Domingo de Ramos y de Pasión (C)

Jesús decía: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Fijaos, queridos hermanos y hermanas, en la manera como lo reporta el evangelista. No dice: «Jesús dijo», que significaría que sólo lo dijo una vez. Sino Jesús decía, indicando que era una oración repetida durante el período que duró la crucifixión. El evangelista que subraya más la ternura y la misericordia de Dios, nos muestra a Jesús pidiendo que el Padre perdone a quienes lo crucifican. Jesús llega al Calvario fatigado por el camino y debilitado por la tortura de la noche. Allí, en medio de la crueldad de los verdugos y del dolor inmenso de la espalda azotada y los clavos que agujerean sus miembros, Jesús dice repetidamente esta oración: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. En vez de un lamento por el sufrimiento o de una queja por los malos tratos, Jesús ora mientras le brota la sangre de las manos y de los pies.

Ruega por aquellos que lo crucifican, por aquellos que han pedido su muerte, por aquellos que por cobardía han dado la sentencia o la llevan a cabo. Pide que el Padre les perdone como los perdona él, porque no saben lo que hacen. Ellos creen que sí lo saben, porque desde el punto de vista religioso, condenan a muerte a un blasfemo que se proclama Mesías e Hijo de Dios. Y desde el punto de vista político, condenan a un rebelde que agita el pueblo proclamándose falsamente rey lo cual va contra la autoridad del César de Roma. Pero realmente no saben lo que hacen. Porque condenan aquel que es de verdad Hijo del Altísimo y que ha recibido el trono de David cuyo reinado no tendrá fin (Lc 1, 32-33). Condenan el rey de la gloria que otorga la salvación a toda la humanidad y que desde la cruz puede decir al criminal arrepentido: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Jesús clavado en la cruz continúa revelando el amor misericordioso de Dios que quiere liberar y salvar a toda la humanidad, y que tiene una atención particular por los pequeños, los pobres, por los pecadores. La cruz de la que pende Jesús es un signo de salvación y de esperanza para todo el que la contempla.

Nosotros, como toda la gente que estaba presente en la crucifixión y de la que nos hablaba el evangelista, después de ver lo que pasó, nos tenemos que dar golpes en el pecho. En señal de lamento, en señal de dolor, en señal de arrepentimiento. Porque los crucificadores no son solamente los que estaban allí en el Calvario. Los crucificadores somos todos. Somos los que hemos cargado el peso de nuestros pecados sobre Jesús (cf. 1 Pe 2, 24), quienes lo sacamos de nuestra vida para vivir al margen de él, quienes por desidia no tenemos una actitud de misericordia hacia nuestros hermanos y dejamos que haya tantas injusticias, tantas víctimas de intereses inconfesables, tanta pobreza y tanta marginación, tantas personas que emigran y son rechazadas en los países más acomodados. El pecado de acción o de omisión, que tan a menudo toleramos, que provoca miles de muertos en el Mediterráneo, millones de refugiados, muros de vergüenza que separan y condenan, propagandas que crispan la sociedad. El pecado de los abusos de menores, etc. Todos hemos puesto nuestras manos encima de él, el Inocente que carga el pecado de todos (cf. Heb 9, 28). Y continúa diciendo ante nuestros pecados, ante el pecado del mundo: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, realmente no sabemos lo que hacemos cuando prescindimos de Jesús y cuando prescindimos de los hermanos en humanidad con los que él se identifica.

En la cruz, Jesús se hace compañero de pena de los pecadores, representados por los dos malhechores crucificados a ambos lados. Se hace compañero de pena, no compañero de culpa; es compasivo no cómplice. Basta arrepentirse, como hace el malhechor convertido, y la sangre de Jesús purifica todo el mal cometido. Ayer, hoy y mañana. Porque la oración intercesora de Jesús, asociada a sus heridas, continúa y continuará hasta el final de la historia, tal como dice la carta a los Hebreos: Jesús vive para siempre para interceder por nosotros (Heb 7, 25). Y el Padre, que es rico en misericordia y espera pacientemente nuestro regreso, acoge con amor esta intercesión a favor nuestro (cf. Lc 15, 22).

Jesús no sólo ruega durante la crucifixión, sino que -según la narración del evangelista San Lucas- sus últimas palabras en la cruz son también una oración. Una oración hecha -tal como dice el evangelista- con toda la fuerza: Padre, encomiendo mi espíritu en sus manos. Aquel que se había transfigurado mientras oraba (Lc 9, 29), ruega mientras es crucificado y muere con la oración en los labios y en el corazón para que nosotros podamos empezar a ser transfigurados, transformados a su imagen, ahora espiritualmente y, en plenitud, después de nuestra muerte.

El memorial eucarístico que estamos celebrando hace presente el don de amor de Jesucristo en la cruz. Acerquémonos, pues, confiadamente a este trono de la gracia de Dios para que se compadezca de nosotros, nos acoja y nos conceda, a su debido tiempo, el auxilio que necesitamos (Heb 4, 16).

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