Celebración de la Pasión del Señor

La pasión según San Juan, hermanos y hermanas, nos presenta una lucha encarnizada entre el mal y el bien, entre las tinieblas y la luz, entre la muerte y la vida. Jesús es la Vida, es el Bien, es la Luz (cf. Jn 6, 35; 8, 12; 10, 31). Pero, las fuerzas tenebrosas del mal y de la muerte, se levantan contra él. Actúan a través de sus adversarios, que han encontrado en la traición de Judas el camino para desatarse contra Jesús.

Judas era del círculo restringido de los doce y por eso conocía muchas intimidades de Jesús. Sabía dónde estaba el lugar, en las afueras de Jerusalén, donde se retiraba para encontrar soledad y reposo. Él se había reunido allí muchas veces con el Maestro y los otros discípulos. Por eso es él quien lleva la iniciativa de la detención.

Judas rechaza el amor con que Jesús lo ama. Y quiere deshacerse del Maestro que le había entusiasmado cuando lo llamó a formar parte del grupo de los apóstoles. Pero no es sólo Judas quien quiere deshacerse de Jesús, sino también las autoridades religiosas, que le habían proporcionado hombres de la guardia del templo, y las militares, que enviaron los soldados romanos. Judas los guio hacia el huerto de Getsemaní. Todos contra Jesús.

La situación es dramática. Pero, la traición, a Jesús no lo coge de sorpresa. Después de lavar los pies a los discípulos, ya había anunciado que uno de vosotros me va a entregar y luego dijo a Judas: lo que estás haciendo, hazlo deprisa (Jn 13, 21:27). Jesús sabía -dice el evangelista- todo lo que le venía encima y domina la situación. No huye, no se esconde. Toma la iniciativa. Se avanza, y les pregunta por dos veces que buscan y, cuando le contestan, él les da una respuesta que apela a su condición divina. Efectivamente, las palabras yo soy evocan el nombre de Dios revelado a Moisés (cf. Gén 3, 14). Por eso Judas y toda gente armada que han venido a detenerlo, caen por tierra. Vienen para cogerlo y es él quien les sale al encuentro y les obliga a echarse atrás. Si bien está a punto de ser hecho prisionero y comenzar el camino de humillación y de sufrimiento que lo llevará a la cruz, Jesús se presenta con toda la dignidad, con todo el poder, tal como el evangelista lo ha presentado desde los inicios de su evangelio, al decirnos que Jesús es la Palabra que desde el principio estaba con Dios y ella misma era Dios y que en un momento determinado de la historia se hizo hombre (Jn 1, 1-2.14). Jesús había dicho antes: nadie me quita la vida, yo la doy libremente. Tengo poder para darla y para recobrarla (Jn 10, 18). Ahora llegaba la hora de darla (cf. Jn 13, 1). No se la roban. Es él quien se entrega.

El Evangelio según San Juan toma los hechos de la pasión con toda su crudeza y su tragedia, pero los presenta haciendo ver la dimensión profunda que sólo capta la fe, atravesados con están por el designio de Dios. Esta es la razón por la que el evangelista subraya la conciencia que tiene aquel que es la Palabra hecha hombre de los momentos que vive, cuando afirma: sabía que había llegado su hora, la de pasar de este mundo al Padre y que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, él que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1-3). En estas palabras encontramos el sentido de toda la pasión: el amor de Jesús sin límites. Un amor que es transparencia del amor del Padre que ama tanto al mundo que le ha dado a su Hijo único (Jn 3, 16). Este amor es destinado a toda la humanidad, a todo el mundo. Nadie es excluido, tampoco quienes viven al margen de Dios o luchan contra él. La cruz es la máxima expresión del amor universal del Dios Trinidad. Un amor que no se echa nunca atrás.

Ya desde el inicio del relato, vemos como aparecen muchas pasiones humanas desatadas. Las de Judas, desengañado y resentido que no acepta ser amado por el Maestro; las de los grandes sacerdotes llenos de soberbia, de ambición, de arbitrariedad, de un afán de poder que los lleva a manipular a la gente contra Jesús; el escepticismo, el miedo y la injusticia de Poncio Pilato; la agresividad y la burla de los soldados, la mofa de tantos. Y también el miedo y la debilidad de Pedro que lo llevan a negar a Jesús para ahorrarse problemas. La maldad humana se desata sobre Jesús y él se somete a los insultos, a los oprobios, a violencia, a la cruz fruto de estas pasiones humanas que quieren aplastarlo. Es una víctima inocente. Y con su inocencia y su bondad trastoca el daño que se le viene encima. Asume en él las consecuencias de la maldad humana para vencer el mal con el bien, para salir victorioso cuando será elevado en la cruz (cf. Jn 12, 32). En la locura de las pasiones desatadas contra Jesús, el Inocente, él responde con un amor indecible.

Al contemplar la generosidad de Jesús, el Señor, el Santo Padre dispone cada año que el Viernes Santo se haga una colecta a favor de Tierra Santa, como un gesto de fraternidad para con las comunidades cristianas que viven allí, para ayudar a sus actividades parroquiales, culturales, asistenciales y de acogida de los peregrinos. La haremos al final de la celebración. Este año, en el octavo centenario de la visita de san Francisco a Jerusalén donde se encontró con el Sultán en un abrazo de paz, hacemos que nuestro gesto de ayuda sea también un abrazo de paz y de amor a aquellas comunidades.

Esta tarde, tengamos la mirada fija en Jesús. Él para llegar a la felicidad que le era propuesta, soportó el sacrificio de la cruz, sin hacer caso de la vergüenza que tenía que pasar (He 12, 2). Y, contemplándolo crucificado, pidámosle que nos ayude a salir de nuestros miedos y nuestras cobardías, que no nos dejemos llevar por la agresividad, por la ambición, por ninguna de las pasiones que pueden anidar en nuestro interior. Pidámosle que no permita que lo abandonemos, que lo traicionemos. Dejémonos amar por Jesucristo, él que nos ha demostrado hasta qué punto nos ama. El resto de nuestra vida cristiana es consecuencia de ello, porque la verdad esencial de nuestra existencia es que somos amados gratuitamente y sin límites por Dios en Jesucristo. Pidámosle que nos ayude a aprender de su amor también en nuestras relaciones con los demás para que sepamos amar generosamente. Así progresaremos «en aquella caridad» por la que él «amó tanto al mundo, que se entregó a la muerte» (cf. colecta del domingo 5º. de cuaresma).

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