Sábado I de Cuaresma (24 febrero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de febrero de 2024)

Deuteronomio 16:16-19 / Mateo 5:43-48

 

Las lecturas de hoy, queridos hermanos y hermanas, que son las que corresponden a este primer sábado de la semana de Cuaresma, nos invitan a la radicalidad. La lectura del libro del Deuteronomio retoma el tema de la confesión de fe de Israel, es necesario amar a Dios “con todo el corazón y con toda el alma” y lo aplica a la obediencia y a la práctica de lo que Dios quiere. Obediencia y práctica porque nuestra fe está hecha de convicciones y obras. Unas sin otras no se sostienen. 

Confesar la Trinidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y confesar la Encarnación de este Hijo en la persona de Jesucristo será siempre el centro ineludible, el fundamento, lo que los antiguos llamaban el punctum stantum et cadentem, el punto donde todo se sostiene o todo cae del cristianismo. 

En nuestra sociedad se intenta a veces prescindir de este núcleo y presentar la fe cristiana como una especie de voluntariado realizado sólo de valores humanistas, de compasión, de una antropología que parece omitir la dimensión genuinamente creyente. El voluntariado está muy bien, pero nosotros queremos algo más, nosotros empezamos en otro sitio, nosotros tenemos nuestro origen y nuestro destino en la persona de Jesucristo, aunque sea difícil y que alguna gente no nos comprenda. 

Pero de la confesión el Señor nos pide que pasemos a la acción y no a una acción cualquiera, sino a la que llega al amor más fuerte, al amor más contradictorio, al amor a los enemigos. 

Esto es lo que nos decía el Evangelio, amar así es lo que nos acerca al Dios grande y fuerte, al Dios misericordioso, que como rezamos en esta cuaresma se deja vencer por nuestra humildad y nuestra penitencia. 

Mantenerse firmes en la exigencia evangélica nunca ha sido fácil. Es en el fondo un don de Dios y por eso en este camino de radicalidad nos ayudan los testimonios privilegiados que nosotros veneremos y que la Iglesia proclama a santos. Entre ellos, san Josemaría Escrivá de Balaguer, que con sus obras apostólicas marcó la vida de tanta gente y enriquece la comunión de los santos y el beato Álvaro que le siguió en su misión. 

La mayoría de vosotros, conoce mucho mejor que yo el carisma de san Josemaría y no he pretendido ser yo que os dijera a vosotros una palabra sobre su enseñanza, pero en las lecturas de hoy, tanto el autor del Deuteronomio como Jesucristo en el Evangelio, invitan a todos a la santidad, a la radicalidad del evangelio y san Josemaría tomó esta idea y le dedicó la vida: invitar a cristianos a seguir a Jesucristo y su Evangelio. La asamblea de hoy, esta celebración es una muestra de que la huella que él dejó en esta idea de ser discípulo arraigó profundamente en nuestra tierra catalana como lo hizo en todo el mundo. 

Jesucristo ha venido a nosotros para contarnos humanamente quién ese Dios bondadoso, ese Dios que perdona, ese Dios humilde que no se impone, que deja a cada uno de nosotros la decisión final, por eso nuestra libertad es tan importante. 

Dios quiere hacerse especialmente presente en algunas personas y también en algunos lugares. Pertenece a su libertad hacerlo así. 

Los monjes de Montserrat, al menos es mi percepción, somos testigos de cómo Dios habita este santuario de Nuestra Señora y estamos a su servicio, acogiendo, orando y conscientes de que Él hace mucho más que nosotros y querríamos dar un testimonio con la nuestra vida de oración. En esta dinámica de acogida y testimonio, debemos situar la amistad de San Josemaría con la comunidad de Montserrat, que se inició en los años de la Guerra Civil, con la comunidad de monjes exiliada en Navarra, y que personalizaron nuestros hermanos el P. Abad Gusi, y muy especialmente el P. Abat Aureli M. Escarré, con quien San Josemaría se relacionó fraternal y amigablemente durante toda su vida. Tenemos la suerte de tener al alcance de todos la correspondencia entre ambos y una narración muy cuidada de esta relación. 

En Montserrat San Josemaría pudo vivir la devoción a la Virgen que ya había marcado su vida, desde el ofrecimiento de niño en Torreciudad hasta su muerte y que él quiso dejar en la Obra. «A Jesús se va y se vuelve por María». La Virgen María es el fuego que sin consumir calienta como decimos en la visita espiritual, por tanto, la que sabe amar siempre a esa distancia adecuada para darnos la vida del Espíritu sin ahogarnos. Y como lo hace ella nos ayuda a hacerlo así, señalando el sol de justicia, Cristo, aquél que realmente ama incondicionalmente. 

El Beato Álvaro pasó en Montserrat algunas semanas santas, viviendo además de la devoción mariana, nuestra tradición litúrgica. 

Tanto de uno como de otro, damos gracias a Dios y nos hacemos conscientes de que, sin saberlo, procurando mantenernos fieles a este carisma de acogida benedictina y, sobre todo por la gracia de Dios que a través de Santa María atrae a sus devotos como peregrinos en esta casa, tenemos el privilegio de ser espectadores de primera fila de las obras que Dios va haciendo en sus sirvientes. Y por eso hemos visto pasar a muchos hombres y mujeres que después hemos venerado como santos cuando la Iglesia así los ha proclamado. Por eso con unas frases hermosas, en el himno que nuestro gran poeta Mn. Jacint Verdaguer escribió en 1880, cuando este Santuario de Montserrat quiso celebrar el milenario del encuentro de la imagen de la Virgen María y por tanto el inicio de la devoción montserratina, decía: 

“Los santos de nuestra tierra, 
Pasan por su sierra 
Cuando suben hacia el cielo” 

Muchos santos han pasado por Montserrat, desde San Ignacio a San Juan Pablo II. Y así como tantos de estos hijos e hijas de Dios hay una memoria en el camino de San Miquel, era importante poder acoger un relieve para testimoniar el paso de San Josemaría y del Beato Álvaro, como peregrinos de la Moreneta y dar un ejemplo de tantos seguidores suyos que a partir de hoy le verán y le visitarán, y aún, de otro modo, presentarlos como discípulos de Jesucristo que crearon un carisma válido para el crecimiento espiritual del Pueblo de Dios. 

Dios quiera continuar sirviéndose de este lugar para que el seguimiento radical de Jesucristo y del evangelio continúe en el mundo y espero que hoy demos todavía otro paso en la amistad de nuestras instituciones, especialmente con esta parte de la Obra que peregrina en Cataluña, llamados todos a testimoniar la fe en Dios, el evangelio de Jesucristo y el amor a la Virgen María. 

 

 

Abadia de MontserratSábado I de Cuaresma (24 febrero 2024)

Domingo I de Cuaresma (18 febrero 2024)

Homilía del P. Bernat Juliol, Prior de Montserrat (18 de febrero de 2024)

Génesis 9:8-15 / 1 Pedro 3:18.22 / Marcos 1:12-15

 

Queridos hermanos y hermanas en la fe:

El pasado miércoles, con la imposición de las cenizas, empezábamos el itinerario cuaresmal de la milicia cristiana. Un período de cuarenta días de conversión y de acercamiento a Dios a semejanza de los cuarenta años que el pueblo de Israel tardó en atravesar el desierto y de los cuarenta días que Jesús pasó allí. En el inicio, pues, de esta nueva Cuaresma, puede ser bueno que nos hagamos algunas preguntas que nos ayuden a profundizar en su vivencia: ¿Qué es la Cuaresma? ¿Cómo vivir la Cuaresma? ¿Por qué la Cuaresma? Propongo intentar responder a estas preguntas con la guía de un personaje que nos puede ayudar a tener una mirada nueva pero profunda del sentido del que estamos hablando. Me estoy refiriendo, nada menos, que a Harry Potter.

No es una frivolidad. La literatura, si es buena literatura, sabe leer el corazón de los seres humanos. Sabe ver cuáles son nuestros anhelos más profundos, nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras esperanzas, los motivos de nuestra alegría. Los libros y películas de Harry Potter no son sólo un entretenimiento para los jóvenes, sino que son literatura a la altura de las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis o bien del Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien.

Pero, a modo de introducción, y para los menos introducidos en el tema, ¿quién es Harry Potter? Es un personaje literario que dio origen a una saga de siete novelas escritas por la escritora británica J.K. Rowling. Posteriormente se hicieron ocho películas. El éxito de los libros y películas ha sido espectacular por todo el mundo. Harry Potter es un chico joven que un buen día descubre que sabe hacer magia y es llevado a una escuela para magos llamada Hogwarts, donde se encuentra con un grupo de amigos que serán el fundamento de toda su vida.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con nuestra Cuaresma? Intentamos responder a la primera pregunta: ¿qué es la Cuaresma? En el tercer libro, llamado El Preso de Azkaban, encontramos a Harry Potter en la escuela de Hogwarts, en una clase con el profesor Lupin. Éste enseña a sus alumnos los peligros de los boggarts, que son unas criaturas que no tienen forma, sino que se convierten en lo que a cada uno le da más miedo. A un estudiante se le convierte en araña, a otro en serpiente y a otro en el profesor más temido de la escuela, Severus Snape. Pero a Harry Potter, el boggart se le transforma en otra criatura, un dementor, que representa la parte más oscura de sí mismo. Lo que le da más miedo es, precisamente, él mismo.

En el evangelio según Marcos que hemos leído hoy, se nos dice que el Espíritu empujó a Jesús al desierto, donde pasó cuarenta días tentado por Satanás. Con este texto, la liturgia nos invita a ir también nosotros al desierto y a enfrentarnos con lo que nos da más miedo: es decir, con nosotros. Es una invitación a conocernos a nosotros mismos, a saber, estar solos con nosotros mismos. A buscar en la interioridad el camino que nos conduce a Dios. Como decía el filósofo francés Blaise Pascal del siglo XVII: «La infelicidad del hombre se basa en una sola cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación».

Y en el desierto también nosotros somos tentados por el diablo. Al igual que nos enseña Harry Potter, tampoco el diablo tiene forma, adopta la forma de lo que nos da más miedo. El sociólogo contemporáneo Zygmunt Bauman, recientemente desaparecido, nos habla del «mal líquido». Ya no somos conscientes de tener que luchar con un mal absoluto, sino que éste se ha vuelto líquido y ha penetrado por las pequeñas rendijas de nuestra vida. El mal está ahí, pero muchas veces ya no lo sabemos reconocer. La Cuaresma debería enseñarnos a buscar esta parte más oscura de nuestro yo, y a evangelizarla.

Una vez hemos intentado responder a qué es la Cuaresma, preguntémonos ahora cómo debemos vivirla. Aquí nuestro amigo Harry puede volver a sernos de ayuda. En la vida de Harry Potter, lo más importante no son los trucos de magia que sabe hacer sino la fuerza de la amistad que le liga con sus amigos, especialmente con Hermione y Ron. Harry no puede hacer nada sin ellos, se ayudan mutuamente. Si nos fijamos, todo lo que consigue Harry no lo hace por la magia sino gracias a sus amigos. Harry Potter empieza a ser quien es cuando se encuentra con sus amigos. Unos amigos que están en una escuela bucólica, en un bonito castillo, junto a un gran lago. Y para llegar hay que tomar un tren en la estación de King’s Cross de Londres, en el andén 9 y ¾, al que se entra por una pared donde si no crees que hay una puerta, no puedes pasar.

Nos enseña esto que durante la Cuaresma debemos aprender a vivir para los demás. El camino del desierto, del aprender a conocernos a nosotros mismos, nos conduce hacia los demás. La fe cristiana no la vivimos solos, sino que la vivimos en comunidad. Las personas y los cristianos no somos islas que vivimos separadas unos de otros, sino que formamos una comunidad. Caminamos juntos hacia el Señor. Debemos aprender que nuestra fuerza está en nuestra comunidad, que debemos cuidarnos unos a otros. Que la vida sólo tiene sentido si la ponemos al servicio de quienes nos necesitan. También nosotros empezamos a ser quienes somos gracias a los demás. Y esta comunidad no es sino la Iglesia, una escuela donde cada día aprendemos a amarnos más unos a otros tal y como Cristo nos enseñó. Una escuela, por cierto, a la que accedemos a través del andén del bautismo, una puerta que sólo se abre si tenemos fe.

Y llegamos ahora a la última de las tres preguntas que nos habíamos formulado al inicio: ¿Por qué la Cuaresma? Vamos aquí a la parte más dramática de nuestro personaje amigo. Cuando Harry nació, lord Voldemort, el malo de la película, intentó matarle. No lo logró, pero una parte de él quedó dentro de Harry y fruto de esto a nuestro protagonista le quedó una cicatriz dolorosa en la frente. Por este motivo, para eliminar totalmente el mal del mundo, Harry tuvo que sacrificarse para los demás. Un sacrificio que no le condujo a la muerte sino a la vida. Y a partir de ese momento, la cicatriz nunca le hizo más daño.

¿Por qué, entonces, la Cuaresma? Todos nosotros, por el hecho de ser libres, hemos sido tocados por el pecado. Todos llevamos una cicatriz que proviene del pecado original. En todos nosotros se nos ha desdibujado esa hermosa imagen y semejanza que Dios nos dio en el momento de nuestra creación. Pero Cristo nos ha abierto de nuevo las puertas del Paraíso soportando sobre sí el pecado del mundo y dándonos esa vida que no tiene fin. El camino de la Cuaresma tiene un porqué: para que podamos llegar a la tierra prometida que mana leche y miel.

Estimados hermanos y hermanas, con todo lo dicho, no hemos hecho sino comentar las lecturas de hoy. El evangelio nos hablaba de ir al desierto, de enfrentarnos al mal que hay en nosotros mismos. La lectura del libro del Génesis nos hablaba de la Alianza en el desierto, cuando Dios constituyó Israel como pueblo, imagen del Pentecostés cristiano, cuando el Espíritu Santo nos une como Iglesia de los seguidores de Cristo. Y la lectura de la primera carta de San Pedro nos dejaba claro cuál es el sentido de la Cuaresma, cuál es el sentido de nuestra vida. Dice así: «Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu.».

Abadia de MontserratDomingo I de Cuaresma (18 febrero 2024)

Miércoles de ceniza (14 febrero de 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (14 de febrero de 2024)

Joel 2:12-18 / 2 Corintios 5:20-6:2 / Mateo 6:1-6.16-18

 

“Os lo pedimos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”

Con estas palabras, queridos hermanos y hermanas, queridos escolanes, dirigidas a los cristianos de Corinto, el apóstol San Pablo nos daba un principio de vida, una actitud que vale siempre.

Quizás si San Pablo viniera un día a la Escolanía y al final le hicierais aquella pregunta que hacéis a todo el mundo: “danos un consejo para la vida”, quizá os diría esto: “reconciliaos con Dios”. O quizá os diría otra cosa porque el apóstol Pablo dice una frase interesante y memorable en casi cada una de las páginas que escribe.

Reconciliarse significa aceptarse a uno mismo tal y como es, reconciliarse es aceptar a los demás tal y como son, reconciliarse significa hacer las paces. Reconciliarse con Dios significa poner nuestra voluntad, nuestra vida, nuestro corazón, nuestra inteligencia de acuerdo con lo que Dios quiere. Dios quiere que seamos felices amándonos. Y sí, el apóstol lo decía a los de Corinto hace casi dos mil años, y todavía nos lo tiene que decir también a nosotros hoy, es porque debemos reconocer que no siempre vivimos según esa hermosa voluntad de Dios.

Si esto vale de por vida, ¿porque lo leemos especialmente hoy miércoles de ceniza? Lo hacemos porque nos ayuda, nos estimula a reservar un tiempo a corregirnos y este tiempo ha estado siempre en la Iglesia, el tiempo de Cuaresma. La oración colecta de hoy decía que empezábamos un tiempo de ejercicio. Todos sabemos que durante el día va muy bien realizar un tiempo de ejercicio, de deporte, pero que no podemos estar todo el día haciéndolo. Con la cuaresma ocurre algo parecido: Dios nos propone hacer ejercicio para darnos cuenta de lo que no hacemos bien y corregirlo, y también nos advierte que no nos despistemos porque el tiempo que tenemos hoy ya no lo volveremos a tener mañana. Quizás tendremos más pero no será el mismo. Por eso nos dice: “Enmendémonos del daño que hemos hecho sin darnos cuenta, no fuera que nos encontráramos que no tenemos tiempo para arrepentirnos”.

San Benito también lo entendió muy bien cuando escribió en la Regla que los monjes siempre deberíamos vivir como en cuaresma, siempre haciendo ejercicio, pero como esto no puede hacerlo casi nadie, al menos intentémoslo por cuaresma.

Naturalmente, el ejercicio cuaresmal no es sólo ir al gimnasio o hacer deporte, cosas que pueden ser muy saludables, sino cuidar la salud del espíritu. Y la tradición de la Iglesia lo ha hecho también con la atención a nuestro cuerpo físico, por eso pide que ayunemos; preocupándose del cuerpo sociológico, por eso pide que nos acordemos de los más necesitados y hagamos limosna y ocupándonos del cuerpo espiritual, y por eso pide que oremos un poco más durante la Cuaresma. Todas estas prácticas sólo quieren que nos reconciliemos con Dios como decía al principio. Por tanto, que personalmente nos pongamos en

disposición de amar más ya que ésta, y no ninguna otra, es la voluntad de Dios: que amamos. Y Dios sabe que haciendo esto seremos felices.

Cuando las personas comienzan a hacer ejercicio físico, tienen normalmente un propósito: adelgazar, mejorar la resistencia física, poder competir…, hay muchos propósitos. Quizás cuando empezamos la cuaresma podría ayudarnos proponernos algo. Así mantendremos más fácilmente ese tipo de tensión que necesitamos para que todo este tiempo responda a lo que hoy nos disponemos a empezar.

San Pablo nos pedía que nos reconciliáramos en nombre de Cristo. Él es el modelo porque vivió siempre reconciliado con Dios y aceptó todo lo que Dios Padre le puso por delante, incluso una muerte injusta y dolorosa. Lo hizo para poder quedar como acusador legítimo ante todas las muertes injustas y dolorosas del mundo y para que nuestros pecados fueran perdonados por su generosidad al morir sin merecerlo. Para dar a la humanidad la posibilidad de que no hubiera más muertes injustas. Y nosotros todavía después de dos mil años, parece que no lo hemos entendido.

Pronto se cumplirán dos años de la guerra de Ucrania, con todos sus muertos, los exiliados, los desastres, el gasto militar tan absurdo porque las posiciones están prácticamente en el mismo sitio.

Hace ya cuatro meses de la guerra en Gaza, donde los clamores por el respeto de la vida de los civiles, de los niños, de los enfermos, son ignorados un día y otro, provocando una muerte y un sufrimiento muy desigual entre un bando y otro. Nos sentimos pequeños y sorprendidos al ver que ni las voces de Naciones Unidas, ni del Papa Francisco, ni siquiera recientemente la del presidente de Estados Unidos parecen suficientemente fuertes para poner una paz y seguridad en la región, para evitar la inaceptable muerte de civiles. Ante la vida no vale lo de los efectos colaterales o del mal menor. Ni tampoco se escucha la voz de todos aquellos que, de tantas formas humildes, en manifestaciones, huelgas de hambre, haciendo su oficio de informar piden el fin de ésta y de toda otra guerra.

Me viene a la cabeza que todos los cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad podríamos hacer nuestras las palabras de la segunda carta a los cristianos de Corinto y decir:

“Hermanos, nosotros hacemos de embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara a través nuestro. Os lo pedimos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios.”

Hacer las paces es siempre una exigencia en el corazón del Evangelio.

Recordemos a quienes sufren en cualquier guerra. Todos aquellos que no pueden hacer ningún ayuno, ni limosna porque no tienen nada y que seguramente sí nos darían una lección si compartieran con nosotros su oración confiada. En la Guerra de Gaza todos tenemos al mismo Dios de Abraham. No es ni siquiera con un Dios diferente que es necesario reconciliarse.

De ese Dios decimos algo tan profundo como que “se deja vencer por la humildad y la penitencia”. El todopoderoso, el Creador, el Señor de la historia

tiene una rendija de bondad por la que todos podemos entrar en su comunión. Al decirnos que nos reconciliamos con él, no sólo está hablando de guerras, sino de nosotros, de cada uno, porque nos está esperando. San Pablo también nos decía “Recordad que Dios ha dicho: «Te he escuchado a la hora favorable, te he ayudado el día de la salvación»

Por eso nos ofrece un tiempo de corrección que es un tiempo de cambio, de renovación. Acabaremos cantando muchos himnos de la liturgia de las horas de cuaresma con las palabras

“nos novi per veniam,
novum canamus canticum”

Que quiere decir que «renovados por el perdón, cantamos un cántico nuevo».

Preparémonos a recibir las cenizas como signo de que queremos entrar en ese camino que limpia nuestro corazón y nuestra voluntad para hacerla más cristiana, más apta para amar a Dios y a los demás. La ceniza era una signo de luto, de tristeza por lo que nos gustaría ser y todavía no somos, pero en nuestra fe cristiana, nos ponemos la ceniza y no dejamos de celebrar la eucaristía todos los días, porque con la tristeza y el luto está siempre la alegría de la Pascua, esperada al fin de este tiempo, pero vivida en todo aquello que nos habla de posibilidad de renovación, de regreso a la mejor versión de nosotros mismos, de la resurrección de Jesucristo y de la nuestra .

 

 

Abadia de MontserratMiércoles de ceniza (14 febrero de 2024)

Domingo VI del tiempo ordinario (11 febrero 2024)

Homilía del P. Efrem de Montellà, monje de Montserrat (11 de febrero de 2024)

Levítico 13:1-2.45-46 / 1 Corintios 10:31-11:1 / Marcos 1:40-45

 

El relato de la curación del leproso que nos acaba de ser proclamado es un buen resumen de toda la historia de la salvación: el hombre se acerca a Dios, ambos dialogan, y Dios lo salva. Y dentro de este relato Jesús es quien lleva esta historia a la plenitud: si la ley de Moisés prohibía acercarse a los leprosos y los marginaba —como hemos escuchado en la primera lectura, Jesús hace todo lo contrario: los acoge y cura. Porque Dios no puede hacer otra cosa que amar a todas y cada una de sus criaturas, y no puede dejarlo al margen por muchas connotaciones negativas que tenga el mal que sufran o que hayan hecho. El poder de Jesús sobre la enfermedad, pues, no es sino un signo de su mesianidad: Jesús es el verdadero médico de toda la humanidad, el único que es capaz de salvarla y devolverle la plenitud que había perdido. Y no sólo eso: el leproso era un excluido de la sociedad, un marginado que debía vivir fuera del poblado por una circunstancia que él no había elegido; y con su curación Jesús lo reintegra dentro de la comunidad de creyentes, mostrando así la voluntad de Dios de acoger a todos. Jesús nos dice que, a pesar de nuestros males y defectos, Dios nos ama y quiere a todos por igual. Y esto es un gran consuelo; y lo fue también para el pobre leproso; un consuelo tan grande, que le faltó tiempo para esparcir por todas partes la llamada de Jesús. Y como también hemos oído en la historia, hubo tanta gente que quería ir a verle que debía quedarse fuera de las poblaciones.

Este gentío que se movió para ir a ver y encontrar a Jesús hoy somos nosotros, quienes esta mañana nos hemos levantado y hemos salido de casa para venir a esta celebración. Este encuentro del leproso con Jesús, ese paso de Jesús por la vida de aquel enfermo, es para nosotros la celebración litúrgica, la Misa de cada domingo. Aquí es donde nosotros, cada uno con sus penas y dificultades, nos encontramos con Jesús, hablamos con él y le decimos: «Señor, si lo desea… [nos puede escuchar, nos puede curar], nos puede purificar». Porque todos tenemos necesidad de algo, todos sufrimos algún daño físico o moral, todos tenemos la necesidad de escuchar su palabra. La Misa es ese lugar donde Jesús se nos acerca y nos toca —de hecho, entra en nuestro interior, y desde dentro nos transforma, nos cura, y nos consuela. Y éste es el lugar del que deberíamos salir llenos de alegría por el hecho de haber encontrado una palabra que marca un antes y un después en nuestras vidas.

Porque, por buena voluntad que tengamos, por muy bien que queramos hacerlo todo, el mal siempre habrá hecho algo en nosotros. Por mucho que nos esforcemos siempre habrá alguna situación de la que no podemos salir solos, y necesitamos la ayuda de Dios. Y la «lepra» de la que nos hablaba el evangelio no es una enfermedad concreta, sino que es una metáfora del pecado que todos cometemos en un grado u otro, cuando nos apartamos de Dios. Porque nuestra salvación no puede depender de la enfermedad que cada uno pueda sufrir: Jesús siempre está dispuesto a decirnos una palabra que nos ayude y cure este pecado, si tenemos el corazón abierto y estamos bien dispuestos. Con la curación del leproso, además, Jesús también nos dice cómo debemos actuar nosotros, y nos da unas pistas para nuestras vidas. Como el leproso, nosotros también podemos acudir a Jesús con fe cuando tenemos alguna necesidad. Como Jesús, tampoco a nosotros debería darnos ninguna pereza acercarnos y dialogar con los más marginados o los más estigmatizados. Y tampoco nosotros deberíamos hacer ninguna diferencia con quienes más nos cuesta, o con aquellos que se sienten apartados de la sociedad; con nadie: porque todo el mundo es un hijo amado de Dios por mucho que nos cueste el trato con algunas personas.

Acercándonos a Jesús, dialogando con ellos y dejando que él nos transforme, también nosotros resumimos la historia de la salvación. Y la llevamos a plenitud si después hacemos lo mismo con los demás: dialogando, acogiendo, y dando una buena palabra sentiremos esa alegría incontenible que sintió el leproso, que no pudo dejar de proclamar por todas partes lo que había vivido. El evangelio de hoy nos ha enseñado que el Reino de Dios no es un premio para los buenos sino un lugar en el que todos estamos llamados; el Señor nos quiere a todos, aunque tengamos nuestros defectos. ¿Seremos nosotros, quienes excluimos a alguien? Que esta Eucaristía dé un nuevo impulso a nuestra vida como creyentes, y nos ayude a acercarnos a todos y comunicar con alegría la buena nueva del evangelio.

Abadia de MontserratDomingo VI del tiempo ordinario (11 febrero 2024)

Domingo V del tiempo ordinario (4 febrero 2024)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (4 de febrero de 2024)

Job 7:1-4.6-7 / 1 Corintios 9:16-19.22-23 / Marcos 1:29-39

 

Estimados hermanos y hermanas,

El fragmento evangélico que nos ha proclamado el diácono tiene, entre otros, dos temas de fondo. Por un lado, el tema del mal y del sufrimiento que provoca la enfermedad, y por otro lado nos presenta el esquema de cómo serían las jornadas de Jesús, subrayando no tanto las actividades que llevaba a cabo, sino fijándose en el contenido y el significado de sus acciones y de su vivir.

En lo que se refiere al primer tema, nos damos cuenta de que una de las experiencias más desconcertantes de la vida humana es la del sufrimiento que a menudo se expresa a través de la enfermedad. El misterio del dolor que provoca parece que eche por tierra cualquier sentido que se le quiera dar a la existencia y más bien lo que pone de manifiesto es un vacío que rasga el alma y a veces la vida misma. Ésta es la experiencia que hizo Job y que expresaba a sus amigos diciéndoles: “Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no verán más la dicha”. Desgraciadamente son muchos los que podrían o podríamos identificarnos con estas palabras ya que son tantos los que viven situaciones similares.

Si en el siglo XXI un dolor de muelas nos puede dejar muy tocados, es fácil imaginar las situaciones que debían vivir quienes estaban enfermos en tiempos de Jesús donde el conocimiento sobre las patologías era muy limitado al igual que los posibles remedios o medicamentos para curarlas. Sólo hace falta recordar el relato que nos reporta el mismo evangelista san Marcos (4, 25-30) de aquella mujer que tenía pérdidas de sangre desde hacía doce años y que “había sufrido mucho en manos de médicos, y se allí había gastado todo lo que tenía, pero no había obtenido mejora alguna, sino que iba de mal en peor”.

Leyendo y releyendo los textos proclamados me doy cuenta de que nos aportan una luz que nos permite situar el verdadero centro de la cuestión. Un monje de nuestra comunidad, fallecido hace ya unos años, decía que el mal y el sufrimiento no existen, sino que lo que existen son hombres y mujeres, pequeños o mayores, que sufren. Es por tanto el hombre y la mujer enfermos que son objeto de la curación por parte de Jesús que entiende su vida como una misión al servicio de la vida, de la salud, de la esperanza, del bien de toda persona.

Lo que acabo de decir lo encontramos expresado en la ida de Jesús en la casa de Simón donde se encontró con la suegra de Pedro que estaba en la cama. No sé si os habéis fijado, imagino que sí, en un detalle que podría pasarnos desapercibido: la cogió de la mano y la levantó; se le pasó la fiebre y se puso a servirles, es decir, la mano de Jesús la hizo apta de nuevo para el servicio.

Los evangelistas remarcan de manera particular los gestos que Jesús tenía hacia los enfermos y los necesitados, es decir, hacia quienes sufrían. En varias ocasiones la mano se convierte en la protagonista bien tocando, imponiendo las manos, bendiciendo.

Por eso, los cristianos podemos decir sin lugar a dudas que Jesús es la mano que Dios alarga a toda persona necesitada de fuerza, de apoyo, de compañía, de consuelo, de protección, … Nosotros, por nuestra parte, debemos preguntamos ¿qué hacemos de nuestras manos? ¿cómo las utilizamos? ¿a quién ayudamos? ¿Expresan la proximidad de Dios por quienes padecen cualquier tipo de enfermedad?

El segundo tema que nos ofrece el evangelio de este domingo nos explica lo que hoy llamaríamos la “jornada tipo” de la vida y de la actividad de Jesús. Con tres cuadros muy breves y muy rápidos llenos de dinamismo por los verbos que los construyen, san Marcos, dibuja los rasgos del rostro de Jesús, es decir, un hombre que cura, que reza y anuncia. Durante toda la jornada hasta la puesta del sol Jesús es un donador de vida convirtiéndose así en memoria de Dios para los hombres y mujeres de su tiempo y también del nuestro, evidentemente. Durante la noche y el amanecer Jesús es el hombre de la búsqueda de Dios y es la memoria de los hombres para Dios.

En el texto de hoy encontramos todavía toda una serie de verbos que confieren al relato un dinamismo: saliendo, se fue, dio, la levantó, curó… Todo ese dinamismo que marcaba su día a día donde era buscado por una multitud de gente que buscaba curación tiene su momento álgido cuando por la mañana, cuando todavía estaba oscuro, se levantó, se fue a un lugar solitario y se quedó orando. La oración es el mayor milagro del Hijo de Dios, que en la soledad de la noche o del amanecer dialoga con el Padre del cielo, se encuentra a sí mismo y encuentra la acogida en el corazón del Padre, como Hijo eterno amado desde siempre. Si Jesús actúa así significa que estos momentos de intimidad con Dios son fundamentales e irrenunciables en la vida de sus seguidores. Sólo la oración hace que haya equilibrio incluso en medio del sufrimiento, ya que la oración es el espacio donde se convierte en el milagro cotidiano de sabernos queridos por Dios, porque somos mucho más importantes que todas nuestras llagas y enfermedades.

Simón y sus compañeros viendo que no estaba en casa, salieron a buscarlo y para su sorpresa Jesús les dice: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios”, es decir, de la oración ha sacado la fuerza para ir siempre más allá hacia los lugares que necesitan manos que ayuden a levantarse. Por eso Jesús hoy sigue yendo a otros lugares, también donde estamos cada uno de nosotros y si estamos atentos nos daremos cuenta de que su Palabra, como la que hoy hemos escuchado, es la mano que necesitamos para continuar el camino. Que así sea.

Abadia de MontserratDomingo V del tiempo ordinario (4 febrero 2024)

La Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero de 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (3 de febrero de 2024)

Isaías 56:1.6-7 / Hebreos 12:18-19.22-24 / Lucas 19:1-10

 

La liturgia nos ofrece a menudo, queridos hermanos y hermanas, la mejor y más acertada explicación del sentido de la solemnidad o fiesta que celebramos. Lo hace de tal modo que no es extraño preguntarse si harían falta comentarios añadidos o si, en cambio, una buena utilidad de la homilía no fuera señalar y detenerse en alguno de estos elementos que, mezclados con tantos otros, no hayamos podido captar durante la eucaristía.

En la solemnidad de la dedicación de una Iglesia, el Prefacio, la primera parte de la Oración eucarística que se reza antes del himno “¡Santo, santo, santo!”, cumple perfectamente esa misión.

El prefacio de hoy nos da tres ideas sobre el significado profundo de un templo cristiano, de una Iglesia.

La primera es la que aquí se realiza y se cumple el misterio de comunión entre Dios y nosotros. En esta nave, como en todas las demás del mundo cristiano rezamos, personal y colectivamente.

Aquí también escuchamos la Palabra de Dios y lo hacemos de una manera especialmente intensa porque es en esta Iglesia donde el coro de los monjes, con los fieles y algunas veces la Escolanía, recita el oficio divino, donde la Palabra de Dios tiene el puesto preeminente. Y finalmente celebramos la eucaristía y otros sacramentos, cumplimiento de la comunión de cada uno de nosotros y de todos con Dios. En la extensa y detallada acta de los días de la consagración de esta basílica que el notario de Esparreguera Joan Castell escribió, el deseo final que se expresa es que Dios dé muchos años de vida al P. Abad, en aquél momento el Abad Plácido Salinas, para que pueda celebrar dignamente el santísimo sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo. Lo más importante que se puede hacer.

Todo esto lo decimos en el prefacio con las palabras “Vos simbolizáis admirablemente el misterio de su comunión con nosotros y lo realizáis en esta casa visible.” Y lo hemos escuchado también en la lectura a los cristianos hebreos: “Vosotros os habéis acercado a Dios, a Jesús, el mediador de la nueva alianza”. Nos hemos acercado aquí, en este templo que quiere ser para nosotros, lo que Jerusalén era para los israelitas, lugar de presencia y comunicación segura con Dios”.

En esa alabanza, la música siempre ha sido muy importante. La música nos trae hasta hoy el talento y la devoción de los compositores que expresaron su fe inspirados por Dios. A mí, personalmente me da respeto pensar, y lo podéis tener en cuenta los escolanos y escolanas de la Schola Cantorum, que la música de los maestros de la Escuela de Montserrat y de todas partes, que se compuso pensando concretamente en este espacio y la hemos cantado ininterrumpidamente aquí dentro de una tradición que vosotros continuáis. Sin ir más lejos, en la misma acta notarial que os he citado, se dice que durante la primera misa que se celebró en esta basílica por el obispo de Girona, Jaume

Cassador, “el órgano y muchas y dulcísimas voces de cantores resonaban en todo el templo”. De esto hace, precisamente hoy, cuatrocientos treinta y dos años.

La segunda idea del prefacio nos habla de la dimensión de la comunidad. El nombre «Iglesia» que relacionamos con el edificio, quería decir en primer lugar la asamblea que se reunía y que en el inicio del cristianismo lo hacía en las casas particulares o a escondidas por miedo a las persecuciones. Todavía hoy se utiliza en este sentido como todo el mundo sabe. El prefacio de hoy nos dirá: “Aquí continuamente escucháis y protegéis a esta comunidad de fieles que peregrina hacia Vos. Aquí os construís ese templo que somos nosotros y aquí crece esta realidad como cuerpo de Cristo”. Esto no es un local social o un club. Aquí Dios construye su pueblo. Si esta realidad es siempre válida en cualquier templo cristiano, cómo no lo será en Montserrat donde por la presencia de la Moreneta, y en comunión con todas las iglesias diocesanas, Dios también ha construido su pueblo cristiano que peregrina en Cataluña y desde Montserrat sigue animando la fe de tantas personas y creando una comunidad de fe y de amor. La profunda identificación con esta tierra no impide acoger a una multitud de peregrinos de todo el mundo. Tenemos el privilegio de ser testigos de esta otra característica de la Iglesia, como es la de estar «extendida en todo el mundo». Como decía la lectura del profeta Isaías: «todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración». Por todo ello, se cumple aquí también el misterio de la Iglesia universal, que fija su mirada en Jesucristo resucitado de quien recibe la fuerza.

Y la tercera idea del prefacio se centra en el respeto a las paredes, a las imágenes, a todo ese mismo edificio que es esta casa visible, porque es Dios mismo quien nos ha permitido construirla. Sí, el Dios de Jesucristo no se queda fuera de la vida, en las nubes. Es un Dios que permite la vida de sus discípulos y por tanto todo lo necesario para esta vida y tener un techo da, qué duda cabe, una estabilidad en cualquier proyecto. Buena ocasión hoy para recordar todas las comunidades que no tienen templo, que están en medio de la violencia. Recordemos que este templo nos permite la comunión con Dios y que el cuerpo de Cristo que formamos todos se reúna, como acabo de decir. Y a pesar de cantar que el templo de Dios somos nosotros, también rezamos que es «Dios quien nos ha permitido construir esta casa». Por eso un día, el 2 de febrero de 1592 fue consagrada y se rezó para que Dios estuviera aquí. En la oración de vísperas incensaremos todas las cruces que repartidas por toda la nave recuerdan este momento.

Dios está en el centro de todas estas dimensiones de la Iglesia que recordamos en el aniversario de la consagración. De la Iglesia templo y de la iglesia cuerpo de Cristo. Jesucristo quiso permanecer en la casa de Zaqueo. Como celebrábamos ayer, fiesta de la Presentación, la luz, es decir, Cristo, entró simbólicamente aquí en el templo, para permanecer aquí. La luz vuelve a entrar simbólicamente cada noche de Pascua, recordándonos que la piedra principal sólo es Él, Jesucristo.

Ojalá esta basílica fuera para todos nosotros como aquel árbol del evangelio que hemos leído que permitió en primer lugar que Zaqueo viera a Jesucristo, porque ésta debe ser la única y principal vocación de la Iglesia: mostrar a Jesucristo a

todo el mundo. Y ver a Cristo puede desencadenar una historia de salvación como lo hizo Zaqueo, una historia que pasa por dejar entrar a Jesús en nuestras vidas con todas sus consecuencias. Para el jefe de cobradores de impuestos y pecador Zaqueo no fueron consecuencias leves, ni en lo material a lo que tan ligado estaba, ni en lo espiritual que al menos le había llevado a la curiosidad de ver quién era aquel predicador de éxito. Dios tiene bastante con poco, con un poco de interés, con un poco de curiosidad, con un poco de voluntad y atención, para cambiar una vida. Imaginaos, sin embargo, los resultados: ¡la conversión espiritual, el alivio de alguien corrupto cuando es capaz de liberarse! E imaginad también el bien inmediato que causó restableciendo la justicia a todos los que había defraudado.

Damos gracias a Dios por el bien que ha hecho y hace en este sitio, pidámosle que nos haga dignos administradores y que nuestra oración, compartida por tantos aquí y en todas partes gracias a los medios de comunicación sea siempre para crecimiento de la comunión con Él y de la fraternidad entre nosotros.

 

Abadia de MontserratLa Dedicación de la Basílica de Montserrat (3 febrero de 2024)

Domingo IV del tiempo ordinario (28 enero 2024)

Homilía del P. Joan M Mayol, monje de Montserrat (28 de enero de 2024)

Deuteronomio 18:5-20 / 1 Corintios 7:32-35 / Marcos 1:21-28

 

Todos podemos recordar, queridos hermanos y hermanas, el día de la Epifanía cuando el diácono, después de cantar el evangelio, anunciando las fiestas del año litúrgico, nos decía: La gloria del Señor se ha manifestado en Belén y continuará manifestándose entre nosotros… Pues bien, hoy, san Marcos, en este pequeño fragmento de su evangelio nos ha mostrado lo esencial de esta manifestación: El anuncio de la Buena Nueva de Dios que en la encarnación del su Hijo se convierte en salvación, y la redención que supone la liberación del espíritu maligno y la efusión del Espíritu Santo en nuestros corazones. Todo esto concentrado en esta escena que pone de relieve la autoridad de Jesús.

El poder de Jesús para expulsar el espíritu maligno está en su palabra, pero también en la forma en que escuchamos esta palabra, no sólo como la oímos. Oírla es una acción puramente accidental, escucharla pide una conciencia y una voluntad de comprenderla de forma vinculante. Si nos fijamos bien, hace poco, en la proclamación del evangelio, cuando el diácono al terminar la lectura ha cantado: Palabra del Señor, hemos respondido Gloria a Ti, Señor Jesús, es decir: hemos asentido con gozo a su mensaje con el gozo de haber recibido una palabra de vida. Alabanza a ti. Y esta alabanza no puede ser otra que nuestro vivir y actuar en Cristo.

La gente que escuchaba a Jesús estaba admirada de su doctrina, sorprendida ante el poder de Jesús sobre el mal, de su capacidad de pacificar los corazones y de devolverlos a Dios.

Admiración y asombro, dos actos de una misma realidad interior fruto de escuchar desde el fondo del corazón. La admiración del espíritu surge de la ponderación de la obra salvadora de Dios, de la contemplación de un amor que ha llegado, por nosotros, hasta el extremo de dar su vida para que no perdamos la nuestra. La salvación estaba anunciada por los profetas, pero la realidad en la que se ha concretado ha sido del todo inesperada, ha cogido por sorpresa, hasta los más entendidos y, a nosotros, si lo pensamos bien, nos hace sentir como inmersos y abrazados por éste amor. Es desde esta actitud de sorpresa y admiración que debemos escuchar el evangelio, es desde esta experiencia de agradecimiento que hay que obedecer la palabra de Dios en lo concreto de nuestra vida con la seguridad de que nos será liberación a pesar de que nos pueda provocar en alguna ocasión violencia interior como la que sufrió ese hombre de la sinagoga de Cafar-Naüm.

La condición divina de Jesús que se vislumbra en la fuerza de los milagros, en el evangelio de san Marcos queda como escondida en el secreto Mesiánico impuesto por el mismo Jesús: calla y sal de él, le dice Jesús al espíritu maligno que atormentada aquel hombre.

El secreto del Mesías que no será manifiesto hasta su pasión, muerte y resurrección, no es sólo el secreto de su filiación divina es también el secreto de nuestra condición de bautizados, de hijos de Dios en Él. Esto es a la vez sorprendente y admirable, nos es un gozo y una idéntica misión, un proyecto estimulante de vida, que nos pide interiorizar la belleza y la fuerza del evangelio y comunicarlas desde la autoridad de una vida coherente que debe ser humilde en la verdad, cercana en las fragilidades humanas, firme ante el mal y fuerte en el amor a todo el mundo como pedíamos en la oración inicial de esta eucaristía.

Ojalá que, como cantábamos en el salmo responsorial, en este año litúrgico que va avanzando, escucháramos su voz y nos sintiéramos, como en el juego de los «barcos» de cuando éramos pequeños, «tocados y hundidos» por su amor firme e incondicional.

Abadia de MontserratDomingo IV del tiempo ordinario (28 enero 2024)

Domingo III del tiempo ordinario (21 enero 2024)

Homilía del P. Valentí Tenas, monje de Montserrat (21 de enero de 2024)

Jonás 3:1-5.10 / 1 Corintios 7:29-31 / Marcos 1:14-20

 

Estimados hermanos y hermanas: Estamos en los domingos del tiempo ordinario, en los pocos domingos que trascurren entre Navidad y la Cuaresma, que si Dios quiere empezará el miércoles de Ceniza el 14 de febrero.

Hoy, el Evangelio que hemos escuchado según san Marcos, debemos situarlo en su lugar geográfico concreto, en la gran depresión del río Jordán, concretamente en el lago natural de Tiberíades conocido como mar de Galilea; famoso por sus repentinos giros de mala mar y mar lisa, una vez san Juan Bautista había sido encarcelado por Herodes. Ahora en la actualidad, un pequeño monasterio Griego Ortodoxo, con cúpulas rojizas, quiere recordar la playa pedregosa, de tierra negra, la llamada de los primeros discípulos de Jesús de Nazaret.

Al pasar junto al lago, el Maestro, comienza su manifestación, su misión. Jesús bordea su orilla y ve a dos hermanos, Simón-Pedro y Andrés, que estaban echando las redes, Él personalmente les llama: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Más allá vio a otros dos hermanos, Santiago y Joan, que ya tenían una barca en propiedad de su familia, reparando las grandes redes. Ambos jóvenes, dejando deprisa a su padre Zebedeo y los jornaleros de su casa, siguen rápidamente la Voz, la Vocación el (Vocare) del Maestro. Encontrarse con Cristo que se acerca: empieza a cambiar todo tu entorno. Ellos han dado este paso y han experimentado el abrazo de Amor transformador de Dios. Jesús no les prometió nada, no les aseguró una vida tranquila, una casa o dinero, ¡No! Simplemente los Llamó y Ellos, libremente respondieron: ¡Aquí estoy, Dios Mío! ¡Estoy aquí! (¡Conversión, Llamamiento y Seguimiento!).

Todos estamos llamados a seguir a Cristo en los múltiples Lagos y Lagunas de nuestra pequeña vida humana. Pero… ¿en qué laguna, o en qué humedal, de nuestra existencia estamos situados ahora? ¿Dentro del pantano de mi Yo personal, de mi egoísmo interior, que no deja oír el rumor de la brisa suave, de la voz del Señor que nos llama hoy personalmente? Ahora necesitamos dejar la barca o la (Banca o la Caixa) de nuestras comodidades, arrastrada muchas veces por nuestra fuerte marejada sistemática. Necesitamos un golpe de mar fuerte, de olas altas, para despabilarnos en el pequeño barco inestable de nuestra vida y reconocer que Jesús es el puerto, la dársena de salvación para todos nosotros. Vivimos enredados en nuestras propias redes sociales y ahora Cristo nos invita a escucharle en una frecuencia, en un Chat diferente, para sentirlo interiormente. Jesús nos invita a abrir una nueva ventana, una nueva pantalla, de nuestra red social para seguir sus huellas marcadas en la playa donde cada pequeño granito de arena, blanca o negra, es una persona humana única, específica y singular. El Pescador de Hombres nos quiere, repescar con su Anzuelo de Amor infinito, sólo falta nuestra respuesta, hace falta remar firmes, sincronizados para seguirlo; Jesús siempre nos deja una total libertad para acompañarle. Nosotros, simplemente, necesitamos escogerlo y ser buenos discípulos, Apóstoles, seguidores de la buena nueva hoy, aquí y ahora.

Se suele decir que, escoger es renunciar y con mucha frecuencia debemos elegir entre dos cosas buenas; necesitamos sopesar siempre los pros y los contras para así determinarnos y escoger una. Escuchar, escoger y discernir es un trabajo que debemos hacer constante y diariamente en nuestra vida cotidiana. Pero… ¡rectificar siempre es de sabios!

La conversión es siempre una invitación, una llamada a darnos la vuelta hacia Dios. No se trata sólo de convertirse en buenas personas de golpe, ¡no! sino, de volver a ese Yo, que es bueno, dentro de nosotros mismos. Por eso, la conversión nunca es triste, es simplemente, el redescubrimiento de la verdadera alegría interior de todo corazón humano. Convertirse es sencillamente: Dar un vaso de agua o hablar con esa persona mayor del rellano de casa. Estar disponible en todo. Para decir: ¿Buenos días, Buenas noches? Consolar y especialmente escuchar a quienes lloran o sufren. Compasivos, con quienes pasan: “Hambre, dolor o guerra”. Pacificadores, en todo momento de nuestra vida. Limpios de corazón, para decir siempre una palabra adecuada de: “Alegría, de amor y de paz”. Y sobre todo sacarnos de la cara esa visión fría, esa mirada de pocos amigos, de rostro serio y tenso, que pide siempre cierta distancia. Vivir con respeto y caridad para todos, y no sólo para tus amistades.

Jesús, quiere apóstoles, quiere testigos de su Amor. No quiere sabios, ni poderosos ni entendidos. Él quiere simplemente, una respuesta positiva y concreta para realizar una conversión total de tu vida, un revestirse de Él mismo y seguirlo.

El 14 de febrero el Miércoles de Ceniza, el celebrante impondrá la ceniza sobre nuestra cabeza diciendo las mismas palabras del Evangelio de hoy: “Convertiros y creed en la Buena Nueva del Evangelio”. Que así sea. Amén.

Abadia de MontserratDomingo III del tiempo ordinario (21 enero 2024)

Domingo II del tiempo ordinario (14 de enero de 2024)

Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (14 de enero de 2024)

1 Samuel 3:3b-10.19 / 1 Corintios 6:13b-15a.17-20 / Juan 1:35-42

 

Después del Ciclo de Navidad, retomamos hoy los domingos del tiempo ordinario, en el que iremos siguiendo los inicios del ministerio público de Jesús, hasta llegar al tiempo de Cuaresma.

Las lecturas de hoy son una llamada de Dios a cada uno de nosotros. El joven Samuel, acogió esta llamada, respondió y se convirtió en un profeta de Dios. Una llamada -nos dirá san Pablo- a una vida nueva, que nos transforma íntegramente y que es vida de intimidad con Jesús. Como Andrés y Juan, también nosotros estamos llamados a conocer y amar a Jesús, a dar cumplimiento y respuesta a esta llamada que forma parte de nuestro itinerario personal, de nuestro camino de búsqueda de Dios.

“¿Qué buscáis?” Son las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio de Juan, dirigidas a los dos discípulos del Bautista. No es fácil responder a esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura como la nuestra, que parece preocuparse sólo de las necesidades más primarias y llenarlas con medios efímeros, olvidando a menudo las finalidades, sin dar una respuesta satisfactoria a las cuestiones más decisivas de la vida…

¿Qué es lo que buscamos exactamente? Para algunos, la vida es «un gran supermercado» (D. Sölle) y lo único que les interesa es adquirir objetos para “llenar” un poco su existencia. Otros lo que buscan es escapar de la enfermedad, la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Otros ya no pueden más y lo que quieren es que se les deje solos; olvidar a los demás y ser olvidados por todos. No preocuparse por nadie y que nadie se preocupe de ellos.

La mayoría buscamos sencillamente cubrir nuestras necesidades diarias y seguir luchando por ir cumpliendo nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho? ¿se habría apaciguado nuestra sed de consuelo, liberación, felicidad y plenitud? En el fondo, ¿no caminamos buscando algo más que una simple mejora de nuestra situación? ¿algo más de lo que podemos esperar de ningún proyecto político o social?

Se dice que el hombre contemporáneo ha olvidado a Dios. Pero lo cierto es que, cuando un ser humano se interroga con algo de honradez, no le es fácil borrar del corazón «la nostalgia de Dios». Lo honrado que podemos hacer como seres humanos es «buscar». No cerrar ninguna puerta. No rechazar ninguna llamada. Buscar a Dios, hasta el límite de nuestras fuerzas y de nuestra fe, quizás incluso desde la vivencia del absurdo, la angustia o el desánimo.

Dios no juega a “hecho y esconder” ni se esconde de quien lo busca honradamente. Dios ya está en el interior mismo de esta búsqueda y es Él el primero quien se acerca a nosotros. Hay que hacer memoria aquí de la gran intuición agustiniana: el anhelo más profundamente humano acaba encontrando a Dios, que se manifiesta como alguien más íntimo que la propia intimidad.

Encontrar a Jesús cambia la vida de la persona, cambia la vida de Andrés, el hermano de Simón Pedro, porque el deseo de Dios es mucho más preciado que ninguna otra cosa. Cambia la vida de Simón y también puede cambiar la nuestra si nos acercamos a él sinceramente y deseamos compartir su intimidad. Jesús miró a Simón y le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Quefas, que quiere decir Piedra».

Jesús nos mira hoy también, a cada uno de nosotros que le buscamos por los caminos no siempre fáciles de la fe. Lo esencial en la vida cristiana es dejarse mirar por Jesús, ir y ver dónde se aloja, estar con Él y anunciar lo que hemos visto y oído como un don de experiencia personal. Es el camino y el proceso que han seguido los discípulos y los santos y también el nuestro.

Esto, naturalmente nos invita a reflejar cómo nosotros, como discípulos de Cristo, tenemos las puertas abiertas para que todo el mundo pueda “venir y ver” cómo vivimos; dando razón de nuestra fe y de nuestra esperanza; compartiendo y dando a conocer nuestro testimonio de vida; ofreciendo con sencillez nuestra experiencia cristiana a aquellos que no conocen a Cristo o bien tienen un mismo anhelo de paz y de justicia o aquellos que buscan algo más que una vida que no va más allá de un horizonte materialista y consumista.

¿Qué queréis? ¿Qué buscáis? pregunta Jesús a Andrés y al otro discípulo. También a nosotros nos invita a su casa y nos dice “Venid y veréis”. Como los discípulos también podremos reconocer en Él el cumplimiento de nuestros anhelos y esperanzas y como en cada eucaristía somos invitados a compartir su palabra y su alimento de Vida para que la vivamos en abundancia y la demos a conocer a los demás.

Abadia de MontserratDomingo II del tiempo ordinario (14 de enero de 2024)

Fiesta del Bautismo del Señor (7 enero 2024)

Homilía del P. Ignasi M Fossas, monje de Montserrat (7 de enero de 2024)

Isaías 55:1-11 / 1 Juan 5:1-9 / Marcos 1:7-11

Oíd, sedientos todos, acudid por agua. Las lecturas de la fiesta del Bautismo del Señor, con la cual termina el tiempo de Navidad nos presentan –hermanas y hermanos– la buena noticia de la salvación que nos viene de Jesucristo, el Hijo amado, y lo hacen mediante imágenes muy elocuentes y cercanas. A veces ocurre que la Sagrada Escritura usa un lenguaje propio de culturas muy alejadas de la nuestra, y los conceptos que utiliza o las comparaciones que presenta no nos resultan en absoluto familiares. Hoy, sin embargo, la Escritura nos habla con la imagen del agua, tan familiar y tan presente en nuestra vida. Y tan actual en nuestros días por su escasez. Oíd, sedientos todos, acudid por agua.

El agua aparece en primer lugar en la Biblia, en la narración de la creación: Al principio creó Dios el cielo y la tierra…sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas (Gn 1, 1-2). El aliento de Dios, que es signo del Espíritu Santo, se cernía sobre las aguas primordiales, las incubaba como una gallina incuba los huevos y a partir de aquí Dios fue creando todas las cosas con su Palabra, una palabra viva y eficaz. El agua y el Espíritu se encuentran en el origen de la creación y los volvemos a hallar en el origen de nuestra vida cristiana en el bautismo.

Encontramos de nuevo el agua en la narración épica del paso del Mar Rojo por parte de los israelitas. En la pascua del pueblo de Israel Dios dice a Moisés: Di a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto (Ex 14, 15-16). Nos hallamos ante el gran signo de salvación de predilección, de alianza entre Dios y su pueblo. Del mismo modo que Moisés fue salvado de las aguas, también el pueblo de Dios es liberado de la esclavitud de Egipto a través del paso por las aguas abiertas a ambos lados. Cuarenta años después el pueblo de la alianza volverá a pasar en medio de las aguas, pero esta vez serán las del río Jordán y pasará para entrar, victorioso, en la tierra prometida. Cuando los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza…se mojaron los pies en el agua…el agua que venía de arriba se detuvo…y el agua que bajaba al mar del desierto…se cortó del todo. La gente pasó frente a Jericó (Js 3, 14-16). Estos acontecimientos salvíficos quedaron profundamente gravados en la memoria de Israel, de manera que los encontramos reflejados en el canto de los salmos: ¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? (Ps 113, 3.5).

El agua, fuente de vida y de salvación, le sirve al profeta Isaías, como acabamos de oír, para explicar al pueblo dónde de encuentra la verdadera vida: Oíd, sedientos todos, acudid por agua…Escuchadme atentos…venid a mí: escuchadme y viviréis. Es la misma agua que brota del lado derecho del Santuario, del templo de Jerusalén, y purifica, renueva y llena de vida todo el valle del Arabá que hasta entonces era yermo (Ez 47, 1s). El agua que baja del cielo y no vuelve allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, es signo elocuente de la Palabra de Dios que no vuelve infecunda, sin haber cumplido la voluntad de quien la ha enviado.

En Jesucristo se cumplen todas estas profecías que tienen el agua como protagonista. Un padre de la Iglesia de los primeros siglos escribía: “Nunca aparece Cristo sin el agua – Numquam sine aqua Christus” (Tertuliano, de baptismo, IX.4) Él mismo ya se hallaba presenta en la creación porque El es la Palabra del Padre; con su paso de la muerte a la vida lleva a cabo la pascua definitiva, el auténtico paso por el Mar Rojo. Mediante nuestro bautismo, por El y en El, hemos entrado en la tierra prometida, hemos cruzado el río Jordán, signo de nuestros pecados y de la maldad del mundo. De sus costado abierto brotan en la cruz sangre y agua, signos del bautismo y de la eucaristía mediante los cuales somos constituidos hijos en el Hijo, a través de los cuales recibimos el Espíritu Santo y crecemos en nuestra vida cristiana.

Con su bautismo en el río Jordán, Jesús inaugura su manifestación al pueblo de Israel, y a través del mismo a toda la humanidad. Sumergiéndose en el agua de un bautismo de conversión, que El no necesitaba, muestra su solidaridad con todos los que se arrepienten de sus pecados e inaugura el bautismo con el Espíritu Santo y con fuego. Y Dios sella con su palabra y con el signo del Espíritu, la manifestación del Hijo  predilecto: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca nos decía el profeta Isaías. No dejemos que se apague en nuestro corazón el deseo de encontrar al Mesías, a nuestro Salvador, el amigo de los hombres. No dejemos ahogar en nosotros la sed de eternidad y de plenitud, que tan sólo puede ser aliviada y saciarse con el agua de la vida. Dispongámonos a cambiar de vida, a convertirnos a Cristo que ha sido el primero en amarnos, para sí poder renovar en nosotros el bautismo del Espíritu que un día recibimos. De este modo podremos unirnos al gozo de la Iglesia, que se apropia el himno de los redimidos de Israel: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación. Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas. Amén.

Abadia de MontserratFiesta del Bautismo del Señor (7 enero 2024)

Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (6 de enero de 2024)

Isaías 60:1-6 / Efesios 3:2-3a.5-6 / Mateo 2:1-12

 

Un principio contemporáneo bastante aceptado y que en nuestros días vemos casi llevado a extremos exagerados y, me atrevería a decir, perversos, es que cualquier cosa debe comunicarse, publicarse, hacerse saber. Si no es así, casi se le considerará inexistente. Este principio ha invadido vidas privadas, se ha convertido en un negocio para los llamados youtubers e influencers y ha tenido y tiene muchísimos otros efectos. La publicidad está tan sobredimensionada que muchas veces se convierte en autorreferencial y no nos queda claro cuál es el mensaje o qué se quiere realmente comunicar.

La fiesta de la Epifanía, nombre que significa revelación, por tanto, hacer público, me ha hecho pensar en este contexto social. Después de dos semanas celebrando la Navidad, otras tres preparándola, la solemnidad de hoy añade a todo este tiempo la dimensión de la “publicidad”. La intimidad del nacimiento de Jesucristo en Belén fue anunciada a los pastores y por tanto ya desde el primer momento, no permaneció privadísima, sino que finalmente, es la revelación de hoy que la hace universal. Navidad se convierte de alguna manera en un hecho cosmológico: lo anuncia una estrella y un hecho transversal: atrae a los sabios o magos de Oriente, es decir, a la diversidad mundial.

Puesto en el contexto contemporáneo, no podemos dejar de decir que dar a conocer los acontecimientos relacionados con el nacimiento de Cristo era ya una preocupación desde el principio del cristianismo, algo que entraba en el plan de Dios. Nada malo por tanto, en hacer publicidad de algo bueno. Lo que nos separa de algunos anuncios actuales es la importancia y la claridad del contenido que se proclama y el método con el que se hace.

Nos hemos pasado días y días, explicando el significado de la Navidad como Encarnación de la Palabra de Dios en la persona de Jesús de Nazaret para nuestra salvación. Parece como si la liturgia hubiera madurado ese fundamento de la fe y hoy, ya dándolo por sabido, se centrara en su extensión, en su validez absoluta. Esta idea es importante y recoge un universalismo presente en toda la tradición judía pero lo suficientemente original e innovador para ser presentado en el inicio del cristianismo como un secreto que el apóstol Pablo conoce por la gracia y que nos lo transmite a la carta a los Efesios que hemos leído como segunda lectura: “El secreto es éste: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. ( Ef 3,5-6).”

Tenemos un secreto que ya no lo es. Que se ha hecho público. La palabra griega que utiliza el texto para decir secreto es misterion, más que un secreto, es algo que no comprendíamos y que ahora hemos entendido. Aún nos ayuda un poco a su comprensión que el texto latino diga que estamos ante un sacramentum, ante un signo que nos habla, que en el fondo nos revela algo, que es una Epifanía. La verdadera revelación es afirmar que el mensaje del Evangelio es para todos, que tiene un alcance universal.

No estamos delante de la comunicación de algo sin contenido. Hagamos publicidad del Evangelio y de la persona de Jesucristo, como nos decía la carta a los Efesios. Encontraríamos pocos libros y pocas personas en la historia de la humanidad, con una densidad como la del Evangelio y la de Jesucristo. A pesar del reto que tiene la Iglesia de seguir hablando de manera comprensible de la fe, nunca podremos decir que carezca de contenido, o que ningún método nuestro de “publicidad”, iguale la revelación que por sí misma ha hecho Dios de su Hijo. Si tenemos un desafío en dar a conocer a Jesucristo y al Evangelio, tenemos aún más una obligación de comprenderlo personalmente, de ir a su Palabra y a su vida. Nunca nos quedaremos sin mensaje. Estamos en una fuente inagotable, en un misterio que constantemente nos transmite nuevas intuiciones.

Tampoco estamos, como tanta de la publicidad actual, frente a unos métodos que nos manipulan, que intentan influir en nuestra sensibilidad, hacernos poco racionales. Jesucristo se encarna en un bebé y siendo bebé convoca también a los sabios del mundo, sin ningún engaño, sin palabras. Todas las demás palabras que dirá después, en el Evangelio, nunca serán engañosas, promoverán la autonomía de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad y de todas nuestras capacidades humanas que, por su Encarnación, Jesucristo ha elevado a otro nivel.

Jesucristo convoca la sabiduría del mundo en el momento mismo de su nacimiento. El mensaje que recibimos de esta especie de segunda escena del Belén es que en Él tenemos a alguien mayor que nadie. Un niño que todavía no habla es adorado con los presentes que significan su condición única: mirra por el hombre, oro por el rey, incienso por el Dios. En las personas de los sabios o reyes, o reyes magos, se ha querido representar siempre la diversidad. El desarrollo popular del relato del Evangelio de hoy ha acentuado aún más la diversidad de los magos. Sólo se nos decía que venían de Oriente y en cambio siempre representamos uno negro, que no es precisamente la raza de Oriente.

La imaginación, por tanto, no sólo los ha hecho sabios y generosos, sino que también los ha hecho distintos. ¿Qué les une? La llamada de Jesucristo que les espera. ¿No tenemos aquí un mensaje bonito para el mundo de hoy, un mensaje muy propio de la fiesta de la Epifanía? ¿Si el cristianismo pudiera seguir haciendo como Jesús en el Belén, desde una apariencia humilde, convocar la sabiduría diversa del mundo para procurar la mejora de las relaciones humanas? Qué continuidad más maravillosa a la adoración de los Reyes si todo el mundo le ofreciera lo que tiene para el bien de la humanidad. La llamada de la Epifanía a ofrecer los dones al salvador es tan universal que la imagino incluso incluyendo a los no cristianos pero que pueden reconocer en este bebé adorado, alguien que genera una dinámica positiva de apoderamiento de las personas en la riqueza de su diversidad y por el bien de la humanidad.

En la felicitación de Navidad de nuestra comunidad, hemos representado este año a la Epifanía. Jesús niño, sentado en el regazo de María que le pone una mano maternalmente sobre el hombro, bendice los dones que le presentan los reyes.

El efecto de nuestra donación sincera a Cristo es la bendición que recibiremos de Dios. “Hoy ya no os ofrecemos oro, incienso o mirra”, dirá la oración sobre las ofrendas, sino que ofrecemos el pan y el vino, para ser convertidos en el cuerpo y la sangre de Cristo, proclamando así nuestra fe en la ‘Encarnación y la Resurrección de Jesucristo. Por ellas, repetimos como en cada eucaristía, que Dios ha querido salvar a todos los hombres y todas las mujeres del mundo, y por eso, quiere seguir siendo proclamado y adorado por todos los pueblos de la tierra.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Epifanía del Señor (6 enero 2024)

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 enero 2024)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2024)

Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21

 

«Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley».

Esta plenitud del tiempo y el envío de Cristo a la tierra fue el resultado de lo esperado y preparado en la tradición de Israel. Fue la culminación y la confirmación de que el Reino de Dios era posible.

La carta a los Gálatas también dice que por el nacimiento de Jesucristo nosotros obtenemos la condición de hijos. En las lecturas y oraciones de este tiempo, encontramos sin cesar la idea de que Navidad tiene un efecto claro para nosotros. Somos hijos y herederos de Dios y lo somos a imagen de Jesucristo. Esto significa que nuestra vida como la de él tendrá un sentido pleno cuando nos comprometamos con Dios en la construcción de su Reino.

Quisiera fijarme hoy en el salmo sesenta y seis que hemos cantado entre la primera y la segunda lectura. Es un salmo que habla de la presencia del Reino de Dios en la tierra. Muchos siglos antes del nacimiento de Jesucristo, el pueblo esperaba e imaginaba. Esta tradición nos es necesaria para comprender plenamente la Navidad del Señor. Qué nos dice el salmo de hoy sobre esta nueva dimensión donde Dios será finalmente Dios.

Sus versículos van desarrollando distintos aspectos:

“Que Dios tenga piedad y nos bendiga”:

Un reino es una nueva situación. La misericordia de Dios marca el inicio de este Reino. Si no empezamos por reconocer que somos limitados y que necesitamos el perdón de Dios, no daremos ni el primer paso.

El Reino de Dios es un tiempo y un estado de bendición, hoy quizá lo llamaríamos de progreso ampliamente entendido. Aparte de perdonarnos, también necesitamos que Dios nos ayude, y lo haga para todos. El Reino debe ser armónico. Bendecir significa “hacer grande”. Pedimos a Dios que haga grande armónicamente su Reino.

El salmo también tiene la frase repetida a menudo en el AT:

«Ilumine su rostro sobre nosotros»

La liturgia de estos días nos ha hablado a menudo de la luz. En el Credo decimos que Jesucristo es luz resplandor de la luz. La expresión «Ilumine su rostro sobre nosotros» nos habla de nuestra relación personal con Dios.

Es en el fondo una frase navideña. En la versión original hebrea la frase dice que «Dios ilumine su rostro sobre nosotros», O que Dios nos muestre su cara, o incluso que Dios revele su cara, en la versión griega utiliza el verbo «epifanía”, lo mismo que dará nombre a la próxima fiesta de la Epifanía o de Reyes.

¿Qué es Navidad, sino que Dios se ha dado a conocer? Me parece bonito que la liturgia de la Palabra extienda esta manifestación de Dios a los sentidos: Dios ha hablado, Dios ha mostrado o nos hace ver la claridad de su mirada. La oreja y la vista participan de la buena nueva, la inteligencia también.

Este versículo nos abre a la idea de que el Reino de Dios es un reino interior. Todas sus dimensiones como todos los aspectos humanos quedan fortalecidos por la fe.

El Reino tiene una parte íntima, espiritual, mística me atrevería a decir, y espero que nadie se asuste, ya que místico sólo significa la posibilidad de comunicarnos con Dios y esto es un don del Espíritu Santo para todos los bautizados. Dios ilumina su rostro sobre nosotros para que seamos capaces de ver la claridad de su mirada. Es decir, entrar en una profunda, fructífera y salvadora relación personal con Él. Es necesaria una respuesta de nuestra parte a tanta gracia, a poder seguir los caminos de comunión que nos ha vuelto a abrir Jesucristo. Al final uno de los sentidos de nuestra vida, no sólo la de los monjes, es alabar a Dios y poder repetir con el salmo.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Lo han entendido todos los santos, que nunca han olvidado, a pesar de su fecundidad apostólica, que era necesaria la oración y la relación personal y espiritual con Dios.

El salmo todavía dice:

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

La bendición de Dios debe ser armónica porque nuestro Dios es social. Siempre incorpora a los demás a su proyecto. Por eso decimos que el Reino de Dios está con «nosotros». La lectura en los Gálatas habla con la segunda persona del plural. La armonización de los bienes y derechos de la tierra, de la que os hablaba, es el estado que se construye sobre la justicia, la rectitud, el dejarse guiar por Dios: la Paz que Dios desea desde siempre sobre todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Estos días de fin de año, son muy indicados para encomendar a Dios tantas y tantas cosas que nos funcionan, para hacernos conscientes. Para pensar en qué podemos hacer para mejorarlas, para no empeorarlas. Para quejarnos si es necesario.

Y Dios no incorpora sólo «a los demás», sino que incorpora «a todos los demás». Un monje de nuestra comunidad ya difunto que puso un título a cada salmo que resumía su contenido, llamó a este salmo sesenta y seis: “catolicismo”, porque contempla que Dios es para todos.

Conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Dios envió a su Hijo a la tierra para que nosotros obtuviéramos la condición de hijos. Lo envió bajo la Ley, en continuidad con la tradición de su pueblo, en la esperanza de que se cumpliera todo lo que dice este salmo.

Al hacernos hijos, nos introdujo en la esperanza radical que desea el Reino de Dios y no nos ha colocado de forma pasiva, sino como colaboradores activos.

El día de hoy, día de Año Nuevo, es un día de deseos. Me cuesta imaginar un mejor deseo que recuperar la esperanza del Reino de Dios, tal y como nos la desea el salmo sesenta seis. Jesucristo en el mundo haciéndonos hijos de Dios a su imagen debería ser el motor de nuestra conversión definitiva y nuestra energía para construir el Reino.

El coral final de la parte del oratorio de Navidad que Johann Sebastian Bach dedicó al día de Año Nuevo dice,

Jesu richte mein Beginnen,
Jesu bleibte stets bei mir,
Jesu zäumte mir die Sinnen,
Jesu sei nur mein Begier,
Jesu sei mir in Gedanken,
Jesu, lasse mich nicht wanken!

Jesús, guía mi empresa,
Jesús, ¡quédate siempre conmigo!
(Jesús, frenad mis sentidos,)
Jesús, sed mi único deseo,
Jesús, sed en mi pensamiento
Jesús, no me dejes flaquear.

Que, con estos deseos, podamos adentrarnos en este año 2024, pidiendo por intercesión de Santa María, la Paz y el Bienestar, la bendición y la misericordia, con una esperanza que no desfallece porque está fundamentada en la fe y recibe la recompensa de ver los frutos de la caridad que ejercemos para con nuestros hermanos y hermanas, especialmente los más necesitados.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 enero 2024)

Fiesta de la Sagrada Familia (31 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Emili Solano, monjo de Montserrat (31 de diciembre de 2023)

Génesis 15:1-6; 21:1-3 / Hebreos 11:8.11-12.17-19 / Lucas 2:22-40

 

Hermanos. Este domingo, que sigue al día de Navidad, celebramos con alegría la Sagrada Familia de Nazaret. Hace algo más de un siglo que el Papa León XIII instituyó la fiesta de la Sagrada Familia, con el fin de que los creyentes pudiéramos contemplar un modelo evangélico de vida, al tiempo que encomendarnos a su protección.

La Navidad es no es sólo la Fiesta de Dios que se hace hombre. Es también la fiesta de la familia. Porque es en el seno de una familia, la Sagrada Familia, donde es acogido con gozo, nace y crece el Hijo de Dios, hecho hombre. Nos lo decía el evangelio de hoy: El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

El Mesías quiso empezar su labor redentora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar. Por tanto, a nosotros nos ayudará a santificarnos la vida familiar. Nada pasa de extraordinario en los años de Nazaret, donde Jesús pasó la mayor parte de su vida. Tuvo a la Virgen María como madre. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Y san José le hizo de padre. Un padre carpintero, que inició al hijo en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Un hijo que crecía en amor y sabiduría ante los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a los padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

La familia de Nazaret es feliz porque ha puesto a Dios en el centro. Como dice el salmista: “¡Feliz tú, fiel del Señor, que vives siguiendo sus caminos!”. Poner a Dios en el centro de la familia, nunca va en detrimento de sí misma ni de sus componentes. Cuanto más abramos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor podemos amar a nuestros seres cercanos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice a la familia y nosotros podemos adentrarnos en su amor a través de nuestras familias.

San Pablo nos ayuda a reconocer el amor que debe darse en la familia: es un amor recíproco, entregado, respetuoso, e incluye necesariamente el perdón. Este amor es el enlace que mantiene unido a los esposos y a la familia, más allá de todas las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y las penas; ese amor busca siempre el bien del otro; ese amor es el antídoto de todo amor falso, de los egoísmos, del aislamiento, de la soledad; este amor preserva a la familia de la desintegración.

La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, para la vertebración de la sociedad y para el futuro de la humanidad. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la propia sociedad la que enferma.

Si la veneración a los santos, centrada durante los primeros siglos en los mártires, ha servido siempre para ser conscientes de que es posible vivir de cara a Dios, la meditación en torno a la familia de Nazaret sitúa al entorno familiar como el modelo de la santidad vivida con la ayuda de los demás.

¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás? Son preguntas que pueden ser oportunas en nuestra oración de hoy, mientras contemplamos a Jesús, María y José en la fiesta que les dedica la Iglesia.

 

Abadia de MontserratFiesta de la Sagrada Familia (31 de diciembre de 2023)

Misa Exequial del G. Pere Damià Coral (26 de desembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (26 de desembre de 2023)

Hechos de los Apóstoles 6:8-10; 7:54-59 / Mateo 10:17-22

 

Continuamos, queridos hermanos y hermanas, celebrando, hoy, día de San Esteban, la Navidad, aunque nuestra comunidad, sus familiares y amigos ruegan en esta eucaristía por el reposo de nuestro hermano Pere Damià Coral Sendrós, monje, que murió en el corazón de la noche de ayer, mientras nosotros estábamos en la misa del Gallo. Quisiéramos acompañarle y dirigirnos al Señor con las palabras del salmo responsorial: Confío mi aliento en vuestras manos.

Jesús de Nazaret vivió en el mundo entre Navidad y Pascua. Su vida en la tierra nos ha dejado el testimonio de quién era, de qué decía, de lo que nos pedía. Ese tiempo, esta existencia no empezó como la de cualquier ser humano en el momento de su nacimiento. El sentido profundo de la Navidad es que esta vida de Jesús, es la de Cristo, la del Ungido, la del Mesías, la de la Palabra de Dios hecha carne y esto marca profundamente a su persona, su humanidad que está siempre unida a la divinidad que le corresponde como verbo de Dios hecho hombre.

Su muerte tampoco fue un final. Por su resurrección y ascensión al cielo recuperó el lugar junto al Padre, pero llevó allí a esta humanidad con la que había paseado, hablado, llorado y amado.

Sólo desde esa posición el Señor nos pide la donación radical. Toda vida cristiana está llamada a reproducir e imitar a Jesús de Nazaret en la dinámica que se mueve entre la Navidad y la Pascua, pero también aspira a seguirle más allá de la muerte, en la resurrección. Nuestro nacimiento, tanto el natural como el espiritual en la fe, es nuestra inserción en la comunión con Dios, en la Iglesia. Por el bautismo nos incorporamos a Él, y ya en la liturgia del bautismo está presente el anhelo y el deseo definitivo, aquél que espera todo cristiano, que es compartir finalmente la gloria de Cristo, junto a Dios, con María, asunta también al Cielo.

Todo esto nos trae, para decirlo con palabras sencillas, el que Dios entrara en nuestra casa en Navidad, para hacernos entrar en Su casa en Pascua. El hermano Pere Damià fue experimentando esta vida de fe, ya antes de entrar en el monasterio, en su relación con los oblatos del monasterio.

La fe puede vivirse en muy variadas opciones. Cualquier vida puede concretar esa dinámica. Uno de los primeros ejemplos es el santo que el calendario nos propone para hoy, precisamente al día siguiente de la solemnidad de la Navidad: San Esteban, el llamado protomártir de nuestra fe. La conciencia temprana de seguir los pasos de Cristo le dieron la fuerza de la confesión y de la fidelidad. Él nos ayuda a identificar el núcleo de lo que creemos: apertura al Espíritu Santo, comunión con Jesús por encima de cualquier concepto establecido, confianza final en su fuerza frente a todas las dificultades. La radicalidad de las circunstancias que los primeros cristianos se encontraron han hecho que les veneremos como testigos de esta fe que cree que la Palabra de Dios encarnada da sentido a toda la vida, a la misma muerte y que su resurrección fundamenta nuestra esperanza en la resurrección.

Desde el ejemplo de los mártires, como os decía, cualquier vida puede ser vivida como seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta, la vida monástica ha sido considerada martirial, porque da testimonio de la fe, sencillamente intentando vivir con conciencia la dinámica de encarnación y resurrección que empezó Jesucristo. Lo hace sin sangre, día a día, con las armas de la obediencia, la conversión y la paciencia.

Nuestro hermano Pere Damià, recibió el nombre de Pere en su bautismo, había nacido en la Geltrú como a él le gustaba matizar, no en Vilanova y la Geltrú, y vivió unos primeros años plenamente identificado con la vida de su pueblo, su familia, el trabajo en la fábrica Pirelli, incluso en la política, muestra su preocupación por el país y por su gente. A una edad madura, a los 46 años, sintió la llamada de Jesucristo de vivir la fe y el amor a Jesucristo en nuestra comunidad de Montserrat, a la que entró en septiembre de 1987 recibiendo el nombre de Pere Damià. No se resistió, al Espíritu Santo como los hechos de los Apóstoles nos dicen de San Esteban. Acostumbrado al trabajo, enseguida empezó a colaborar en diversas secciones del monasterio, la enfermería y las colecciones en las que combinaba algunas aficiones personales. Su labor, por ejemplo, en la colección de gozos del monasterio le ha llevado a catalogar miles y miles de ejemplares. A menudo detrás de cada uno de ellos, encontraba un santo, una ermita, una persona que le había hecho llegar, un testimonio de cariño hacia Montserrat y el recuerdo de una devoción o de un lugar de Cataluña.

El hermano Pere Damià pertenecía a la generación que valoraba conservar y coleccionar. Hasta su muerte fue el responsable de las colecciones de sellos, monedas y postales e hizo un trabajo paciente, sencillo y humilde clasificando y, dando, por tanto, valor, a todas las monedas extranjeras que los peregrinos dejaban en Montserrat. Durante unos años vivió en el Miracle, en una vida cerca del campo y de la gente de los alrededores, de la que siempre guardó un buen recuerdo. ¡También se ocupó de la cocina y del refectorio del monasterio, uno de los servicios importantes para que haya paz en una comunidad!

La vida monástica y nuestra Regla de San Benito define espiritualmente algunos oficios. Los monjes leemos ordenadamente toda la Regla y cada día del año nos corresponde un fragmento. El día 24 de diciembre, se nos propone leer el capítulo dedicado a los porteros del monasterio que san Benito define pidiendo que sean unos hombres llenos de sensatez y que estén siempre listos para que quienes lleguen encuentren a alguien que les responda. El hermano Pere Damià había estado muchas horas en la portería del monasterio acogiendo y respondiendo a quienes llegaban. Lo hacía con amabilidad y era recordado por eso. San Benito nos enseña que en los huéspedes acogemos al propio Jesucristo y que debemos tratarlos con humanidad.

Pero un día quien llamará definitivamente a la puerta será Cristo mismo y habrá que estar entrenarnos para responderle. Esta noche de Navidad, Jesús llamó a la puerta del G. Pere Damià, algo inesperadamente. Es nuestra confianza en que una vida larga, vivida con fe y humilde en tantos servicios le haya preparado para estar a punto y que le haya respondido enseguida y con la gran confianza de la que nos habla el salmo responsorial de hoy.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia. 

Como vemos en las lecturas de hoy, las dificultades forman parte del camino y tampoco le fueron ahorradas durante estos últimos años a nuestro hermano en forma de diversas enfermedades y problemas de salud que fue soportando sin que le afectaran el sentido del humor, el amor a la comunidad, sintiéndose hermano y en algunos momentos graves encomendándose a su venerado beato Pere Tarrés y a los beatos mártires de Montserrat.

Como en San Esteban, la fe, la llamada y la convicción monástica marcaron una vida que quiso imitar la de Jesucristo siguiendo su evangelio desde su bautismo. Hoy al despedirlo y al enterrarlo, esperamos que también habrá entrado a participar en aquella vida del cielo que el Señor inauguró con su Pascua, porque toda su humanidad, redimida conjuntamente con la de todos por la Encarnación de Jesucristo continúe espiritualmente en la alegría de la inmortalidad, por la misericordia de Dios capaz de salvar y perdonar a todos los que en Él confían y llegar en el día final de la resurrección de los muertos en la plena comunión con todos los santos y redimidos de Dios.

 

 

Abadia de MontserratMisa Exequial del G. Pere Damià Coral (26 de desembre de 2023)

Misa del dia de Navidad (25 diciembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (25 de diciembre de 2023)

Isaías 52:7-10 / Hebreos 1:1-6 / Juan:1-18

 

“Dios antiguamente había hablado a los padres por boca de los profetas; pero ahora, en estos días que son los últimos, nos ha hablado a nosotros en la persona del Hijo, que él ha constituido heredero de todo, por medio del cual ya había creado el mundo. Él, que es resplandor de la gloria de Dios e impronta de su mismo ser. (Hb 1, 1-6)”

Me he permitido repetir las primeras palabras de la segunda lectura, porque son un resumen perfecto de lo que estamos celebrando. Como hemos escuchado en el Evangelio, estamos celebrando que Dios ha hablado. Que existía una Palabra desde el principio y que esa palabra es la huella del mismo ser de Dios. Ahora hemos podido escuchar finalmente esta Palabra. Todo esto que os digo, responde muy bien a una conversación que teníamos con algunos escolanes de segundo, el día de San Nicolás, después de comer. Me preguntabais cuál era mi imagen de Dios. Y yo os dije que la única imagen correcta de Dios es Jesucristo. Os pregunté cuál era vuestra imagen de Dios, y alguien me dijo que un viejo con barba blanca y os respondí lo mismo, que la única imagen de Dios era Jesucristo. Me preguntasteis si Dios podía ser mujer y os dije que, aunque decimos Dios padre, esto es simbólico, porque Dios está más allá de ser hombre o mujer y que la única imagen de Dios es Jesucristo.

Algún arte europeo occidental de los últimos siglos nos ha representado a este Dios Padre, la primera persona de la Trinidad, efectivamente como un anciano con una barba blanca, con forma humana, como está en esta misma iglesia, en el rosetón del coro de arriba, pero esto no acaba de ser tan correcto como representar únicamente a Jesucristo como hombre. Sería mejor si nos quedáramos como en el arte románico, como en los iconos, como en el fragmento de la carta a los hebreos, como en el Evangelio según san Juan, con la idea de que a Dios nadie le ha visto nunca y que es el Hijo, Jesucristo quien lo ha revelado y representáramos esto.

Esta historia humana de Dios que comienza en la Navidad, nos invita a poner belenes en casa, en las iglesias, en algunas instituciones, para recordar y ver el nacimiento de Jesucristo, para entrar un poco más con la mirada, con las manos, en lo que ocurrió hace unos 2023 años. Ésta es una idea muy pedagógica que imaginó y realizó por primera vez san Francisco de Asís hace ochocientos años, cuando hizo el primer pesebre, que fue un pesebre viviente en el pueblo de Greccio: “para poder ver con los ojos” decía el santo. Lo hacía movido por el amor a Jesús y a los hombres y mujeres, por el deseo de hacer participar más y mejor a todo el mundo en la renovación cristiana que esta Palabra de Dios le inspiró como tan pocos otros santos en la historia. El Belén nos acerca el misterio del nacimiento de Jesús. El de este año os da un mensaje a todos los escolanes que representa cantando, mirando al director, cómo debe ser, pero más allá, mirando a Jesús que nace. Quedaos con la importancia de mirar siempre al final, a la persona de Cristo. Podéis hacerlo incluso mientras cantáis, o jugáis. Es importante mirar a Jesús. ¡Más importante que mirar el móvil!

Navidad a través de la persona de Jesucristo nos explica quién es Dios, pero también nos dice que ese Dios ha venido a impregnarnos. A partir de Jesucristo, nuestra humanidad también ha cambiado, quedando en una situación mucho más favorable a hacer el bien, limpia, bien dispuesta. En su vida que, simbólicamente comienza esta noche, Jesús de Nazaret, Cristo, nos demostró hasta qué punto podía ser maravillosa la condición humana, hasta qué punto él podía enseñarnos a qué metas de generosidad, de servicio y de amor podíamos llegar los hombres y mujeres si nos lo proponemos. Dios, que desde siempre nos había llamado a la bondad a través de los profetas y de todos los testimonios que encontramos en el Antiguo Testamento, vino a transformar definitivamente la condición humana cuando en la historia quiso quedar “en humilde pequeñez recluido” como le cantamos en el Santa Nit.

Pero no siempre respondemos al reto de amor que esta presencia de Jesús nos exige, para la que nos capacita e incluso para la que nos deja un libro de instrucciones que es el Evangelio.

Quisiera que se fijarais que, en este pesebre de la basílica, hay una luz, un farolillo. Cada año un grupo de scouts austríacos iban a Belén a encender una luz y le llamaban la luz de la paz. Luego la repartían a los scouts de toda Europa. El pasado domingo, no ayer, aquí en Montserrat, los escoltas catalanes a través del Agrupament de Monistrol quisieron repartir esa luz de la paz de Belén y también se quedó aquí para recordarnos al pie del pesebre que este año, sin embargo, no se ha podido encender en Belén a causa de la guerra. Esto nos hace pensar en todas las víctimas inocentes de Tierra Santa, el lugar en el que nació Jesús, muy especialmente de las de Gaza, con tantos niños muertos y heridos y con una situación humanitaria insostenible.

Y nos hace pensar también en todas las víctimas de las guerras, de las persecuciones y de todos los que se marchan de casa, tantas veces engañados. Por eso hoy, como hemos hecho esta noche, os proponemos participar en la colecta que haremos a favor de la ayuda sanitaria a los migrantes africanos que llegan a Marruecos y que son atendidos por el arzobispado de Rabat. Una diócesis que tiene unos lazos fuertes con Montserrat.

Las situaciones difíciles del mundo nos hacen confiar en esta Palabra que no sólo nos dice y nos habla de quien es Dios, sino con cuyo poder Él mismo sostiene el universo. Esta afirmación debería llevarnos a comprometernos. No podemos pensar que Dios sostiene él solo el universo con el poder de su Palabra. El mensaje de Navidad es que precisamente él cuenta con cada uno de nosotros para que la historia continúe un camino adecuado hacia el bien.

El poder de la Palabra de Dios nos ayuda sobre todo a nosotros y a nuestro compromiso. Cuántas veces nos hemos sentido apoyados por el ejemplo, por la comunión que captamos en Jesucristo en oración, por la presencia insustituible de los sacramentos, especialmente en la eucaristía.

La Navidad es certificar que Dios nos ha hablado definitivamente en Cristo. Con una Palabra que viene a explicarnos quien es Dios y a pedir nuestro compromiso con el mundo, para continuar su labor de sostener, de ayudar a que brille luz en las tinieblas que no le han podido acoger. Él es una palabra que habla más allá de toda lengua, habla al corazón de quien se confía en él.

Christmas is the security that God has spoken to us definitively in Christ. With a Word that comes to explain to us who God is and to ask for our commitment to the world, to continue his work of sustaining, of helping His light shine in the darkness that has not been able to welcomeHim. He is The word that speaks beyond all language, he speaks to the heart of those who trust in him.

En estas Navidades, solidarias con el mundo, confesando ese Dios que conocemos por la Palabra y con quien confiamos por el poder de esta misma palabra, seamos sobre todo agradecidos por todo lo que tenemos y por la situación de Paz que disfrutamos en nuestra casa y que nos permite celebrar estas fiestas en la alegría y la fraternidad de la familia, de los amigos, de nuestra comunidad. Saludo a los enfermos.

 

 

Abadia de MontserratMisa del dia de Navidad (25 diciembre 2023)

Misa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 diciembre 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (24 de diciembre de 2023)

Isaías 9:1-6 / Tito 2:11-14 / Lucas 2:1-14

 

En esta Nochebuena, muchos hombres y mujeres, jóvenes y niños nos reunimos para estar juntos, para orar, para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, en Belén de Judea.

Da que pensar el que recordemos cada año una historia tan conocida. Seguro que es importante para nosotros. Estos momentos que se repiten cada año nos ayudan a entender que nosotros somos pequeños, somos poca cosa, sólo somos algunas generaciones que van pasando y que celebran lo mismo que nuestras abuelas, que nuestros bisabuelos y lo que esperamos que celebren quienes vendrán después de nosotros. Lo importante es lo que resta: la Navidad, que quiere decir: “Dios está con nosotros” como cantábamos en el tercer nocturno de maitines.

En el mundo en el que estamos, cuesta decir «Dios está con nosotros». ¿Por qué? Porque no puede ser que Dios esté sólo con nosotros aquí en la Escolanía, en la Basílica, en quienes estáis en casa. Esta frase debe valer por todos. ¿Cómo estarán diciendo “Dios está con nosotros” los cristianos de Tierra Santa, especialmente los de la franja de Gaza, en medio de las guerras? ¿Cómo lo deben decir en Ucrania? ¿En Sudán? ¿Cómo decir esto en un mundo tan lleno de sufrimiento? Sería bonito que nos lo contaran ellos mismos, porque todos sabemos que incluso en estas situaciones, muchos de los que sufren dicen que Dios está con ellos. Nosotros estamos seguros de que, sobre todo en las situaciones más tristes, Él está ahí.

Nos ayuda a pensar así el que tampoco fuera fácil la primera Navidad. Nada tuvo que ver con ir de compras, iluminar las calles, preparar comida. Todo fue mucho más pobre, mucho más sencillo. Porque en el nacimiento de Jesús de Nazaret ya se insinuaba que allí empezaba una vida que, a pesar de ser la del Hijo de Dios hecho hombre, no escaparía de ninguna de las dificultades del mundo, es más, las iría a buscar con espíritu de cambiarlas, de redimirlas, de salvarlas.

Los artistas lo han entendido bien cuando por ejemplo han pintado al niño Jesús en los iconos amortajado, como a punto de enterrarlo, para expresar claramente su humanidad que algún día debería morir.

También lo entendió el compositor de la letra del oratori del Pessebre, Joan Alavedra, que después musicalizó Pau Casals, de quien este año hemos celebrado el quincuagésimo aniversario de su muerte. En un momento del principio y hablando de las figuras del Belén, antes de explicar la alegría del nacimiento hay un aria de contralto, que bajo el nombre muy inocente de la vieja que fila, ya habla de la pasión, porque aquello que hila la vieja es el trapo con el que el Señor se enjugará la sangre camino del calvario y el mismo sudario donde lo envolverán después de morir. Las reflexiones teológicas y artísticas sobre la Navidad tienen en cuenta ciertamente el sufrimiento tan humano de Jesús. Y esto tiene dos consecuencias.

A los escolanes deben gustarles las historias de héroes o de superhéroes. Las que nosotros leíamos en revistas y que ahora seguramente están en los videojuegos y en todo eso, que algunas generaciones ya no conocemos. Jesucristo, a pesar de ser Mesías, no es un superhéroe, no se nos presenta como un superhombre, es Dios hecho hombre, no Dios hecho superhombre o Superman, o Batman o alguno de esos héroes que admiréis. Quizás en gran parte de su manera de hacer es incluso mucho menos espectacular que todos estos superhéroes: no vuela, no se disfraza, no tiene una doble identidad, ni una fuerza física inhumana. Es mucho más sencillo. Es un hombre que ama. Que ama mucho: solidario de todo el mal y de todo el pecado del mundo. Difícil de imaginar a alguien capaz de arreglar todo lo que está mal, de comprender y perdonar los defectos de todas las personas. Pues él puede solucionarlo y de todo se puede compadecer.

La segunda idea que nos transmite esta humanidad que debe morir, ya representada en el momento de su nacimiento, es la capacidad de acoger por solidaridad todas las situaciones difíciles, todo el dolor del mundo, no para justificarlo, sino para combatirlo. Y especialmente todo aquel dolor que sería fácilmente evitable. En todas estas situaciones la muerte está muy presente. La Navidad y la memoria de Jesucristo debería recordarnos permanentemente que Él fue anunciado por los profetas como el príncipe de la paz y el clamor que acompañó a su nacimiento fue un deseo de paz a los hombres y mujeres de buena voluntad, como hemos leído en la primera lectura y en el Evangelio.

¡Qué mundo el nuestro! Cuántas situaciones como os decía que no tienen paz y en las que resuena esta noche la palabra “paz” como un deseo real. Pienso en los países y los conflictos que os he dicho y pienso sobre todo en lo que nosotros no conocemos porque no sale ni en las noticias, ni en los periódicos ni en las redes. El cardenal-arzobispo de Rabat, un buen amigo nuestro, que estuvo aquí durante la cuaresma del 2022, nos ha pedido que nos acordemos de los inmigrantes que llegan a Marruecos desde el África subsahariana y a los que ellos, que son una iglesia pequeñísima intentan atender. Nos queremos solidarizar con ellos con la colecta que cada año hacemos en Navidad. Os lo proponemos como un signo de comunión con tantas realidades que olvidamos, que no conocemos, que son noticia un día para quedar apartadas por la siguiente, y os invitamos a participar.

Sentimos en esta Navidad la necesidad de tener presente este grito de paz surgido de las guerras del mundo. Debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros, es necesario que no dejemos de escandalizarnos ante cualquier conflicto y no conformarnos con la incapacidad humana de arreglarlos de otra manera que no sea con las armas. La humanidad dedica una inmensa cantidad de medios económicos y políticos que parecen en muchos lugares y casos ineficientes y me hacen pensar si deberemos al final de dar la razón a un conocido hombre del mundo del deporte que al inicio de una de las recientes guerras notaba el fracaso de los medios y de las instituciones políticas. Hasta ahora, tiene bastante razón.

Nuestra gran fuerza, nuestra solución siempre será la que Dios ha puesto en medio de la humanidad en la persona y el Evangelio de su Hijo Jesucristo, cuyo efecto es en primer lugar nuestra conversión personal de nuestro egoísmo al amor. Aquí está el principio de la paz.

El mismo oratorio del Pesebre que he citado antes termina con unos versículos que dicen:

“Gloria a Dios y a toda criatura,
Paz en la tierra
Nunca más ningún pecado,
nunca más ninguna guerra,
Paz a los hombres de buena voluntad
Paz”

El poeta que escribió esto ya veía que, en el camino hacia la paz, el pecado de los hombres, el mal que hacemos cada uno es también importante. Jesucristo es el Cordero que quita el pecado del mundo, porque viene a salvar toda la naturaleza humana. Si en Navidad celebramos el principio de esta salvación, ojalá su efecto sea también el de avanzar decididamente en el camino de la paz, no una paz cualquiera, sino una paz que no tenga fin fundamentada como decía el Profeta Isaías en «el derecho y la justicia», en libertad y con total respeto a los derechos humanos, podemos añadir nosotros.

Que Dios que ha amado al mundo hasta darle a su Hijo único, nos lo conceda.

Abadia de MontserratMisa de la noche de Navidad, Misa del Gallo (24 diciembre 2023)

Domingo IV de Adviento (22 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Lluís Planas, monjo de Montserrat (22 de diciembre de 2023)

2 Samuel 7:1-5.8-11.16 / Romanos 16:25-27 / Lucas 1:26-38

 

Las lecturas que hemos escuchado en la eucaristía, durante todo este tiempo de adviento, nos han ido sazonando para que esta noche estuviéramos preparados para admirar la fuerza de Dios en medio de los hombres. Hemos ido escuchando cómo el profeta Isaías nos exhortaba a abrirnos a la esperanza a pesar de que los hechos que vivimos actualmente son especialmente estremecedores, llenos de violencia; o cómo Juan Bautista nos invitaba a una vida más coherente y comprometida. Esta noche nuestra mirada estará centrada en Jesús, sin el poder de la razón de la fuerza, a ojos estrictamente humanos, muy débil, porque la fuerza de su razón es el amor. Pero esto será esta noche, ahora, en esta eucaristía, somos invitados a contemplar a María.

La narración de la anunciación nos la sabemos de memoria. Quizás ahora no se trata de repetirla para que quede bien fijado en nosotros el acontecimiento que experimentó María, sino de vivir el relato porque somos sus testimonios privilegiados. No se trata de memorizar, sino de acompañar a María, de vivirlo con María.

Cada palabra del evangelio de hoy es importante, pero ahora se nos haría muy largo ir repasándolas una por una, frase a frase. Sólo subrayaré algunas que nos ayuden a contemplar el misterio de Dios en María. El evangelista nos ha hecho saber que el propio saludo de Gabriel hace que ella se turbe porque hay una toma de conciencia potente cuando le dice que Dios está con ella. No es un saludo de lo que podríamos llamar “buena educación” sino que penetra en su interior de manera sobrecogedora, pues Gabriel le dijo a continuación: «No tengas miedo, María». Dios ha tomado la iniciativa y le dice cuál es el proyecto de Dios en ella. La hará madre y le pide que le ponga el nombre de Jesús que significa «él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) como nos hace saber el evangelista Mateo. Todos nosotros sabemos lo que significa. El compromiso es extraordinariamente importante.

Le comunica el itinerario. Todos nosotros lo recordamos: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios». El fruto de su vientre es Santo, es el Hijo de Dios. La tradición bíblica nos recuerda constantemente que es en el Templo donde el que es Santo se hace presente de forma manifiesta. Por ejemplo, es en el templo, que Dios anuncia a Zacarías que tendrá un hijo que debe llamarse Juan. Dios se hace presente en el seno de María y es así que María se convierte en templo de Dios. Esta noche, abiertas las puertas del templo, la luz del Hijo de Dios iluminará a todos los pueblos.

Nosotros que ahora acompañamos a María oímos su respuesta: «Soy la esclava del Señor». La comprensión del significado de esta afirmación pienso que es doble. Por una parte, es la conciencia del propio ser: soy. Es asumir la propia realidad, siempre, toda su vida; no puedo delegarla a nadie. Y, por otra parte, la palabra «esclavo – servidor» es la misión que se me ha encomendado. Para ella será siempre la capacidad de escucha. Por eso podemos decir que María es la primera creyente, porque escucha a Dios, dice sí y hace suya la Palabra. Lo ha dicho así: «que se cumplan en mí tus palabras».

Cada uno de nosotros tenemos la oportunidad única de acompañar a María. Es necesario que nos planteemos si esta oportunidad también nos compromete; porque no se trata de mirárnoslo desde la distancia, como decía al principio, sino desde la proximidad, desde la comunión, de vivir con María su misma experiencia. Porque desde el bautismo nosotros hemos sido llamados, “saludados” como hizo Gabriel a María, y como María también hemos tenido la oportunidad de oír “Dios está contigo”, Dios quiere estar en tu corazón, o como predicaba San Agustín: Dios es más íntimo que tú mismo. Y se hace íntimo por amor. Estos días cuántas veces oiremos: Emmanuel, Dios está con nosotros. Y sólo hace falta que digamos que Jesús, aquel que a los ojos humanos es débil, quiere curarnos y salvar a la humanidad del dominio del poder. Somos cristianos, llevamos el signo de Jesús, implantado en nuestra vida.

Y ¿lo hacemos compartiendo aquí, en ese templo donde Dios se hace presente? Recordemos “donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy” Y desde este templo somos nosotros quienes debemos llevar la luz a nuestro entorno. María es la primera creyente, y con María cada uno de nosotros escuchamos la Palabra para convertirnos en servidores. Quizás debemos atrevernos a decir, que se hagan en mí tus palabras, transfórmame cómo lo hiciste con María.

Y, agradecidos, cantamos con el salmista: Cantaré eternamente las misericordias del Señor

 

Abadia de MontserratDomingo IV de Adviento (22 de diciembre de 2023)

Domingo III de Adviento (17 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Josep M Soler, Abat emèrit de Montserrat (17 de diciembre de 2023)

Isaías 461:1-2.10-11 / 1 Tesalonicenses 5:16-24 / Juan 1:6-8.19-28

 

Juan Bautista es cortante en sus respuestas: No. Yo no soy el Mesías ni ningún otro profeta. Era popular, le habría sido fácil destacar la importancia de su misión y reivindicarse como profeta. Pero no lo hace. Su misión no es la de anunciarse a sí mismo. Es la de ser portador de un mensaje divino y es ese mensaje el que debe anunciar. Así, hermanos y hermanas, lo hizo toda su vida. Fue un testigo fiel hasta el final; y cuando ya sus labios no pudieron hablar, siguió dando testimonio desde la cárcel con su vida insobornable y con su sangre martirial. Juan Bautista es un modelo para todos los que debemos ser testigos de Jesucristo, el Señor. No se trata de hacerse a sí mismo el centro. Sino de dar a conocer el anuncio que viene de Dios.

Ante la triple negación de Juan –no soy el Mesías, no soy Elías, no soy el Profeta esperado–, los enviados por las autoridades de Jerusalén le preguntan: Pues, ¿quién eres? Soy una voz, responde. La voz que grita en el desierto: “allanad el camino del Señor”. Y el evangelista comenta: era un testigo, vino a dar testimonio de la Luz. La luz es la que nos permite ver con los ojos. Y, simbólicamente, experimentar con la inteligencia y con el corazón. En el cuarto evangelio, además, la Luz (con mayúscula) es sinónimo de la Verdad (también con mayúscula) (cf. 1, 9.14). Esta Luz y esta Verdad, es Jesucristo, él ha venido al mundo para iluminar a toda la humanidad (cf. Jn 1, 5). Esta Luz y esta Verdad de las que Juan Bautista da testimonio con la palabra y con la vida, algunos las rechazan y permanecen en las tinieblas, y otros las reciben con fe y les permite ser hijos de Dios y tener una mirada lúcida y esperanzada sobre el mundo.

El anuncio de Juan no era sólo para sus contemporáneos. Es para nosotros que, en el adviento, estamos llamados a preparar el camino del Señor que está cerca. Y debemos hacerlo profundizando nuestra fe, teniendo la humildad en el fondo del corazón, practicando las buenas obras y sacando de nosotros todos los obstáculos que dificultan la acción de Jesucristo. Así podremos acogerlo en la celebración de la Navidad y recibir con agradecimiento el don de participar “de la divinidad de aquél que se ha dignado compartir nuestra condición humana” (oración colecta de la misa del día de Navidad). Si le acogemos con corazón abierto, su Luz brillará en nosotros y penetrará nuestro pensamiento, nuestra afectividad, toda nuestra existencia. Esto nos permitirá una experiencia personal viva y profunda de unión con el Señor que viene.

La proximidad de la Navidad con toda la riqueza de gracia que nos trae, el saber que el Señor está cerca, nos llena de alegría. Por eso, en este tercer domingo de adviento, la liturgia nos repite: “gaudete, alegraos, vivíd siempre contentos en el Señor” (cf. canto de entrada y segunda lectura). Esta invitación a la alegría no es inconsciencia sobre lo que ocurre en el mundo. Tenemos bien presente el conflicto gravemente violento en Israel y en Gaza, la guerra en Ucrania, la crítica situación en Haití, la escalada armamentista en varios lugares del planeta, la falta de agua, el hambre, los terremotos, la explotación de los pobres, la violencia doméstica, el crecimiento de la pobreza, el suicidio de los jóvenes y un largo etc. Cerca de Jesucristo, el cristiano no se inquieta, tiene la certeza de que la esperanza que viene de la Palabra de Dios será satisfecha; cree en aquello de: sostener los brazos que desfallecen, animaos; nuestro Dios vendrá a salvarnos, no dudéis; esperad, si se retrasa, porque vendrá (cf. varias antífonas de adviento). Y hará justicia, liberará de toda opresión, secará las lágrimas de todos los ojos. Ya no habrá ni dolor ni muerte (cf. Ap 21, 4). Éste es el fruto de la Navidad y de la Pascua de Jesucristo. Confiando en ello, el cristiano sabe traducir en oración todas las inquietudes y sufrimientos de la humanidad.

La alegría que estamos invitados a vivir no es la que puede producir un bienestar material, ni un bienestar psicológico, ni siquiera una armonía interior. La alegría a la que nos invita hoy la liturgia es la alegría que viene de Dios y de acoger a Jesucristo y la obra que él hace en nosotros y en la historia de la humanidad. Es la alegría que el Espíritu suscita en el corazón de los creyentes. Es la alegría de ser hijos e hijas de Dios unidos a Jesucristo con la paz que esto conlleva.

En el contexto eclesial y social de nuestros días, debemos ser testigos convencidos, como Juan Bautista, de Jesucristo y de la alegría del Evangelio. No fundamentados en las obras humanas sino en la fuerza de la Palabra de Dios y en la presencia de Jesucristo resucitado en medio de nosotros. Tal y como decía Juan, aquel que es la Luz y la Verdad ya está entre nosotros desde las primeras Navidades de la historia.

En nuestra sociedad, los cristianos deberíamos ser como la levadura en la masa para dinamizarla y hacer crecer las semillas del Reino de Dios que hay en su interior (cf. Mt 13, 33). O bien, dicho con otras palabras, tomadas de san Pablo VI y de san Juan Pablo II (cfr., por ejemplo, de este último: Audiencia General, 9 febrero 1994), “los cristianos debemos ser como el alma del mundo”. Esta frase -ser el alma del mundo- proviene de una obra de principios del s. III, llamada Epístola en Diogneto (cf. 6, 1), que habla de la vida de los cristianos en la sociedad pagana de aquel tiempo. En una sociedad carente de esperanza como la nuestra, con tantos miedos y tantos interrogantes de cara al futuro, los cristianos debemos aportar una visión serena y esperanzada de la realidad tal y como nos la presenta el Evangelio de Jesucristo, debemos ofrecer una respuesta a la gente que busca y tiene sed de sentido, debemos cuestionar la indiferencia de una sociedad que muy a menudo alivia el vacío que experimenta con el consumismo.

La eucaristía que ahora celebramos nos da luz y fuerza para ser levadura en la sociedad, para ser su alma, para testimoniar a Jesucristo que es, que era y que viene.

 

 

Abadia de MontserratDomingo III de Adviento (17 de diciembre de 2023)

Domingo II de Adviento (10 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Josep-Enric Parellada, monje de Montserrat (10 de diciembre de 2023)

Isaías 40:1-5.9-11 / 2 Pedro 3:8-14 / Marcos 1:1-8

 

Estimados hermanos y hermanas,

Cada año, la palabra y el testimonio del profeta de Isaías y de Juan Bautista nos acompañan en nuestro camino del Adviento. Más allá de la distancia que los separa en el tiempo y más allá también de su estilo y de su manera de vivir, el mensaje de ambos es el anuncio de un nuevo tiempo según el corazón de Dios.

En esta homilía centraré mi reflexión en el canto de consuelo del profeta Isaías. Sin embargo, Juan Bautista queda siempre para nosotros como un testimonio apasionado del Reino de Dios, que en el desierto era una voz que clamaba: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”, y lo hacía siempre en tiempo presente, por tanto, ahora también su voz nos invita a abrir y allanar caminos en nuestro corazón y en nuestro tiempo.

Cuando para muchos de nuestros contemporáneos la vida se ha convertido en un peso insoportable y un permanente desierto y exilio, la palabra de Isaías, toma un relieve particular ya que su canto de consuelo es fruto de la experiencia y de las dificultades que el pueblo de Israel vivió después del regreso del exilio de Babilonia. Las cosas no habían ido como imaginaban antes de regresar, ya que una vez en casa se encontraron encarados, no sólo a reconstruir las ciudades y el propio Templo, sino que se vieron obligados, como un pequeño resto, a convivir con otros pueblos que habían asentado en lo que era su patria, su tierra.

Ayer, como hoy, pronto el desaliento y la desilusión se hicieron presentes en medio del pueblo debido a las dificultades y problemas cada vez más crecientes. Isaías ante esta situación, observa, reflexiona, escucha, ruega y se pregunta: ¿cuál es mi misión en ese momento? Él había acompañado y sostenido la fe del pueblo durante el exilio y ahora que estaban de nuevo en casa, el exilio y el desierto interiores eran mucho más pesados que cuando vivían lejos de su casa. El sueño de reencontrar y vivir en paz en su tierra se había derrumbado y hecho añicos, de tal modo que parecía que ya no había ninguna salida ni solución.

Partiendo de la realidad que tiene delante, su pregunta no busca soluciones fáciles y momentáneas, sino que va más allá: el profeta quiere saber, quiere entender, ¿qué significa confiar en Dios en aquellos momentos? ¿Qué supone poner la confianza en Yahvé, el Dios de los padres? “La respuesta”, si se me permite, a su pregunta es doble: la fe y la confianza siguen resonando en el corazón de los hombres, por destrozados que estén. Y todavía, la fe es auténtica fuente de confianza, de esperanza, y de estímulo para la acción.

Sabemos a ciencia cierta que Isaías no era un hombre alocado, que se dejaba llevar por falsos optimismos, ni tampoco un hombre que vivía de espaldas al sufrimiento y a las vicisitudes de sus contemporáneos. ¿De dónde le vienen, pues, esa fe y esa confianza que en lugar de alejarle de la realidad que le toca vivir le compromete cada vez más con los débiles y los pequeños?

Su optimismo, su fe, su compromiso, su propia vida se fundamentan en la fidelidad de Dios, que es siempre deseo y amor en acción a favor de la humanidad. Y esto, hermanos y hermanas fue muy importante para nuestro profeta y lo es también hoy, para nosotros. Nuestro tiempo es grávido de la presencia del Espíritu del Señor que todo lo renueva. Nuestros corazones son grávidos, en este Adviento y siempre, esperando, anhelando el día de la manifestación de Dios.

Por eso, el profeta, lejos de cruzarse de brazos, de lamentarse sin fin o fijarse únicamente en la mala suerte que él mismo le ha tocado vivir, se pone en acción. Mientras la situación invitaba a no hacer nada, a sobrevivir al precio que fuera, él mira a su pueblo, la ama, por eso habla amorosamente en Jerusalén, y se ocupa y se preocupa apasionadamente por su gente y por las circunstancias adversas que les toca vivir.

La confianza en Dios, que ha dado respuesta a las preguntas más profundas de su corazón, ahora le mueven a vivir en el presente el sueño que Dios tiene para la humanidad desde toda la eternidad. Él se pone en acción para que los pobres y débiles de su pueblo no se vean definitivamente encerrados en un destino de miseria, para que quienes tienen el corazón roto por la desilusión y el sufrimiento recobren la confianza. Él busca abrir surcos donde la tierra parece estar definitivamente condenada a ser un desierto.

Como decíamos al inicio de esta reflexión, para muchos de nuestros contemporáneos, y quizás también para nosotros mismos, la vida se ha convertido en un peso insoportable y los tiempos mejores se han convertido en una espera eterna que nunca llegará. “Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”. La voz de Dios, en las palabras del profeta, se convierte en un encargo, lleno de responsabilidad de presente y de futuro para los cristianos y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sea cual sea la edad o situación. También para vosotros escolanos y escolanas de la Schola Cantorum de la Escolanía.

Son muchos, aunque no se noten, quienes, como Isaías, se esfuerzan por consolar, por pedir consuelo para quienes aman o para ellos mismos. “Para consolar necesitamos aprender a callar, a guardar silencio, pero a la vez a aprender a articular gestos de proximidad. El silencio no es indiferencia, es una forma de ser y de estar en el mundo. Consolar es, ante todo, escuchar, ofrecerse al otro para que sepa que estamos allí” (1). Es así como Dios consuela a su pueblo, consuela en este tiempo, nos consuela a cada uno de nosotros para que nosotros consolemos, no en el futuro sino ahora, en este presente sintiendo y haciéndonos cercanos como Dios, es así como celebraremos la Navidad que se acerca y que el Adviento nos ayuda a preparar.

Permítanme que acabe esta reflexión con una oración, escrita por una madre de familia suiza, pastora calvinista (2).

Señor,
tengo una sed tan desesperada
de consuelo!

No hay nadie
que me coja la mano,
no tengo ningún pecho
donde apoyar la cabeza,
ni dos brazos
donde poder apoyarme,
nadie con quien llorar,
nadie que me consuele.

Señor, he aprendido
que nuestro refugio eres tú,
pero sólo lo sabe mi razón.

No me basta para serenar el corazón.

Te lo pido:
hazme sentir que me eres cercano,
como puede serlo una persona amada.

Acógeme, Dios en tu corazón.

(1) Traducción al catalán de un fragmento del artículo de Francesc Torralba, El arte de consolar, publicado en la web del Gobierno de Canarias https://www3.gobiernodecanarias.org/medusa/ecoblog/jregamu/?p=753

 (2)  Sabine Naegli, madre de familia y pastora calvinista en Suiza.

 

 

 

 

Abadia de MontserratDomingo II de Adviento (10 de diciembre de 2023)

Misa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abat de Montserrat (9 de desembre de 2023)

Lamentaciones 3:17-26 / 2 Corintios 4:14-5:1 / Lucas 24:13-35

 

La muerte es, queridos hermanos y hermanas, la última pregunta, sobre la que hemos escrito y reflexionado mucho pero que nunca hemos llegado a explicar. La muerte, que vivimos como el término biológico de nuestra vida, pero que alarga su sombra sobre otras situaciones personales, que experimentamos de forma triste, amenazadora. Es muy normal que el contraste entre una vida que sentimos real y la seguridad de que esto acabará con la muerte algún día, sea el humus, donde nazca la esperanza de la inmortalidad, creando una tensión inmensamente creativa y fecunda.

La primera lectura del libro de las Lamentaciones nos planteaba la alternativa entre dos posibilidades esenciales: nos amargamos y envenenamos con nuestras reflexiones, alimentando todo tipo de tristezas o «hacemos revivir otros sentimientos que nos mantienen la esperanza». Una actitud es la de repliegue sobre uno mismo, la otra es de apertura, no a la euforia, sino a la confianza tranquila en Dios, a «esperar silenciosamente la salvación del Señor». La persona es la misma, la respuesta es totalmente distinta.

Es en ese momento donde la idea central del cristianismo, la posibilidad de la resurrección de entre los muertos a imagen de Jesucristo se convierte en confesión de la propia existencia de Dios. Se convierte en confesión de fe. La esperanza cristiana que pone nuestro futuro absoluto bajo la misericordia de Dios es en sí misma confesante, reconoce su presencia desde la Creación al cumplimiento final, en una línea sostenida por Dios mismo y en la que nuestras vidas concretas, queridas, irrepetibles y únicas son un punto de esta línea, llamadas a unirse a ella cuando después de morir Dios nos hace dignos, hecho en lo que confiamos por su gran misericordia.

Es por esta fe que nos viene de la noche pascual, recordada aquí con el cirio que encendimos y que proclamaba la resurrección de Jesucristo, que nos hemos reunido hoy para orar por su reposo y dar gracias por la vida de nuestro hermano el P. Pius Tragan difunto.

Es por esta fe que podemos cantar: «Que Cristo te acoja en la gloria» o «Que la luz perpetua lo ilumine», como hemos hecho acompañando el cuerpo de nuestro hermano, al entrarlo en esta Basílica de Montserrat por última vez.

Es por esta fe que a todas las preguntas que nos hace la carta a los cristianos de Roma, que hemos leído como segunda lectura: ¿Quién nos acusará? ¿Quién nos condenará? ¿Quién nos alejará? y al miedo profundo de toda una serie de situaciones vitales que nos plantea, salimos apostando por la vida y confesando que tenemos a Dios a nuestro favor y que nada, ni la muerte, es capaz de alejarnos de ese Dios, que Cristo ha demostrado cómo nos ama.

La condición única e irrepetible de cada hijo e hija de Dios hace que el momento de la muerte sea adecuado para contemplar la riqueza de los dones que recibimos del Señor. La fe existe en cada persona creyente concreta y ocupa todo su ser, ninguna dimensión humana ha quedado fuera de la Encarnación del Verbo, de esta “Palabra que se hizo carne para iluminar a todos los que vivían en las tinieblas (Jn 1, )”. Es con toda la persona que vivimos nuestra fe, sobre todo con la inteligencia que somos capaces de elaborarla.

Al despedir al P. Pius no podemos dejar de contemplar cómo la fe también se apodera de la inteligencia y la obliga, la cuestiona, es más, es una dimensión irrenunciable. San Anselmo, el mayor de los teólogos benedictinos, ya lo tenía claro en el siglo undécimo, cuando escribió: “Así como el recto orden exige que creamos con fe profunda antes de pretender cuestionarla, me parecería una negligencia si después de haber sido confirmados en la fe, no tuviera todo el celo para entender lo que creo” (1). ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere. Quizá sea el mayor estímulo intelectual que puede recibir alguien: ese estímulo que le enfrenta al misterio inefable de las grandes cuestiones vitales, que las respuestas cristianas dadas por la Iglesia no se pueden dar nunca por cerradas, sino que son fuente de creatividad, de espíritu, de riqueza interior. Creo que se puede decir justamente que la vida del Padre Pius-Ramon Tragan estuvo marcada por no permitirse “anselmianamente” la negligencia de no entender lo que creyó.

La muerte puso fin a la vida del Padre Pius M. Tragan el jueves por la noche, en la enfermería del monasterio. Acababa así su larga peregrinación en este mundo. Una vida que empezó en Esparreguera en 1928, hace más de 95 años, donde recibió el nombre de bautismo de Ramón que utilizaría muchos años después junto con el nombre monástico de Pius María. La intensidad con la que vivió el P. Pius se explica sobre todo por su amor a la vida, porque era una perfecta encarnación del intelectual comprometido en la búsqueda de la verdad, para él sobre todo búsqueda de la verdad de la fe, de Dios, de la Biblia, de la persona de Jesucristo. En su extenso currículum, visto todo en conjunto, con todas las etapas una tras otra, queda claro que se arriesgó siempre para poder continuar la investigación, el pensamiento y la reflexión, superando bastantes crisis graves de salud, que nunca le habrían hecho pensar que llegaría a la edad que tenía cuando murió y a vivir casi 75 años de profesión monástica.

Montserrat fue su primera escuela, y después, siguiendo primero al P. Abad Aureli M. Escarré, de quien fue secretario en el momento del exilio de Montserrat y al que acompañó a Viboldone, junto a Milán, Múnich, Jerusalén y Estrasburgo fueron las sedes donde contactó con el pensamiento teológico avanzado y la investigación bíblica moderna, especialmente dedicada al Nuevo Testamento, de la que haría su gran pasión. Montserrat, Estrasburgo y Roma, su querida Roma, fueron las cátedras donde compartió generosamente el resultado de toda su actividad intelectual, de forma cordial, que causaba impacto por su sabiduría, por la claridad con la que explicaba y por la profundidad del intelectual que siempre busca el porqué más profundo de aquello que sabe y que aprende.

Era la fe recibida de joven, enriquecida con tantas y tantas lecturas y clases, uno de los potentes estímulos de su inteligencia y de su curiosidad natural. Encarnaba realmente al sabio benedictino que se ha tomado como deber y como tarea la búsqueda de la verdad.

Incluso, podía llegar al sentido del humor, como una vez cuando me dijo: “¡Vi lo que pasó antes, he visto qué está pasando ahora, y ahora lo siento porque no veré cómo se acabará!” Últimamente incluso me manifestaba una curiosidad frente a la muerte. ¿Cómo será? ¿Sabemos algo? -Una pregunta que me parece totalmente honesta, ya que la buena teología nunca pierde la conciencia de la inefabilidad radical de todo lo que explica, – pero yo le decía protestando y en broma: “Soy el profesor de escatología y me paso muchas horas explicando todo lo que ocurre después! No me lo deshaga todo”. Lúcido hasta el mismo día de su muerte, todavía al mediodía, me reconoció como Padre Abad y quiso que le diéramos en comunidad el sacramento de la unción de los enfermos.

La civilización cristiana ha aportado al mundo y a la cultura tantas figuras en las que reconocemos las capacidades intelectuales un camino de virtud, cultivado con disciplina. Si Dios ha querido encarnarse en un ser inteligente como Jesús de Nazaret es porque también la inteligencia puede ser un vehículo del amor. Es más, me atrevería a decir que el estudio puede refinar a la persona haciéndola más capaz de amar, más capaz de compartir. Esto, que no ocurre en todos los intelectuales, podemos decir que se produjo en la vida del P. Pius y por eso estos días hemos recibido infinitas muestras, no sólo de reconocimiento intelectual sino de agradecimiento por el cariño y la amistad con la que trató a tantos familiares, amigos, colegas y discípulos, como Jesucristo, el Buen Pastor, a quien él dedicó la tesis doctoral, hacía con sus amigos. De todo damos gracias a Dios.

Si ninguna vida está exenta de ambigüedades, tampoco puede estarlo una vida tan larga e intensa como la de Pius. Por eso estamos también aquí, para orar por él, para ayudarle en este paso definitivo de este mundo a la casa de Dios, porque en ese momento final cuando Jesucristo le habrá dicho:

Yo soy la resurrección y la vida. Quienes creen en mí, aunque mueran vivirán. Y todos los que viven y creen en mí, jamás morirán. ¿Lo crees esto?

Podamos nosotros acompañarle con nuestra oración a responder con Marta:

Sí. Señor. Yo creo que os sois el Mesías. El Hijo de Dios que había de venir al mundo.

El final de la historia personal permanece siempre en manos de Jesucristo, pero resucitó a Lázaro y resucitó él mismo de entre las muertes, como conmemoramos en cada eucaristía.

(1) Sicut rectus ordo exigit ut profunda fidei prius credamus priusquam ea praesumamus ratione discutere, ita negligentia mihi videtur, si postquam confirmati sumus in fide, non studemus quod credimus intelligere (Cur Deus Homo II)

Abadia de MontserratMisa Exequial del P. Pius M Tragan (9 de desembre de 2023)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (8 de diciembre de 2023)

Génesis 3:9-15.20 / Efesios 1:3-6.11-12 / Lucas 1:26-38

 

 

Y María respondió.

El final del prefacio de hoy, que rezaremos al iniciar la oración eucarística, nos dice que María es para nosotros ejemplo de santidad. La santidad es la comunión posible y eficaz que cada uno de nosotros puede tener con Dios, con el Padre, con Jesucristo, siempre por la fuerza del Espíritu Santo y todas sus consecuencias.

Sí. María respondió. Sería una de las primeras actitudes de su santidad. Respondió porque estaba atenta, porque había escuchado lo que Dios le había dicho. Quizás no lo había entendido porque era bastante complicado y seguro que no había captado todas las implicaciones que ese anuncio tan extraordinario tendría en su vida, ya no digamos en la de toda la historia de la humanidad. Pero, sin embargo, respondió. Nada que ver con aquellos alumnos que en la Escuela cuando les hacen una pregunta y llaman a su nombre, bajan de la luna a la tierra y se dan cuenta de que no han oído ni la pregunta. San María, en la escena tan entrañable de la Anunciación nos da una primera lección: debemos estar atentos. Qué necesaria es la atención en nuestro mundo tan lleno de información, tan lleno de mensajes, donde en cada momento podemos estar conectados y no precisamente con nuestro interior ni con Dios.

Porque, en cambio, Dios habla más en el silencio, o por boca de una sola persona, o en un momento tranquilo. No creo que un grupo de whatsupp sea allí donde mejor le escucharemos. Debemos estar atentos porque si no, podemos no escuchar qué nos dice, ni siquiera oírlo. La Virgen María, a pesar de no tener móvil, fue totalmente capaz de escuchar una llamada y una voz, escucharla y cumplirla.

Como ella, podemos ejercitar nuestra capacidad de atención si hacemos un esfuerzo por escuchar y por responder a aquellas personas que nos preguntan, que nos dicen algo, que quieren hacerse cercanas. No hay mayor desprecio que hacer ver que el otro no existe. A todos nos gusta que nos respondan, pero aprendamos también a ser comedidos. No hace falta responderlo todo siempre ni de inmediato, ni especialmente exigir que los demás lo hagan. Cuántos de nosotros no hemos visto a personas ponerse muy nerviosas porque al cabo de pocos minutos o incluso segundos, alguien no ha respondido un mensaje. También debemos aprender a esperar.

Con la respuesta, Santa María nos da otra lección: la de la responsabilidad. Es responsable porque es capaz de responder, no sólo a una pregunta, sino haciéndose cargo de una situación. En catalán lo decimos: yo respondo de esa persona. La Virgen María aceptó la situación, feliz, por un lado, tan enigmático y sorprendente por otro, de ser madre de Jesús, Cristo, el Mesías el esperado de Israel. Su responsabilidad se concreta en la capacidad de mantenerse fiel en la respuesta dada: «aquí estoy, que se haga en mí según tu palabra» y de hacerlo durante toda la vida, cuando la misma responsabilidad de mantenerse fiel a la respuesta la llevó a nuevos horizontes, inimaginables al principio. Aquí está la verdadera fidelidad, la que no tiene calculadas desde el inicio todas sus consecuencias, sino que queda abierta.

Respuesta y responsabilidad forman parte de la santidad y no son nada que nos quede tan lejos. Con estos rasgos tan humanos, Santa María nos enseña la forma de ser discípulos, se pone al frente de esta humanidad, y muy especialmente de nosotros que queremos testimoniar en el mundo que Dios existe, como creador de toda vida y nos llama a la felicidad superando todos los males de la historia, que vienen de esa ambigüedad antigua, de ese pecado al que los hombres y las mujeres también estamos sometidos desde el mismo principio de nuestro tiempo.

En la segunda lectura, un himno cristiano muy antiguo que forma parte de la Carta a los Efesios, que nuestra liturgia ha incorporado cada semana en la hora de Vísperas del lunes, encontramos una especie de yo colectivo, una primera persona del plural que se dirige a Dios para darle gracias de la elección que ha hecho de la humanidad para llevarla por amor a la santidad, a cumplir la voluntad de Dios, a la irreprensibilidad, a la esperanza con Cristo.

El himno nos habla de un gran proyecto de Dios. Si la primera lectura nos había dejado quizás un mal sabor, porque se ponía en marcha la historia humana en sus aspectos inevitables de ambigüedad, sometida a la presencia de ciertas formas de mal, que siempre están activas; San Pablo, muchos siglos después y cuando la Iglesia naciente ya experimentaba plenamente la resurrección de Jesucristo, vuelve a colocar la historia en manos de Dios y no destaca tanto su ambigüedad humana como la línea recta de la voluntad de Dios sobre todos nosotros.

Parece que está haciendo el retrato perfecto de la llamada a ser cristianos, y por tanto, aunque no la cite, encabezando este «nosotros» encontramos Santa María, que no sólo hace suyo este canto, sino que es la única que puede decir que lo cumple de verdad, la única escogida sin lugar a dudas, la única irreprensible, la única toda santa por su a comunión con Dios Padre, con el Hijo que de ella se encarnó y con el Espíritu Santo que la habitó. Esto es lo que celebramos hoy, la santidad absoluta de María desde el momento de su Concepción.

Ella es la irreprensible, no por carácter, sino por naturaleza. La solemnidad de hoy, al proclamar su Inmaculada Concepción, recuerda que Cristo la separa de la ambigüedad que se produce en todos los demás seres humanos. La iguala así a Él mismo. Esto es lo que celebramos: su irreprensibilidad ante todo mal y todo pecado.

Pensad los escolanes qué significa ser irreprensible por naturaleza. Significa ser incapaces de hacer nada mal hecho, que nunca te puedan regañar, ni castigar, y no porque no te pillen sino porque no haces nada mal. Esto es casi imposible pero la responsabilidad personal en las cosas de cada día, en aquellas respuestas que debéis dar, os ayudarán a acercaros a esta irreprensibilidad. Vosotros que tenéis tan presente a Santa María en vuestro canto, en cada Salve, en el Virolai, pensad que ella es ejemplo de responsabilidad, de hacer lo que toca, de no decir ahora sí y ahora no, sino de mantenerse siempre fiel a una palabra dada. Esto puede ser muy importante en vuestras vidas y en las de todos nosotros.

¿Dónde estamos amados hermanos y hermanas ante este plan ideal de Dios? ¿Hemos respondido a la voluntad de Dios de bendecirnos? ¿Y cómo hemos respondido? ¿Cómo hemos podido, pero no hemos evitado hasta hoy las guerras, el hambre, la miseria, la injusticia? Tantas y tantas situaciones que nos duelen y que nos sorprenden especialmente porque parecen congeladas, resistentes a dejar entrar una brizna de sentido común, de razonabilidad, de responsabilidad.

El mundo no es santo ni irreprensible, como mucho está en camino y en esto debemos ser responsables: al mantenernos en el camino de la voluntad de Dios, ésta que el himno dice que es su designio sobre todos nosotros, ésta que María aceptó diciendo: “Que se cumpla en mí según vuestras palabras”; esa voluntad que cada día pedimos que “se haga” cuando rezamos el Padrenuestro.

Seamos responsables como María, con la voluntad de Dios.

Abadia de MontserratSolemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre de 2023)

Domingo I de Adviento (3 de diciembre de 2023)

Homilía del P. Bernat Juliol, prior de Montserrat (3 de diciembre de 2023)

Isaías 63:16-19; 64:2-7 / 1 Corintios 1:3-9 / Marcos 13:33-37

 

Estimados escolanes:

Algunos de vosotros, este curso, habéis tenido la mala suerte de tener que soportarme como profesor de religión. Digo esto porque seguramente habéis reconocido que las lecturas de la misa de hoy son las que hemos estado trabajando en clase durante la última semana. Vuestras dudas, preguntas y comentarios me han servido para poder hacer la homilía de este domingo. Pero como no os había dicho nada de mis intenciones, supongo que mañana recibiré duro.

Daos cuenta, sin embargo, de la importancia de la asignatura de religión: lo que hablamos en clase ahora lo podrán escuchar los cientos de personas que están hoy aquí y los miles que nos siguen por la radio y la televisión. La clase de religión es importante porque nos enseña que para ser felices y encontrar sentido en la vida debemos mirar hacia Dios. Y a la vez, también nos enseña a comprender tantas cosas de nuestro mundo occidental: a reconocer los estilos de las iglesias, a ir a un museo y entender tantos cuadros que contienen escenas bíblicas, o mirar, por ejemplo, la bandera de la Unión Europea y ver la corona de doce estrellas de la Virgen de la que se nos habla en el libro del Apocalipsis.

Y a todos vosotros, hermanos y hermanas, os invito a empezar este nuevo Adviento con una nueva mirada, la mirada de los preferidos del evangelio. Como dice san Mateo: «En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos será el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18, 3). O como dice la Regla de San Benito: «Y que en ninguna parte la edad no cree distinciones ni preferencias en el orden, porque Samuel y Daniel, aun siendo jóvenes, juzgaran a los ancianos» (RB LXIII, 5-6). Que el don profético de los jóvenes nos enseñe a salir de nuestra zona de confort y aprender a contemplar a Dios y al mundo con una mirada renovada.

Aunque no dije a los escolanes que estos textos correspondían al Adviento, los dos conceptos fundamentales que surgieron se corresponden perfectamente con lo que nos pide este tiempo litúrgico: aprender a escuchar la Palabra de Dios y aprender a velar la venida de Cristo.

En primer lugar, aprender a escuchar. El ejemplo que utilizamos son las lecturas durante la misa: ¿las escuchamos verdaderamente? Muy inteligentemente, los escolanes distinguieron entre «oír» y «escuchar». Oír se refiere a cuando mostramos una apariencia externa de que nos interesa lo que dicen o leen, pero, en cambio, nuestra cabeza está en un lugar muy lejano. Escuchar, en cambio, se refiere a cuando verdaderamente pongo interés en lo que oigo y hago mías las palabras que me dicen. ¿Cuántas veces en misa nos encontramos con que hemos oído las lecturas, pero no las hemos escuchado? Pero nos ocurre a todos lo mismo en nuestra vida ordinaria: ¿Cuántas veces oímos, pero no escuchamos? Y también nos ocurre con Dios: ¿Cuántas veces querríamos saber qué nos está diciendo, pero en realidad no lo estamos escuchando?

Otro ejemplo de aprender a escuchar son las homilías. Aquí, según los escolanes, la cosa ya se complica más. Si no están bien hechas corremos el peligro de activar lo que ellos llaman el “modo off”, es decir, la desconexión total. Para los escolanes, las homilías deberían ser siempre y necesariamente: ¡cortas! Un antiguo escolán que acabó hace un par de años un día me dijo: «No sé por qué los curas habláis tanto en las homilías, sólo habría que decir una cosa: Jesús es el hijo de Dios y nos ama». Después de tantos años de estudiar teología, me dejó bien desarmado. Parafraseando un poema de John Keats podríamos decir: «Jesús es el hijo de Dios y nos ama, esto es lo único que podemos saber de Dios, esto es lo único que necesitamos saber». No sé si las homilías son largas o cortas, pero cuando hablan de Jesús, que es el hijo de Dios y nos ama, se hacen escuchar.

Que el Adviento nos ayude a aprender a escuchar: tan sencillo, tan difícil. El segundo punto en torno al que hoy podemos hablar es aprender a velar a la espera de la venida de Cristo. El evangelio según san Mateo que nos ha sido proclamado hoy nos repite esta idea hasta cuatro veces: «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!». Aquí me sorprendió la respuesta de los escolanes: dijeron que velar era estar atentos, sí, pero que también servía para disfrutar de la vida. Para ellos, velar, implica mirar hacia el futuro y no desperdiciar ninguna de las oportunidades que nos da la vida.

Se me ocurrió algo que me dijeron hace unos años, cuando vino aquí a Montserrat un coro francés e hizo un intercambio con la Escolanía. Recuerdo que el director de este corazón me comentó: «el canto de la Escolanía tiene siempre un punto de nostalgia». Este comentario me ha hecho pensar muchas veces. Seguramente se trata de algo que la Escolanía tiene como corazón de un monasterio benedictino. Los monjes, y todos los cristianos, deberíamos vivir con un punto de nostalgia. No es una nostalgia del pasado (la de «cualquier tiempo pasado fue mejor»), sino, curiosamente, una nostalgia del futuro. Tampoco es una nostalgia triste. Es la nostalgia que viene de la esperanza, de quien sabe que lo mejor de la vida está aún por venir. Es la nostalgia de los jóvenes, de aquellos que tienen toda su vida por delante. Es la nostalgia que nos hace cantar: Veni Domine, Venid Señor, como oiremos en el canto del ofertorio. Ésta debería ser una característica del cristiano: la nostalgia del futuro: del que sabe que lo mejor está aún por venir: del que sabe que vamos al encuentro de Dios.

Bien, voy terminando, porque si no mis alumnos me criticarán y, esta vez, con razón. Otra cosa que intento enseñarles es que la Iglesia es sabia. Por ejemplo, los domingos, en el orden de la misa, coloca al Credo después de la homilía. Esto no es gratuito. Lo hace para que nadie pierda la fe a causa de las palabras del cura. Espero que no sea el caso de hoy, sino que el inicio del Adviento nos ayude a escuchar y velar a este Jesús que es el hijo de Dios y nos ama.

Disculpad las excesivas pinceladas de humor monástico que ha habido en esta homilía. Pero el Adviento nos dice que el Señor viene a nuestro encuentro. Y nosotros sabemos quién es ese Dios: es el niño pequeño, fajado y puesto en un pesebre. Y en su rostro, estemos seguros, tiene dibujada una sonrisa.

 

 

Abadia de MontserratDomingo I de Adviento (3 de diciembre de 2023)

Solemnidad de Cristo Rey (26 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Anton Gordillo, monje de Montserrat (26 de noviembre de 2023)

Ezequiel 34:11-12.15-17 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 23:14-301-12

 

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Estimados hermanos y hermanas:

Hoy, justo cuando termina el año litúrgico, recapitulamos todo el año celebrando la fiesta de Cristo Rey. Hoy es un día para darnos cuenta de que Jesucristo, nuestro Señor, es el máximo gobernante de todas las cosas, de todo el mundo, de todo el universo. Dios no es el propietario de unas acciones en una empresa y que sólo espera los beneficios a finales de año. No, Dios gobierna y cuida todo lo creado. Porque, hermanos y hermanas, nos ha creado para que al final seamos felices en Dios, y no nos ha abandonado en un mundo inhóspito, aunque a veces lo parezca con tantas guerras y sufrimientos.

Tanto en la primera lectura, en el salmo responsorial y en la proclamación del Evangelio se nos muestra a Dios bajo la figura de pastor: un pastor que cuida de sus ovejas y las conoce por su nombre. Un pastor que busca la oveja que se ha perdido, la que está alejada, que cura a la que se ha hecho daño o puesto enferma. Un pastor que cuida de las fuertes y de las débiles, de toda raza y condición. Sí, hermanos y hermanas, también de las fuertes porque no son perfectas y todos tenemos nuestras debilidades. Las lecturas de hoy nos hablan de que no estamos abandonados en un mundo de caos o sin sentido, en un mundo que parece que sólo prospera el más fuerte o el más violento. No, tenemos un Dios/pastor que cuida de nosotros, que nos conoce, que está a nuestro lado, que cura nuestras heridas y nos ayuda en nuestras debilidades y carencias.

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Jesucristo es Rey y Señor de todo, es el Juez supremo: en definitiva, es Dios y es digno de alabanza y de respeto. Y todo está sometido a Él, incluso la muerte. Tanto es así que la muerte no es el fin de todo, sino que Dios nos llama a una nueva vida con Él después de la muerte. Nos llama a la resurrección y a la vida eterna.

Y los textos nos hablan también de que al final hará justicia y separará a los buenos de los malos, a las ovejas de las cabras. Y el criterio que utilizará para juzgar si uno es oveja o cabra está en nuestra mirada hacia la necesidad. No bastan sólo las buenas palabras o las buenas intenciones. Hermanos y hermanas: No es indiferente que nosotros hagamos el bien o dejemos de hacerlo. Por eso, no podemos ser indiferentes a lo que ocurre a nuestro alrededor, encerrados en nosotros mismos, aislados e individualistas. Lo hemos oído proclamar en el evangelio de hoy (cf. Mateo 25:31-46): venid benditos de mi Padre, cuando yo tenía necesidad me disteis de comer, de beber, me acogisteis, vestisteis, visitaseis y vinisteis a verme en prisión. Se nos juzgará, por si nuestra mirada es capaz de consolar, de aligerar, de acoger (al igual que hace el pastor con las ovejas, si somos capaces de seguir el ejemplo de Jesucristo). Se nos juzgará por si somos capaces de amar a los demás, si somos capaces de intentar aliviar el sufrimiento de quienes nos rodean, de si somos capaces de intentar dejar el mundo un poco mejor de lo que lo hemos encontrado. Es necesario que pongamos nuestro grano de arena para cambiar el mundo en un mundo mejor. Se nos juzgará por si somos capaces de salir de nosotros mismos, si somos capaces de dejar de ser como hikikomori espirituales que rechazamos interactuar con otras personas, a quienes el miedo, la incertidumbre o la pereza que les impide salir de su parcela de confort.

Pero insisto, no estamos solos en esa empresa. Dios está a nuestro lado, es el buen pastor que cuida de nosotros, si no lo rechazamos, si no somos indiferentes a su amor. Jesucristo nos muestra el camino para ser felices, que no es otro que el de amar y servir a quienes tenemos al lado, especialmente a los más pobres y necesitados. Jesucristo intenta enseñarnos el camino del amor para que nosotros podamos amar a los demás, a los necesitados, a los pequeños de este mundo. Y así podremos vencer definitivamente a la muerte y ganar la vida en Dios. Porque hoy también celebramos que Jesucristo es nuestro Salvador: sufrió y murió por justicia, porque había que reparar de algún modo el mal que nosotros hemos hecho, hacemos y haremos; pero a la vez Jesucristo, resucitando, nos coge de la mano, nos mira a los ojos y nos dice: venid conmigo y ayudadme a cambiar el mundo, ayudando y acogiendo a los necesitados, a los pequeños y despreciados del mundo tal y como yo voy hacer.

Hermanos y hermanas: No es casualidad que sea Cristo crucificado quien preside nuestra asamblea, en esta magnífica talla colgada sobre el altar. Cristo, el mismo que está colgado en la cruz, Cristo sufrió, murió y resucitó por nosotros, por amor a nosotros, para enseñarnos el camino de salvación, de la vida eterna, que no es otro que el de amar: amar a Dios que es digno de alabanza y de agradecimiento, amar al prójimo, a todos aquellos que nos rodean como a nosotros mismos. El criterio del juez será si hemos sido capaces de amar con obras, no sólo de palabra; eso sí, cada uno según sus posibilidades y capacidades.

Gloria y alabanza a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador

Cristo es el máximo gobernante. Pero lo hace de forma diferente, a través del camino del amor, a través del camino del servicio al prójimo. Y a menudo lo hace mediante el esfuerzo de tantas personas que trabajan por el bien de los demás, especialmente de aquellos más pobres, marginados y pequeños.

Ojalá que nuestra vida pueda concretarse en obras de servicio a los más necesitados. Y así, podremos cantar con el salmista: “el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar (…) Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida,”. (Salmo 22:1-2a.5)

Que así sea.

 

Abadia de MontserratSolemnidad de Cristo Rey (26 de noviembre de 2023)

Domingo XXXIII del tiempo ordinario (19 de noviembre de 2023)

Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monjo de Montserrat (19 de noviembre de 2023)

Proverbios 31:10-13.19-20.30-31 / 1 Tesalonicenses 5:1-6 / Mateo 23:14-301-12

 

Estimados hermanos y hermanas,

Nos encontramos a finales del año litúrgico y las lecturas nos invitan a hacer balance. En los evangelios de estos días encontramos las parábolas llamadas del juicio, todas ellas sacadas del capítulo 25 de Mateo: la parábola de las diez vírgenes que escuchamos la semana pasada, la parábola de los talentos que nos ha sido proclamado hoy y el gran retablo del juicio final que oiremos la próxima semana.

Estos son tres textos en los que Jesús nos quiere transmitir la seriedad de esta vida: nuestras elecciones de hoy comprometen nuestra eternidad. La parábola de las diez vírgenes nos dice que necesitamos una actitud de atención, de espera vigilante, como única manera sabia de vivir la fe. El gran retablo del juicio final nos muestra que lo que compromete a nuestra eternidad es la atención que damos a los más pequeños, a los más pobres, a los más heridos. Entre estos dos textos, está la parábola de talentos que nos sugiere qué actitudes deben guiar a nuestro corazón para tomar decisiones.

La parábola es bien conocida. Es de esas que quienes fuimos de pequeños a catequesis nunca hemos olvidado. Un amo sale de viaje y deja a sus sirvientes varios talentos para que los administren. A su regreso les pide cuentas, pero no todos han actuado con la misma diligencia. Los dos primeros los han invertido y han sacado beneficios. El tercero, miedoso, ha enterrado su talento y ahora se enfrenta a los reproches del amo.

La diferencia entre los dos tipos de administradores, no se mide tanto en si han obtenido beneficios o no, lo importante no es la cantidad de los dones o las ganancias, si no la actitud de confianza o de miedo ante la responsabilidad que les ha sido dada. El buen administrador se arriesga a realizar un mal negocio o no tener el beneficio previsto, pero trabaja con la confianza que su amo tiene en él. Quien esconde el talento retrata a la persona prisionera de una falsa imagen de Dios como juez riguroso que da miedo y no inspira confianza. Por eso se queda paralizado sin hacer nada positivo y perdiendo la oportunidad de usar en bien de los demás los talentos recibidos. Pero lo más grave, no es que no haya sabido sacar fruto del talento confiado, sino que cree que ha actuado correctamente. Este sirviente no sólo ha fracasado en su misión, sino en toda su vida.

Termina la parábola con el castigo al mal administrador. Éste es condenado sin haber hecho nada malo; simplemente por no haber hecho nada, por limitarse a conservar lo que le ha sido confiado. Jesús dedica unas palabras muy fuertes y cortantes a ese administrador que sólo sabe conservar. Son unas palabras difíciles de aceptar: “a todo aquel que tiene, le darán aún más, y tendrá a rebosar; pero al que no tiene, le tomarán hasta lo que le queda.” Parece exagerado, incluso injusto… pero atención, nos encontramos en una parábola, aquí no se trata de dinero ni de bienes materiales. Se trata de amor. ¿No es cierto que a menudo, cuando ayudamos a alguien, cuando hacemos un regalo, somos más felices, estamos más satisfechos, que cuando lo recibimos? El amor tiene esta paradoja, cuanto más damos, más tenemos. De esto trata el evangelio de hoy.

Jesús nos habla de ricos y pobres en amor y no de dinero. Nos habla de amar a Dios con obras y de verdad y no sólo de palabra. Nos habla del seguimiento de Jesús y de tomar cada día su cruz y no sólo saber teología. Es decir, de nada nos servirá conocer bien el evangelio si éste no nos transforma y lo sabemos hacer vida en nuestro quehacer cotidiano.

Hacer que nuestros talentos den fruto es afrontar el riesgo del amor, es amar a nuestros enemigos, es perdonar a aquellos que nos ofenden constantemente, es invitar a la mesa a aquellos que nunca nos lo podrán devolver.

Abrir las manos a los pobres, alargarla a los necesitados, como dice en el libro de los Proverbios, es invertir en eternidad o, como decía Santa Teresa de Lisieux, es “tocar el banco del Amor”. Porque llegará un día, y todos lo sabemos, que seremos juzgados, sí, pero seremos juzgados en el amor; de todo lo que hemos hecho, y también de lo que hemos dejado de hacer.

Hermanos y hermanas, Jesús nos invita a cambiar de mentalidad: del temor paralizante y la obediencia mezquina, a la perspectiva del amor liberador y la confianza creativa. La verdadera naturaleza de la relación entre Dios y la persona es el amor. El discípulo de Jesús, los cristianos, debemos actuar siempre en la lógica del amor y traducir el mensaje evangélico en actos concretos, generosos y atrevidos.

La parábola de hoy es una llamada de atención a no encerrarse en uno mismo, sino a ir hacia el otro; a no refugiarse en una fe estática, sino a trabajarla y hacerla crecer. Cada uno recibe los dones que recibe. Dios es libre y asombroso en sus decisiones. Pero lo que cuenta es la actitud de nuestra respuesta. El Reino de Dios es iniciativa de Dios, sí, pero es también fruto de nuestra colaboración.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXIII del tiempo ordinario (19 de noviembre de 2023)

Domingo XXXII del tiempo ordinario (12 de noviembre de 2023)

Homilía de Mns. Sergi Gordo, Obispo de Tortosa (12 de noviembre de 2023)

Sabiduría 6:12-16 / 1 Tesalonicenses 4:13-18 / Mateo 25:1-23

 

Querido P. Abat Manel; querida comunidad de monjes benedictinos; escolanes que embellecen el culto con sus melodías que hacen que nuestra oración brote espontánea al Señor; sacerdotes y fieles de las parroquias del arciprestazgo de la Terra Alta de la diócesis de Tortosa que este fin de semana estamos aquí en romería; peregrinos y fieles que llenamos este templo, también quienes siguen esta celebración a través de los medios de comunicación social; hermanas y hermanos todos en el Señor:

Hoy y los próximos dos domingos, últimos del año litúrgico, proclamamos el capítulo 25 del evangelio según San Mateo, en el que Jesús, con diversas parábolas y comparaciones nos habla de su segunda venida: como un ladrón, como el dueño de la casa o un rey que se ha ido lejos y regresa… La comparación que utiliza hoy es hermosa: debemos esperarlo como el esposo que llega a la fiesta de su boda. Es, por tanto, una espera gozosa, porque anhelamos celebrar para siempre la fiesta de su amor sin límites, su amor hasta el extremo.

Hemos escuchado que diez chicas «salieron con antorchas a recibir al esposo». Nuestra vida es una llamada constante a “salir”: salir del seno materno, salir de la casa donde nacimos, salir de la infancia a la juventud y de la juventud a la edad adulta, y así hasta que saldremos definitivamente de este mundo. Lo pienso y lo medito hoy, emocionado, a los pies de la Moreneta, celebrando por primera vez como obispo de Tortosa la eucaristía en este santuario, porque también en mi caso experimento que mi misión episcopal es un llamamiento a salir de lo que ha sido hasta hace poco mi diócesis de origen hacia este nuevo servicio pastoral a la querida diócesis tortosina, saliendo de un servicio apostólico a otro, «sirviendo al Señor con alegría» (salmo 99,2), siempre en ruta, como en una romería constante, siempre peregrinos, “caminando juntos”, paso a paso, hasta lo que será el paso final, cuando vivamos el paso de este mundo hacia la casa del Padre.

El Evangelio nos recuerda que el sentido de este constante salir que es la vida es ir hacia el encuentro del esposo: “El esposo está aquí. Salid a recibirlo.” El encuentro con Jesucristo da sentido y orientación a nuestras vidas. Él es lo mejor que nos ha pasado en nuestras vidas.

Así pues, si nuestra vida consiste en ser peregrinos que caminamos juntos, viviendo la fe comunitariamente, en Iglesia “en salida”, hacia el encuentro con el esposo, entonces nuestra vida, personal y eclesial, es el tiempo que recibimos para crecer en el amor, invitados todos a atisbar cada día la presencia del Señor, su paso por nuestras vidas, el esposo que llega.

Y para crecer en ese amor al Señor que llega, para mantener viva la fe, para vivir la esperanza de entrar con el esposo en la fiesta, para que no nos encontremos con la puerta cerrada, debemos estar a punto con una buena reserva de aceite.

El aceite de una antorcha existe para su consumo. Sólo ilumina quemándose. Así deberían ser nuestras vidas: difundir esperanza y luz gastándonos en el servicio. El secreto de la vida de tantos santos y santas ha sido que han vivido para servir, como Jesús, amando hasta el extremo. Sin embargo, no es fácil servir, no es fácil desvivirnos y amar generosamente, puesto que todo servicio implica oblación de uno mismo, implica entrega, implica hacer el éxodo del propio ego autosuficiente y orgulloso, implica una conversión constante.

Por otra parte, según el evangelio proclamado hoy, las cinco chicas imprudentes «no se llevaron aceite para las antorchas». En cambio, cada una de las cinco chicas prudentes «se proveyó de una botella». Esto nos sugiere que el aceite debe prepararse con tiempo. La imprudencia de aquellas chicas que quedan fuera de las nupcias radica en la falta de previsión, en la falta de preparación. El amor es ciertamente espontáneo, pero también necesita ser alimentado. Que nunca tengamos la tentación de conformarnos con una vida sin amor, que es como una antorcha apagada. Si no invertimos en amor, la llama de la vida se apaga. Correspondamos con gozo al amor del Señor, diciéndole sí, cada día, en cada momento, cada paso, y salgamos a recibirlo encontrándolo en los hermanos y hermanas donde Él está realmente presente, especialmente en los pobres y desvalidos. Ciertamente, la parábola de hoy apunta a la venida definitiva del Señor al final de la historia o al final de nuestra historia en este mundo. Pero en muchos otros momentos de nuestras vidas podemos sentir la presencia del Esposo y también debemos estar listos para recibirlo. Que lo sepamos recibir en los reclamos de los hermanos necesitados de ayuda, de acogida, de escucha, de cariño. Como nos dirá Jesús dentro de dos domingos: “Todo lo que hacíais a estos hermanos, me lo hacíais a mí.”

Estimados hermanos y hermanas, el pasado sábado 28 de octubre, muchos de los que hoy estamos aquí estábamos ese día en Gandesa, celebrando con mucha alegría los 50 años de la romería de las parroquias del arciprestazgo de la Terra Alta, de la diócesis de Tortosa. El querido P. Abat Manel nos honró con su presencia durante toda la jornada que duró la fiesta. Y en la oración que devotamente celebramos aquella mañana, nos dirigimos a la Virgen de Montserrat con una bonita oración. A la luz del Evangelio proclamado hoy, a los pies de nuestra amada Moreneta, volvemos a hacer nuestra la oración mencionada. A Santa María, que dijo sí al Señor, a ella, que nos enseña a vivir con amor, siempre en ruta, caminando juntos, con las antorchas encendidas, le decimos:

“¿Qué cantaremos contigo en este misterio tan grande de tu donación a Dios en Jesucristo? (…) ¡Que Dios nos espera! Ésta es nuestra alegría. Al ir al otro mundo, no vamos al vacío. Nos espera la bondad del Padre, el amor de Jesucristo, la comunión del Espíritu Santo. Nos espera también vuestra bondad de Madre, como aurora y esplendor de la Iglesia de los peregrinos que anhela un día conseguir lo que Dios ha preparado para todos los que le aman.” Amén.

 

Abadia de MontserratDomingo XXXII del tiempo ordinario (12 de noviembre de 2023)