Apocalipsis 7:2-4.9-14 / 1 Juan 3:1-3 / Mateo 5:1-12a
Si tomáis cualquier revista, o un suplemento dominical de los diarios de los domingos, y si incluso no habéis sabido desactivar de los ordenadores y aplicaciones aquella opción que te coloca una cascada automática de noticias y de actualizaciones informativas, con las que intentan distraernos cuando queremos trabajar, veréis una cosa muy sencilla...Todos los que aparecen tienen un nombre, son concretos e identificables, son famosos. En algunas ocasiones los medios nos los presentan para hacernos desear ser como ellos, tener aquello que ellos tienen, aunque con una mirada profunda dudemos sobre si querríamos ser como ellos. Pero es que la publicidad no suele ser profunda.
La Iglesia también tiene una multitud de famosos con nombre, apellidos y vidas concretas; los llamamos los santos. Pero en la solemnidad de hoy nos propone algo muy diferente y muy alternativo: el recuerdo de los anónimos, ¡y eleva este recuerdo a una solemnidad superior a la de casi cualquier otro santo con nombre y apellido!
A todos ellos sí que nos gustaría parecernos como cristianos. ¿Por qué?
A todos estos la lectura del Apocalipsis los coloca en una visión del cielo, de la dimensión propia de Dios. ¡Es adonde querríamos llegar nosotros!
La Biblia tiene relatos que demuestran una gran capacidad de imaginar. La cultura de los judíos que nace de ella sabe explicar historias.
En este saber explicar, Juan, identificado como el autor del Apocalipsis, va diciendo «Vi...» y escribe inspirado por el Espíritu, transmitiéndonos estos relatos que son para nosotros Palabra de Dios. Juan nos invita a ver con él. Una manera de mirar que no es realista como yo ahora os veo, sino que más bien combina la fe y la imaginación. Creemos en esta otra dimensión propia de Dios, y por eso la imaginamos, hablamos de ella y la escribimos.
¡Al libro del Apocalipsis le sobra imaginación!
La escena que hemos escuchado en la primera lectura es dinámica y nos habla de quién hay en el cielo y de qué hacen allí.De un primer momento en que, a pesar de ser muchos, 144.000, parecía que los tenía contados, hemos pasado a la multitud innombrable, diversa, anónima. Por eso esta lectura encaja con la solemnidad de hoy. Es como si en una página del diario encontráramos una fotografía con mucha gente y nada más. Los protagonistas fueran ellos sin ningún otro motivo que estar ahí. He dicho anónimo y no es bien verdad. El nombre lo tienen todos. No ser públicamente conocido no quiere decir ser alguien poco importante o sin nombre.
Aquí está el núcleo de la solemnidad de hoy. También son importantes los que no son famosos, los que no pasan a la historia.
Esta multitud está ante Dios. Parece que su última y definitiva misión no sea otra que contemplarlo y alabarlo.
Una de las razones para ir vestidos de blanco en la celebración es reproducir esta escena del Apocalipsis. Lo cantaréis los escolanes y la capilla en el texto del ofertorio de Tomás Luis de Victoria, que no forma parte de las lecturas de hoy, pero tiene su espíritu: Amicti stolis albis, vestidos de blanco, sequuntur agnum quo cumque ierit, siguen al cordero por dondequiera que va. No llevamos palmas en las manos, pero somos una multitud que cantamos la alabanza de Dios aquí en la tierra y queremos ser contados en esta multitud que un día llegará a formar parte del coro innombrable de los que alaban a Dios en el cielo.
Pero todos han llegado hasta allí desde la gran tribulación. Ni siquiera la selección de los elegidos olvida que es preciso pasar por una realidad que nunca reproduce una escena de cánticos y alabanzas, sino de trabajo, de «lavar las vestiduras en Jesucristo».
Esto es muy sencillamente la vida cristiana, que no pierde nunca de vista la realidad del mundo ni el horizonte de Dios.Las bienaventuranzas del Evangelio encajan perfectamente aquí, pero no me entretendré en ello.
Los monjes, por el tiempo que dedicamos cada día a la liturgia, querríamos tener en la cabeza y en el corazón esta escena del libro del Apocalipsis donde la multitud que viene de la tribulación, limpia y vestida de blanco, alaba al Señor.
Querríamos con nuestro ejemplo ser, como decíamos en el salmo, «los que vienen para veros cara a cara, Señor».
Hoy, en esta Eucaristía, rogaremos para que Dios corresponda a este propósito del hermano Josep Antoni, de vivir cara a Él. Lo has hecho y lo has aprendido durante todos los años de discernimiento en nuestra comunidad. Tu compromiso está ligado a Montserrat, como el de cualquier monje benedictino a su monasterio por la estabilidad.
El mismo salmo que hoy servía para todos los santos recoge tu deseo y las condiciones sencillas para hacerlo efectivo:
¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en su recinto sagrado?
El de manos limpias y puro corazón,
Que no confía en los dioses falsos.
El anhelo de ir y de vivir en la montaña donde Dios reside, en esta combinación de realidad, de fe y de imaginación, son la luz que nos hace correr al encuentro de Jesucristo, como nos dices en el recordatorio de este día, sin anteponer nada.
Vale la pena que escuchemos atentamente la oración de consagración de un monje que ahora rezaremos. Es una síntesis de cómo nuestra vocación de bautizados encuentra un camino en el seguimiento de san Benito: por una parte, bien atento a tu entorno (ser paciente en soportar los oprobios, solícito en servir a los hermanos, humano con los que sufren); pero también llena de sentido de Dios (siendo firme en la fe, constante en la oración, deseando la vida eterna con todo el ardor espiritual). Querer ser de la multitud innombrable de los que cantarán ante el trono de Dios.
En una palabra, como diremos al final de la celebración, en la bendición solemne:
Que la caridad de Dios haga de ti, en la familia apegada en su nombre, una imagen del amor de Jesucristo.
En nuestra debilidad y en nuestra imperfección, los monjes estamos aquí para continuar dando testimonio de la fe en la existencia de Dios y en su obra en la humanidad, en medio del mundo.
Rogaremos también para que Dios nos ayude a conformar nuestras vidas a la doctrina del Evangelio con las implicaciones que tiene este compromiso tan sencillo, en un mundo donde la fuerza del mal también está presente por todas partes.
Dios es el centro y el inspirador de todo. Él salva. Solo por Él tiene sentido cada eucaristía en la cual hacemos presente a Jesucristo, y con Él, a toda la Iglesia del cielo. Sin Él no hay santos, no hay monjes, no tendría sentido todo lo que hacemos. Que Dios sea, pues, nuestro primer testimonio.