Éxodo 17:3-7 / Romanos 5:1-2. 5-8 / Juan 4:5-42
El evangelio que hemos escuchado hoy es la proclamación de que Cristo nos viene a buscar a cada uno de nosotros precisamente donde estamos: cansados, enfermos, allí donde nuestra vida es un desierto.
Jesús llega a Sicar, en Samaria. Samaria era una tierra de cismáticos, de gente considerada impura. Aun así, Él va allí. No espera a que lleguen a Jerusalén. Es Él quien atraviesa la frontera. Es Él quien se sienta al lado del pozo de Jacob, cansado del viaje. Esto es impresionante: Dios se cansa, se convierte en mendigo. «Dame de beber». Dios te pide algo. Dios tiene sed de ti.
Esta mujer llega al mediodía. No llega por la mañana, cuando todos acuden. Llega cuando el sol está alto, cuando no hay nadie. Es una mujer solitaria, marcada por su historia: cinco maridos, y el que tiene ahora no es su marido. Es una mujer que ha buscado amor, seguridad, felicidad, y cada vez se ha encontrado con las manos vacías. ¿Cuántas veces nosotros también hemos buscado agua que no ha podido saciar nuestra sed? Relaciones, éxito, dinero, incluso religión... y la sed persiste.
Jesús habla del agua viva. Ella sigue pensando en el agua material. Nosotros también somos así: permanecemos en el plano horizontal. Pero Cristo habla de otra fuente, algo que brota hasta la vida eterna. No es un esfuerzo moral, no es un «tienes que hacerlo mejor». Es un don. «Si conocieras el don de Dios...». La fe nace cuando uno descubre que Dios no viene a juzgar, sino a dar.
Es admirable cómo Jesús va conduciendo el diálogo con esta mujer pecadora, suscitando en ella el atractivo por lo bello, por lo grande, por lo eterno. Poco a poco, el Señor se va dando a conocer a la samaritana, para que al final acabe aceptándolo como «el Salvador del mundo». El diálogo con Cristo –también para nosotros– siempre es un diálogo de salvación, un diálogo que nos dignifica y nos hace descubrir el sentido de nuestra vida, los horizontes sin fin de una vocación eterna.
Será Jesús quien saldrá al camino de cada hombre y cada mujer a lo largo de toda la historia para hacerle una oferta única: ser la fuente de su vida, una fuente que brotará siempre dentro de él para darle vida eterna. Aquella mujer entendió que el pozo al que con tanto afán acudía cada día debía ser sustituido por otro pozo más profundo y de agua de vida eterna. Y de sus labios brota una de las más bellas oraciones del evangelio: "Señor, dame de esa agua".
Ciertamente, «muchos samaritanos de aquel pueblo creyeron en Él -el Cristo- por la palabra de la mujer». La persona que nota que Cristo ha entrado en su vida y experimenta el gozo de su salvación, ella misma hace que continúe para otros este diálogo de salvación. Pidamos a la Virgen María que nos acompañe e inspire el testimonio de lo que Cristo ha hecho en nuestra vida, para convertirnos en pastores de almas.