Hoy, día 22 de enero, celebramos la festividad de:
San Vicente, diácono y mártir.
Nació en Huesca a finales del siglo III. Sus padres lo entregaron a Valerio, obispo de Zaragoza, para que lo educara en la fe cristiana. Ordenado diácono, por su cultura y capacidad oratoria se convirtió en un gran predicador y administrador de los bienes de la Iglesia zaragozana.
Durante las persecuciones anticristianas de los primeros años del siglo IV, el obispo y nuestro diácono fueron detenidos por negarse a adorar a los dioses romanos. Según las actas del martirio, ambos fueron llevados a Valencia pensando que, lejos de su tierra, sería más fácil que abjuraran; al no conseguirlo, el anciano obispo fue exiliado al sur de la Galia, mientras que nuestro santo diácono fue cruelmente martirizado con garfios. Según la tradición, murió ante una de las puertas de Valencia el 22 de enero del año 304.
La figura del mártir adquirió una gran popularidad y devoción en toda Europa como patrón de los viticultores, los panaderos, los techadores, los toneleros, los marineros y los alfareros. Se dice que, si se quiere recuperar algún objeto robado, hay que invocar a san Vicente. Sobre todo a partir del siglo XIV, y especialmente durante las epidemias de peste, la fama de san Vicente como defensor hizo que fuera frecuentemente invocado como intercesor ante Dios para proteger pueblos y ciudades, principalmente en los territorios de la antigua Corona catalanoaragonesa.

