final, que el Apocalipsis recogerá en la figura del cordero degollado, pero de pie, vencedor y dador de vida. Y es que la actitud de mansedumbre de Jesús nos libera de la tentación de la violencia, tomando sobre sí nuestros dolores nos consuela, nos da fuerza para continuar nuestro camino; y finalmente, quitando los pecados nos sumerge en el Espíritu Santo abriéndonos, por Él, a la libertad de los hijos de Dios. Así nos acerca la palabra de Dios en la persona de Jesús a través de la imagen del cordero. Este es el Jesús que nos irá acompañando domingo tras domingo bautizándonos, sumergiéndonos en la vida del Espíritu.

En cada celebración de la Eucaristía la voz de la Iglesia, como la de Juan, nos invita a mirar nuevamente este Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado mundo. Mostrándonos el pan consagrado, que es su cuerpo entregado por nosotros, nos recuerda que Él es aquel que nos acompaña en el camino de la vida tomando sobre si nuestros dolores. Él también es el que nos libera de una moral de esclavos para disfrutar de la libertad de los hijos de Dios. Finalmente, es Él mismo quien hoy nos vuelve a invitar a su mesa. Diciendo amén, y recibiéndolo con reverencia, somos nuevamente santificados en Él.

Vivamos pues más conscientemente en Jesucristo esta libertad del Espíritu; ¡disfrutémosla con agradecimiento y comuníquenosla con generosidad!

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