Hoy, día 31 de enero, celebramos la festividad de: san Juan Bosco, presbítero; san Francisco Javier María Bianchi, sacerdote; y santa Marcela, viuda.
San Juan Bosco, presbítero
Nació en 1815 en Castelnuovo d’Asti, cerca de Turín, en el Piamonte. Tras una infancia difícil, huérfano de padre y enviado a estudiar fuera de casa, a los nueve años soñó que se encontraba rodeado de un numeroso grupo de muchachos que se peleaban, y Jesús le dijo: «no con golpes, sino con amor y paciencia los ganarás y te harás su amigo, y podrás enseñarles a huir del pecado y a practicar la virtud». Se pagó los estudios trabajando como sastre, camarero, carpintero, zapatero y herrero. Ordenado sacerdote en 1841, se dedicó a la asistencia y educación de los jóvenes de los sectores más abandonados de Turín, ciudad en la que creó un hospicio para estudiantes y obreros.
De horizontes ilimitados, fundó la Congregación de los Salesianos (llamada así por la admiración que sentía por san Francisco de Sales), que llegó a contar, ya en vida suya, con 240 casas en las que los jóvenes recibían educación cristiana y formación profesional. Para las jóvenes fundó, junto con santa María Mazzarello, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. Su estilo educativo se basaba en la amistad, en un diálogo cordial y afectuoso, en el que la fe ocupa un papel fundamental: la auténtica educación es integral, la que forma a la persona en su totalidad.
Su finura psicológica quedó patente tanto en la labor pedagógica que desarrolló como en los opúsculos que escribió: «ser bueno no consiste en no cometer errores, sino en tener la voluntad de corregirse». Fue promotor de la «buena prensa católica», destinada a la divulgación cultural, pedagógica y cristiana que contrarrestara a buena parte de la prensa que difundía falsedades y doctrinas anticristianas. Murió en Turín el 31 de enero de 1888. Fue canonizado en el año 1934. Es patrono de los educadores, de los jóvenes, de los estudiantes y de los editores.
San Francisco Javier María Bianchi, presbítero
Nació en el año 1747 en Arpino, en el sur de Italia. Fue sacerdote de los Clérigos Regulares de San Pablo (barnabitas), siempre fiel a su congregación. Alma de asceta, hombre de cultura y de gobierno, catedrático universitario, rechazó en dos ocasiones el ofrecimiento de una sede episcopal. Conoció a san Alfonso María de Ligorio en el seminario de Nola, en el año 1758. Samaritano incansable de los enfermos por las calles de Nápoles y generoso hasta dar lo poco que tenía a los pobres, destacó sobre todo en el ministerio de la reconciliación y en la dirección espiritual, donde sobresalió como guía, orientador y forjador de almas. Pasaba largas horas en el confesionario, incluso cuando se encontraba muy débil: «las almas no pueden esperar». Murió el 31 de enero de 1815. Fue canonizado en el año 1951.
Santa Marcela, viuda
De familia ilustre, quedó viuda siendo muy joven, pero en lugar de volver a casarse decidió consagrar su vida a Dios. Fue la primera matrona romana que difundió los principios del monacato entre las vírgenes y viudas nobles de Roma. Reunidas en su palacio, convertido en un centro de vida ascética, oraban, ayunaban y hacían penitencia bajo la guía de san Jerónimo. Durante el saqueo de la ciudad por los visigodos en el año 410, fue gravemente herida mientras defendía a una virgen consagrada, muriendo poco después.

