Hoy, día 30 de enero, celebramos la festividad de: santa Batilde, reina; san Adelelmo, abad; y santa Martina, virgen.
Santa Batilde, reina
Nació hacia el año 629 en Inglaterra, en el seno de una familia noble. Vendida como esclava por un rival anglosajón y, tras un tiempo al servicio del mayordomo de la corte franca, fue liberada de la esclavitud y llegó a ser esposa del rey de los francos Clodoveo II. Contribuyó a la expansión del monacato en el siglo VII fundando y protegiendo diversos monasterios, además de ejercer una gran labor de caridad. A la muerte de su esposo se convirtió en regente hasta que su hijo mayor, Clotario, asumió el poder. Entonces se retiró al monasterio benedictino de Chelles, cerca de París. Murió hacia el año 680.
San Adelelmo (Lesmes), abad
Nació en la Galia a comienzos del siglo XI y fue dedicado por sus padres al oficio de las armas. Cuando estos murieron, lo dejó todo y emprendió una peregrinación a Roma. A su regreso ingresó en el monasterio benedictino de Casa Dei (Haute-Loire), del cual llegó a ser abad. Llamado a la corte castellana por la reina Constanza de Borgoña, de origen francés, acompañó al rey Alfonso VI en algunas campañas de la Reconquista, hasta que el rey mandó construir para él el monasterio y hospital de San Juan de Burgos, donde vivió dedicado a la vida monástica y al cuidado de peregrinos y enfermos hasta su muerte, en el año 1097.
Santa Martina, mártir
Las referencias que tenemos sobre ella son escasas. Sabemos el significado original de este nombre, que deriva del latín martinus, gentilicio del dios romano Marte. Más adelante, sin embargo, se impregnó del aura de paz de santa Martina, patrona de Roma y especialmente de san Martín de Tours, el santo francés por excelencia.
Según su pasión medieval, de carácter hagiográfico y legendario, esta santa del siglo III era hija de un noble romano que se convirtió al cristianismo y comenzó a repartir sus bienes entre los pobres. Arrestada por los guardias del emperador Alejandro Severo y, al negarse a abjurar de la fe, fue sometida inútilmente a diversas torturas de las que se salvó milagrosamente (salió ilesa de flagelaciones, de parrillas al rojo vivo y del anfiteatro, pues el león que debía devorarla se echó mansamente a sus pies, etc.), hasta que finalmente fue decapitada.

