Domingo II de Cuaresma (C)

Queridas hermanas y hermanos,

Al iniciar la Cuaresma, la oración colecta del domingo pasado, nos daba la clave para saber vivir y entender este tiempo que la Iglesia nos propone de cara a preparar la Pascua. Si recordáis, pedíamos que este tiempo nos fuera provechoso para conocer más y más el misterio de Cristo y para vivir según sus exigencias.

Hoy, en este segundo domingo cuaresmal, estas palabras toman una fuerza particular. Por un lado nos hacen sentir muy cercanos a Pedro, Santiago y Juan, ya que como a ellos se nos ofrece la posibilidad de conocer una faceta nueva, siempre impactante, del misterio de Jesús. Por otra parte, el relato de la Transfiguración, que encontramos en los tres sinópticos, y que hoy hemos proclamado según el evangelio de San Lucas, hace que nos demos cuenta del alcance del sufrimiento humano, sufrimiento que Jesús mismo sufrió.

Adentrándonos en la reflexión del texto vemos que es muy significativo que Jesús escoja, como testigos de su transfiguración, a los mismos tres discípulos que también le acompañarán en Getsemaní. No es un gesto banal, como de paso, sino que expresa un sentido pedagógico profundo: en el tiempo presente, agonía y resurrección, son las dos caras del mismo misterio de salvación. Y eso nos cuesta entender. Y la historia que vivieron Pedro, Santiago y Juan, se ha repetido y se sigue repitiendo también en nuestros días. A medida que intentamos identificarnos con Jesús, hacemos la experiencia de esta alternancia: dolor y felicidad. Acercándonos a Jesús, mirando de zambullirnos en su misterio, aunque no lo acabemos de entender, descubrimos que muerte y resurrección, sufrimiento y felicidad, se expresan a través de la esperanza, de la confianza.

Pedro, Santiago y Juan, conocían bien quién era Jesús: un hombre de su pueblo, semejante a tantos otros. Conocían a su familia, el origen, los gustos, y también lo que hacía y lo que decía. Hoy, sin embargo, en la cima de la montaña descubren la riqueza interior del Maestro: ven un Jesús nuevo y fascinante. El contacto con la divinidad les ha afinado la vista y descubren en Jesús una belleza y una plenitud que ignoraban totalmente.

También nosotros como ellos, a menudo la hemos contemplado con una mirada superficial, poco penetrante, con ojos humanos. Pero también hoy, en la cima de la montaña o en el centro de la ciudad o del propio desierto, somos invitados a afinar la mirada de los ojos y la mirada del corazón, para hacer, como los discípulos, una experiencia de Dios. Conocer más el misterio de Cristo, decíamos al iniciar esta reflexión, que sería decir lo mismo si lo formularan diciendo: ¿sé descubrir todo lo bueno que poseo en mi interior? ¿Sé descubrir todo lo bueno que posean las personas que me rodean? ¿Sé mirarme y sé mirarlas con la mirada de Dios?

En este punto de la reflexión, quisiera detenerme un momento en un aspecto muy importante de la vida de Jesús y que nos remarca de manera particular san Lucas en el texto que hemos proclamado. La transfiguración de Jesús tiene lugar en el contexto de su oración, en el misterio de su coloquio íntimo e indecible con el Padre. “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor» (Lc 9, 29). Para Jesús la oración es el espacio de la acogida en sí mismo de la alteridad de Dios: si el rostro es el lugar esencial de expresión de la propia identidad, entonces la oración incide en la identidad personal. Por eso su rostro cambió, es decir, su rostro manifestaba el rostro de la gloria de Dios, es decir, su identidad.

La manera como el discípulos viven la transfiguración de Jesús también conlleva un cambio en ellos que pasan del hablar insensato de Pedro, » No sabía lo que decía», nos ha recordado San Lucas, a la escucha «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo», y finalmente al silencio, un silencio necesario que custodia el misterio de lo que ha presenciado y vivido. También para ellos había sido una experiencia de oración.

Jesús, al que queremos conocer y amar nos anima a saber mirar con una mirada nueva para transfigurar lo que nos rodea, sobre todo los hermanos. Nos anima a escucharle, ya que sólo Él es el camino, la verdad y la vida.

Hermanos y hermanas, vivir hoy la experiencia de la transfiguración consiste en introducir una perspectiva de eternidad en lo cotidiano, ya que en cada una de nuestras heridas podemos encontrar el anuncio de una misteriosa promesa, la de la luz de Pascua , hacia la que se encamina este tiempo de gracia que es la Cuaresma.

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