Domingo I de Cuaresma (C)

Queridos hermanos y hermanas:

Tras disponer las ofrendas del pan y del vino sobre el altar, con las oraciones correspondientes, el celebrante invita a toda la asamblea a orar y luego dice una oración en voz alta, que cierra este momento que llamamos el ofertorio.

La oración de hoy dice así: Haz, Señor, que ponemos todo nuestro corazón en las ofrendas que te presentamos, y con las que empezamos la celebración de la Santa Cuaresma.

La liturgia nos invita, por tanto, a poner todo nuestro corazón en las ofrendas del pan y del vino, que luego, por la oración eucarística, se convertirán sacramentalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Es decir, como que la imagen del corazón resume el núcleo de lo que somos, podríamos decir que se nos invita a unir nuestra vida, todo nuestro ser, en una palabra: a ponernos a nosotros mismos en las ofrendas que presentamos.

Y esto, por qué? Pues porque Dios, análogamente a lo que hace con el pan y el vino, lleve a cabo una transformación radical en nosotros y nos haga semejantes a Jesucristo. Esta dinámica de transformación, que ya comenzó en nosotros con el bautismo, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía, cada vez que escuchamos con fe la Palabra de Dios y que comulgamos con el Cuerpo de Cristo.

El gesto de presentar unas ofrendas a Dios nos recuerda la primera lectura de hoy. Hemos leído en el libro del Deuteronomio las instrucciones que Moisés da al pueblo de Israel para cuando haya entrado en la Tierra Prometida, en el país que el Señor Dios le da en heredad. Unos versículos antes explicita el contenido de las ofrendas: toma una parte de las primicias de todos los frutos que cosecharás de la tierra que el Señor tu Dios te da, ponla en una cesta y ve al lugar que el Señor, tu Dios escoja para que lleve su nombre (Dt 26, 1s). Las primicias de todos los frutos que cosecharás de la tierra van destinados a la ofrenda a Dios, para expresar así que Dios es lo primero de todo y que a Él le corresponde la adoración y la acción de gracias. Es un gesto muy elocuente que va acompañado de unas palabras, como hemos oído, que resumen la historia de la salvación de Israel: Después, en la presencia del Señor, tu Dios, declararás: «Mi padre era un arameo errante que bajó con poca gente a Egipto para vivir como forastero. Allí… los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz… El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido… y nos dio este país que mana leche y miel. Por eso he traído estas primicias de los frutos de la tierra que tú, Señor, me has dado”.

Los paralelismos entre la primera lectura y la oración sobre las ofrendas que he citado al principio son evidentes. Pero las diferencias toman también un relieve especial. Nosotros somos invitados a presentarnos ante el Señor, nuestro Dios, y presentarle nuestras ofrendas. Pero ahora ya no se trata de llevar una cesta con las primicias de los frutos de la tierra, sino que se nos invita a unirnos nosotros mismos a la ofrenda que Cristo hace de sí mismo al Padre en el Espíritu Santo. Y las palabras que acompañan y dan sentido al gesto serán las de la plegaria eucarística, que es una de las joyas de la oración cristiana. Los israelitas hacían memoria de Abraham, un arameo errante, que Dios condujo a Egipto, allí se convirtió en un gran pueblo, Dios lo liberó de la opresión de los egipcios y le hizo entrar en una tierra que mana leche y miel. Los cristianos leemos estos textos del Antiguo Testamento como un anuncio de lo que hizo Jesucristo, y del destino que nos espera a sus discípulos. Nosotros también hemos sido liberados, por el bautismo, de la opresión del pecado y de la muerte gracias a la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, y Dios nos ha prometido un cielo nuevo y una tierra nueva, es decir la vida eterna. Mientras caminamos en este mundo, ya empezamos a participar de esta liberación y de esta promesa, y por eso la Iglesia nos invita a presentar, no ya los primeros frutos que recogemos, sino a nosotros mismos, a ofrecer nuestra vida toda entera, con sus luces y sus sombras, con todo lo que hay de pecado y de gracia, de egoísmo y de amor, para que, unida a la ofrenda de Jesucristo, seamos una sola cosa con Él y por la acción del Espíritu Santo sea restaurada la imagen que el Padre imprimió en nosotros cuando nos creó, que no es otra que la imagen de su Hijo.

Tocamos con ello, hermanas y hermanos, el núcleo de la participación interior en la eucaristía. Participar en la misa, antes que nada, quiere decir esto: poner todo nuestro corazón en las ofrendas que presentamos, dejar que Cristo nos tome con Él y, hechos una sola cosa con Él por el Espíritu, seamos una ofrenda agradable a Dios padre. Participar así en la eucaristía tiene, naturalmente, consecuencias en el modo de vivir. La ofrenda agradable a Dios es el amor hacia el prójimo, es la justicia, la verdad, la paz, la benevolencia, la mansedumbre, la joya, el perdón, la acción de gracias. La ofrenda agradable a Dios consiste en dar la vida por los demás, como hizo Jesús. Este es el estilo de vida que corresponde a quienes ponen su corazón en las ofrendas presentadas a Dios. Haciéndolo así, hermanas y hermanos, empezaremos la celebración de la Santa Cuaresma de la mejor manera posible y ya podremos probar los frutos de la Pascua.

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