Hoy, día 1 de enero, Octava de Navidad, celebramos: la Solemnidad de la Madre de Dios; la festividad de Jesús Emmanuel; y san Fulgencio, obispo.
Solemnidad de la Madre de Dios
Hoy, en el primer día del año, celebramos la fiesta de la Madre de Dios, coincidiendo, quizá, con la fecha aniversario de la dedicación de la iglesia de Santa María la Antigua, en el Foro de Roma. Este octavo día de Navidad conmemora la maternidad divina de María, proclamada por el concilio de Éfeso como “Madre de Dios” (Theotokos) por haber concebido y dado a luz, según la carne, a la persona de la Palabra divina. La fiesta de hoy es la fiesta mariana más antigua del calendario romano y se encuentra bien situada en el ambiente navideño. Como dijo Pablo VI: “en el tiempo de Navidad, la atención común debe dirigirse hacia la solemnidad de santa María, Madre de Dios, para recordar el papel que María tuvo en este misterio de la salvación”.
Jesús Emmanuel
Durante bastantes siglos la fiesta de hoy de la maternidad de María había sido sustituida por la circuncisión y la imposición del nombre de Jesús, que tuvo lugar, según las costumbres judías, ocho días después del nacimiento. Y al mismo tiempo, también podemos celebrar el nombre de Jesús, y el nombre de Emmanuel, con el que los profetas anunciaron la venida del Mesías, y que quiere decir “Dios con nosotros”. Esta expresión subraya que, con el nacimiento de Jesús, Dios entra de manera definitiva en la historia humana para acompañar, salvar y dar esperanza.
San Fulgencio, obispo
Este santo del siglo VI era funcionario imperial, con formación en gramática, retórica y lenguas. Pero finalmente abrazó la vida monástica, viviendo una vida de ascesis estricta hasta que fue elegido para la sede episcopal de Ruspe (hoy Alfac, Túnez). Destacó como defensor de la ortodoxia católica durante el reino vándalo, de tendencia arriana. Por su fe en la divinidad de Cristo, fue perseguido y exiliado a Cerdeña entre los años 508 y 515 junto con otros obispos africanos. Allí compartía sus bienes y alimentos con otros exiliados y personas necesitadas. También fundó un monasterio en Cagliari. Regresó del exilio y continuó su actividad episcopal hasta que murió el 1 de enero del año 527.
Desarrolló y defendió la doctrina sobre la Trinidad, la Encarnación y la gracia, siguiendo la línea de san Agustín de Hipona: “no hay tres dioses, sino un solo Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, unidos en un mismo poder y un mismo amor”. Sus cartas y tratados tuvieron mucha influencia en la Edad Media.

