Domingo II de Pascua (C)

Estimados hermanos y hermanas,

Ocho días después de haber celebrado la Resurrección del Señor, la liturgia de este domingo de la octava de Pascua está centrada en hacernos revivir los hechos que experimentaron los discípulos de Jesús inmediatamente después de la Resurrección del Señor y lo que eso suscitó en las primeras comunidades de creyentes.

Como en toda celebración eucarística, las lecturas de la Misa tienen la misión de hacernos comprender mejor el misterio que estamos celebrando. En la primera lectura de la misa de hoy, la de los Hechos de los Apóstoles, se nos ha expuesto como los apóstoles después de los hechos de Pascua, superado el miedo a los judíos, se reunían en el pórtico de Salomón para anunciar la Buena Nueva de salvación y esto lo corroboraban con hechos extraordinarios y milagros que hacía que cada vez se les añadieran más hombres y mujeres que se convertían a la fe de Jesucristo.

En la segunda lectura, la del Apocalipsis, se nos ha narrado como san Juan animaba a los cristianos de su tiempo que sufrían persecución como él debido a su fe en Jesucristo y les decía que había tenido una visión de aquel que antes estaba muerto y que ahora estaba vivo para siempre. Ante este hecho maravilloso no tenían que dejarse llevar por el desánimo sino que debía crecer en todos ellos la fe y la esperanza para poder vencer todas las dificultades del momento presente.

Y en el evangelio se nos ha presentado como tema principal el hecho de las dudas de Tomás que tantas enseñanzas nos ha dejado a nosotros, ya que a menudo nuestra fe se parece a la del Apóstol Tomás.

Juan, en el fragmento del evangelio que hoy se nos ha proclamado nos ha narrado las primeras apariciones de Jesús a sus discípulos después de la resurrección. Nos ha dicho que la tarde de ese mismo domingo el Señor resucitado se presentó a sus discípulos cuando aún estaban reunidos en casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, pero que Tomás no estaba en casa con los demás. Cuando volvió le dijeron que habían visto al Señor; él, sin embargo, no les creyó ya que sabía que su Señor estaba muerto. Los demás le aseguraban que estaba vivo y que lo habían visto y que habían estado con Él. Ante estas afirmaciones Tomás les dijo que si no le veía la señal de los clavos y no ponía el dedo en la herida y la mano en su costado no lo creería.

Las dudas desaparecen cuando ocho días después se les vuelve a presentar el Señor resucitado e invita a Tomás a poner su dedo en la llaga y la mano en el costado diciéndole que no fura incrédulo sino creyente. La respuesta de Tomás será un acto de fe, de adoración y de entrega sin límites cuando exclama: ¡Señor mío y Dios mío! Y el Señor le dice: Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto. Estas dudas de Tomás sirvieron para confirmar en la fe a muchos que después creyeron en el Señor.

A veces, también nosotros nos encontramos faltos de fe como el apóstol Tomás. Tenemos necesidad de más confianza en el Señor ante las dificultades y ante eventos que nos sobrepasan y no sabemos interpretarlos desde el punto de vista de la fe, en momento de oscuridad y de desánimo. La virtud de la fe es la que nos da la verdadera dimensión de los eventos y que nos permite juzgar todas las cosas con unas nuevas perspectivas. Hoy todavía son muchos los que no creen porque viven al margen de todo lo que hace referencia a Dios. Incluso, quizá también nosotros, en diversas circunstancias de la vida (enfermedad, falta de trabajo, la muerte de un familiar…) manifestamos desánimo en la fe. Necesitamos, como Tomás, ir y tocar, comer el Cuerpo y la sangre de Cristo, escucharlo. Si hoy muchos han perdido la fe o quizás no la han tenido nunca, es porque no se han acercado a vivir esta presencia de Cristo en medio de la comunidad, como sucedió a los primeros cristianos. Y también, porque nosotros, con nuestro testimonio de vida de fe no hemos sido capaces de transmitir lo que vivíamos y celebrábamos: que Cristo por amor a nosotros se entregó, sufrió y murió, y al tercer día resucitó y está vivo y presente en medio de nosotros. Si no hacemos el esfuerzo de amarnos de verdad, si no nos comprometemos personalmente, no mostramos el verdadero rostro de Jesús presente entre nosotros y es por eso que muchos no llegan a conocerlo. Que la celebración de la misa de hoy nos ayude a tomar más conciencia de la misión que Dios nos ha confiado en el momento de nuestro bautismo, que es la de ser testigos suyos en medio del mundo en el que vivimos. Que así sea.

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