Hoy, día 27 de enero, celebramos la festividad de santa Ángela Mérici, virgen; y la de san Enrique de Ossó y Cervelló, presbítero.
Santa Ángela Mérici, virgen
Nació alrededor de 1474 en una familia de campesinos humildes en Desenzano del Garda, en el antiguo dominio de Venecia. Huérfana a los quince años, tras vivir un tiempo en casa de unos tíos acomodados, se hizo terciaria franciscana. Mientras llevaba comida a unos segadores, tuvo la visión de una procesión de ángeles y vírgenes cantando que se elevaba hacia el cielo, y entre ellas su hermana, que había fallecido recientemente de manera repentina, quien le dijo que fundaría una compañía de vírgenes.
Años más tarde, en 1535, fundó la Compañía de Santa Úrsula, las ursulinas, nombre con el que se conocen las religiosas dedicadas a atender a niñas y jóvenes pobres. Su instituto se convirtió en precursor de las formas de vida religiosa moderna, no encerrada en conventos, sino trabajando en el mundo como las primeras comunidades cristianas, caracterizado por la flexibilidad de adaptación a las circunstancias. Su labor educativa con la juventud ha perdurado a lo largo de los siglos. Murió en Brescia el 27 de enero de 1540, diciendo: “Dios mío, os amo”. En su testamento espiritual se puede leer: “Por encima de todo, procurad que lo que mandéis no se cumpla por la fuerza. Porque Dios ha dado a cada uno la libertad y no fuerza a nadie, sino que insinúa, llama, aconseja”. Es venerada en la Iglesia católica como santa desde 1807.
San Enrique de Ossó y Cervelló, presbítero
Hombre de oración y acción, apóstol infatigable y propagandista, trabajó en el apostolado de los laicos para la educación de niños y jóvenes y para la promoción cristiana de las mujeres. Nacido en Vinebre, Ribera d’Ebre, en 1840, y deseoso de ser presbítero, fue a Montserrat y luego estudió en los seminarios de Tortosa y Barcelona, hasta ser ordenado en 1867. Tras organizar la catequesis en todo el obispado de Tortosa, fundó publicaciones e instituciones diversas, entre las cuales destaca la que en 1876 fundó en Tortosa, con un grupo de chicas que se preparaban para ser maestras: la Compañía de Santa Teresa (las Teresianas), su obra preferida porque estaba convencido de que “educar es salvar”. Falleció en Valencia el 27 de enero de 1896 y fue canonizado en 1993.

