La violencia del amor (25 de octubre de 2026)

Homilía del P. Joan M. Mayol, monje de Montserrat - Domingo XXX del tiempo ordinario (A)

26 de octubre de 2026
Éx 22, 20-26 / 1Ts 1, 5c-10 / Mt 22, 34-40



Cuando miramos las noticias y vemos cómo la injusticia, la violencia y la guerra parecen apoderarse cada día más del mundo, quizá no estemos viendo sino el drama, a gran escala, de lo que también sucede dentro de nuestro corazón.

Nos resulta relativamente fácil juzgar al mundo y encontrar soluciones mientras tomamos un café. En cambio, nos cuesta mucho más reconocer nuestros egoísmos, poner nombre a nuestras pasiones y admitir el mal que pueden generar algunas de nuestras decisiones.

Por eso, la Palabra de Dios sigue siendo tan incómoda. No nos ofrece una paz superficial, hecha de silencios y de complicidades con la injusticia. Nos habla de un fuego que transforma y de una espada que deja al descubierto las contradicciones del corazón. Nos obliga a tomar partido, porque el Evangelio no nos permite refugiarnos en la indiferencia ni en una falsa neutralidad ante el sufrimiento humano.

Hoy, esta Palabra nos recuerda especialmente el sufrimiento de tantas personas que se ven obligadas a abandonar sus hogares y que, cuando llaman a nuestras puertas, no siempre encuentran acogida ni fraternidad.

La Palabra de Dios es contundente: «No maltrates ni oprimas al inmigrante. No maltrates a ninguna viuda ni a ningún huérfano...». Estas palabras antiguas siguen cuestionando muchas de nuestras actitudes personales, sociales y políticas actuales. Demasiado a menudo, los intereses particulares y los miedos colectivos nos impiden ver el rostro concreto de las personas y nos llevan a eludir la responsabilidad que tenemos hacia ellas.

Es cierto que nuestras posibilidades son limitadas. No podemos resolver todos los conflictos ni aliviar todos los sufrimientos. Pero la fe en el amor a Dios y al prójimo, que Jesús nos ha anunciado en el Evangelio, nos impulsa a trabajar, cada uno según sus posibilidades, por la justicia, la paz y la libertad; a acoger, compartir y defender la dignidad de toda persona. Un mundo diferente del que hoy conocemos, marcado por la violencia, es posible si dejamos que el Evangelio oriente nuestras decisiones. Y esta transformación comienza en nosotros.

Comienza cuando nos atrevemos a revisar los ídolos que se han instalado en nuestra vida: el dinero, el poder, la fama, las apariencias o la necesidad constante de ser reconocidos y admirados.

En nuestro entorno más inmediato, a veces nos preocupa más tener éxito, ser populares u obtener la aprobación de los demás que vivir con autenticidad y amar de verdad. Nos esforzamos tanto por conseguir aquello que nos hace parecer importantes que acabamos olvidando lo que realmente da sentido a la vida: la familia, la amistad, el amor, el respeto y la solidaridad.

El problema no es querer progresar ni tener objetivos. El problema comienza cuando convertimos estas cosas en el centro de nuestra existencia y las ponemos por encima de Dios y de nuestros hermanos. Entonces, lo que debía ser un medio se convierte en un ídolo, y lo que prometía hacernos felices acaba esclavizándonos.

San Pablo nos recordaba en la segunda lectura de esta misa que nos hemos convertido a Dios, abandonando los ídolos para adorar al Dios vivo y verdadero, mientras esperamos a Jesús, su Hijo, resucitado de entre los muertos. Esta esperanza no nos aleja del mundo ni nos exime de nuestras responsabilidades. Al contrario, nos compromete aún más con el presente, porque nuestra vida está llamada a dar fruto ante Dios.

Por eso, el amor, la misericordia, la solidaridad y el perdón no son valores secundarios. Son signos concretos de una vida transformada por el Evangelio.

Y aquí es donde aparece la fuerza más sorprendente del mensaje cristiano.

Como nos recuerda el testimonio de tantos santos, no podemos permanecer mudos ante la injusticia. Necesitamos alzar la voz, denunciar el mal y trabajar por un mundo más justo, sin reproducir la lógica de la violencia.

«Nunca hemos predicado la violencia», afirmaba el obispo mártir Óscar Romero. «Nunca hemos predicado la violencia. Solo la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que cada uno ejerce sobre sí mismo para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros». (Homilía del 27 de noviembre de 1977).

Hermanos, la fe no nos pide que podamos con todo, sino que no nos resignemos a no hacer nada. No se nos pide que salvemos el mundo con nuestras propias fuerzas, sino que dejemos que el amor de Cristo actúe en nosotros. Esta es la verdadera fuerza del amor: una fuerza que no levanta muros, sino que abre puertas; que no humilla, sino que dignifica; que no destruye, sino que hace renacer la vida.

Que, al salir de esta Eucaristía, no nos preguntemos únicamente qué debería cambiar en el mundo, sino también qué estamos llamados a cambiar en nosotros mismos. Porque el mundo no será más fraterno si la fraternidad no comienza en nuestro corazón, en nuestras palabras, en nuestros compromisos culturales y sociales, en nuestras decisiones políticas y también en los gestos más sencillos y cotidianos de cada día.

Nuestra manera de vivir, guiada por el Evangelio, debe convertirse, allí donde estemos, en una semilla de paz, de justicia y de fraternidad. Porque la paz no comienza necesariamente cuando desaparecen los conflictos, sino cuando decidimos no alimentarlos ni ser cómplices de ellos. Y la fraternidad no comienza cuando los demás cambian, sino cuando nosotros mismos nos dejamos transformar por el amor de Dios y aprendemos a vivir unidos como hijos de Dios.

Que sea este amor de Dios, recibido y compartido, el que guíe nuestros pasos y oriente nuestras decisiones, para que, allí donde haya divisiones, sepamos sembrar comunión; allí donde haya injusticia, sepamos defender la dignidad humana, y allí donde parezca que todo está perdido, sepamos mantener viva la esperanza.




Montserrat, 25 de octubre de 2026
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