Hoy, día 15 de enero, celebramos la festividad de los santos Mauro y Plácido, monjes; del santo profeta Habacuc del Antiguo Testamento; y de san Pablo de Tebas, ermitaño.
Santos Mauro y Plácido, monjes
El papa Gregorio Magno, en los Diálogos, nos ofrece algunos rasgos biográficos de estos dos discípulos predilectos de san Benito. Plácido, siendo niño, fue confiado a san Benito por sus padres para ser educado en la vida monástica. Mauro, un poco mayor, también creció en el monasterio. Ambos vivieron como monjes, dedicados a la oración, el trabajo y la vida comunitaria.
Según la tradición, un día el niño Plácido cayó al río mientras intentaba recoger agua y la corriente lo arrastraba. Al verlo, san Benito ordenó inmediatamente al joven monje Mauro que fuera a socorrerlo. Sin darse cuenta, Mauro caminó sobre el agua para rescatarlo. Este relato es un hermoso ejemplo de obediencia inmediata y de humildad mutua. Su decidida obediencia se convierte en la plasmación de este ideal monástico.
San Habacuc, profeta
Profeta menor del Antiguo Testamento y tradicionalmente considerado autor del libro homónimo, vivió probablemente a finales del siglo VII a.C., en un tiempo difícil para el pueblo de Israel, marcado por la injusticia, la violencia y la amenaza del imperio babilónico. El profeta proclamó que el Dios todopoderoso prepara su triunfo por caminos paradójicos y declaró: «El justo vivirá por la fe», frase central de su mensaje. El libro concluye con un cántico de confianza, afirmando que incluso en medio de las dificultades se mantiene firme en el Señor: «El Señor me ha hecho valiente, y con pies ligeros como los de los ciervos me conduce hacia las cumbres invencibles».
San Pablo de Tebas, ermitaño
Según la tradición, conocido como el “primer ermitaño”, debido a la persecución del emperador Decio en el año 250, fue denunciado por su cuñado y huyó al desierto de Tebas, en Egipto. Allí descubrió su verdadera riqueza: Dios. Permaneció en el desierto llevando una vida eremítica de soledad y oración hasta su muerte, ocurrida cuando tenía más de cien años. Consideraba que la soledad del desierto era la mejor escuela para conocer a Dios; en este sentido, se le atribuye un apotegma que dice: «Nunca vi el mundo ni a los hombres, solo a Dios».
Encabeza la llamada semana de “los barbudos”, que incluye a otros monjes y santos con barba, como el monje san Mauro y los santos abades Antonio y Macario.

