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3 de febrero de 2026 San Blas de Sebaste, San Anscario, Santa María de San Ignacio Thévenet y Santos Simeón y Ana

Hoy, día 3 de febrero, celebramos la festividad de: san Blas, obispo y mártir; san Anscario (u Óscar), obispo; santa María de San Ignacio (Claudina) Thévenet, virgen; y la de los santos Simeón y Ana, profetas.

San Blas de Sebaste, obispo y mártir

Según la tradición, fue médico antes de ser obispo de Sebaste, en la provincia romana de Armenia, hacia el año 300. Antiguas leyendas cuentan que durante la persecución de Licinio se refugió en una cueva de la montaña. Allí se le acercaban pacíficamente los animales salvajes y los curaba cuando estaban heridos. Finalmente fue detenido y, durante el cautiverio, una madre le presentó a su hijo que se estaba ahogando con una espina de pescado clavada en la garganta, y por la intercesión de nuestro santo, quien haciendo la señal de la Cruz y orando, logró que se curara milagrosamente. Al negarse a renunciar a la fe cristiana fue martirizado, probablemente en el año 316. Su culto se extendió en Occidente a partir del siglo XI y gozó de gran popularidad. Es el patrón de quienes padecen enfermedades de la garganta y de los otorrinolaringólogos.

San Anscario (Óscar), obispo de Hamburgo

El llamado “apóstol del Norte” o de Escandinavia nació cerca de Amiens, en la Francia carolingia, hacia el año 801. Monje de Corbie, cerca de Amiens, destacó por su piedad y dedicación al estudio. En el año 826 acompañó al rey Harald de Dinamarca, recién bautizado, e inició la predicación entre los pueblos escandinavos. Más tarde viajó también a Suecia, donde fundó una de las primeras comunidades cristianas en Birka, a pesar de las grandes dificultades. Fue el primer obispo de Hamburgo (situada en el Báltico bajo poder imperial, desde donde podían enviarse fácilmente expediciones misioneras) y legado pontificio para los Reinos del Norte. Tras la destrucción de Hamburgo por los normandos, pasó a ser obispo de Bremen, uniendo ambas sedes: “no hemos sido enviados para tener éxito, sino para ser fieles”. Apóstol por la acción exterior, fue monje por la vida interior. Murió el 3 de febrero del año 865 en Bremen.

Santa María de San Ignacio (Claudina) Thévenet, virgen

Claudina Thévenet nació en Lyon en el año 1774, hija de una familia cristiana y acomodada, que no escapó al sufrimiento y a las convulsiones de la Revolución Francesa, durante la cual dos de sus hermanos murieron ejecutados. Entonces comprendió que el mundo necesitaba descubrir la existencia de un Dios bueno, que ama sin condiciones: “Dios nunca nos abandona”. Pronto destacó por su dedicación a los necesitados, especialmente a las jóvenes huérfanas.

Animada por el sacerdote André Coindre, en 1818 fundó una asociación que con el tiempo se convertiría en la Congregación de Religiosas de Jesús María, dedicada a crear residencias y escuelas para niñas, especialmente aquellas sin recursos, y que pronto se extendió por todo el mundo. Como religiosa adoptó el nombre de María de San Ignacio. Su espiritualidad se caracteriza por un gran amor a Jesucristo, el perdón como respuesta al odio y a la violencia, la educación como camino de transformación personal y social, y una profunda confianza en Dios. La fundadora murió el 3 de febrero de 1837 diciendo: “¡Qué bueno es Dios!”. Su canonización tuvo lugar en 1993.

Santos Simeón y Ana, profetas

Al día siguiente de la Presentación del Señor, recordamos a los dos personajes que lo reciben en el templo y que se convierten en símbolo de Israel, que esperaba con corazón limpio y confianza en Dios la venida de aquel que debía traer la redención y el consuelo a su pueblo y convertirse en la luz de todas las naciones. Estos, un hombre y una mujer ancianos, representan el “resto de Israel” del que hablaban los profetas, aquel Israel que Dios eligió para realizar y anunciar el proyecto de amor y justicia que Él quería para toda la humanidad.

San Simeón, hombre justo y piadoso, había recibido la promesa de que no moriría antes de ver al Mesías, y al verlo lo reconoce inmediatamente y proclama en su cántico que es luz para iluminar a todas las naciones y gloria del pueblo de Israel. Santa Ana, profetisa de la tribu de Aser, viuda dedicada a la oración y al ayuno, también reconoce a Jesús como Redentor y anuncia su llegada a todos los que esperaban la salvación de Jerusalén.

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