Ezequiel 18:25-28 / Filipenses 2:1-11 / Mateo 21:28-32
A los ojos de Dios, queridos hermanos y hermanas, nadie está definido por su pasado, ni tampoco nadie puede dar por terminado su camino. O, dicho de otra manera: Dios no clasifica a las personas entre “buenas” y “malas”, sino que a todos nos considera personas que hacemos camino, y lo hacemos con la esperanza de que nos lleve a buen término.
Fijémonos, si no, en la parábola que hoy nos presentaba el evangelio: Jesús la explicó a los sumos sacerdotes y a los notables del pueblo, que en su tiempo eran quienes se consideraban a sí mismos personas de bien, personas cercanas a Dios, que conocían la Ley y que estaban convencidos de haber dicho que sí; y en cambio, es precisamente a ellos a quienes Jesús les dice que los publicanos y las prostitutas les llevaban la delantera; no porque lo que hubieran hecho estuviera bien, sino porque ellos sí escucharon a Juan, creyeron su mensaje y se convirtieron. Entrando más a fondo, podemos fijarnos en que, en realidad, ninguno de los dos hijos hizo exactamente lo que el padre le había pedido: uno dijo que no quería ir a trabajar a la viña, pero después se arrepintió y fue; y el otro dijo que sí, pero después no fue. Y cuando Jesús preguntó cuál de los dos había hecho la voluntad del padre, parece evidente que la respuesta era el primero… pero en un sentido estricto, no sería ninguno de los dos. Quizá lo que Jesús nos quiere hacer ver es que, ante Dios, no todo queda decidido en la primera respuesta. Hay cosas que decimos y después no hacemos; hay decisiones que tomamos y después cambiamos; hay momentos en que pensamos que seguiremos un camino y acabamos yendo por otro. Y también hay veces que hemos dicho que no, que no queríamos, que no nos veíamos en ello, que eso no era para nosotros… y, con el tiempo, algo cambia dentro de nosotros. Por eso la primera lectura nos decía algo que es muy importante recordar: si el que ha hecho el mal se arrepiente y empieza a obrar el bien, «vivirá». Porque Dios no nos mira como si fuéramos una fotografía fija, como si lo que hemos sido hasta hoy tuviera que determinar necesariamente lo que seremos mañana. Dios mira también aquello que todavía podemos llegar a ser. Y esto es una buena noticia. Porque quiere decir que nuestro pasado no tiene la última palabra. Una equivocación no tiene la última palabra. Una etapa de la vida tampoco. Ni tan solo un «no» que le hayamos dicho a Dios. Mientras estamos vivos, siempre existe la posibilidad de volver a empezar. Y tal vez esto no vale solo para el que se sabe lejos de Dios. También nosotros, que pensamos que ya hemos dicho que sí, podemos necesitar dejarnos convertir de nuevo.
Y esto es importante, porque tal vez nos ayuda a entender por qué estamos hoy aquí. Porque la Eucaristía no es la reunión “de los buenos”, ni es la celebración de las personas que ya lo hacen todo bien. Es el lugar donde cada uno, justos y pecadores, cada uno con su pasado, viene a escuchar de nuevo a Jesús y a dejar que su Palabra nos mueva por dentro. Porque la conversión no es solo para el que ha ido por el mal camino y quiere volver atrás. Es también para el que piensa que ya está en el buen camino y necesita descubrir que aún tiene cosas que cambiar. Y, volviendo a la parábola, es muy significativo que el primer hijo no cambie porque alguien le obligue, sino porque se arrepiente. Hay algo que le hace volver atrás y cambiar de dirección. Y esto es precisamente lo que llamamos “conversión”: no simplemente sentirnos culpables de haber hecho algo mal, sino descubrir que podemos vivir de otra manera. Por eso es tan importante escuchar a Jesús: porque Jesús no viene simplemente a decirnos qué tenemos que hacer, sino que ha venido a mostrarnos una manera nueva de vivir. Nos muestra que la vida no consiste en ponernos siempre en el centro, en defender lo nuestro o en buscar solo nuestro propio interés. San Pablo nos lo explicaba con unas palabras que son casi un retrato de Jesús: «No miréis cada uno por sí mismo, sino procurad mirar por los demás», y después nos presenta a Cristo, que «se rebajó» y se hizo servidor. Esto es lo que celebramos hoy: un Cristo que no se queda lejos de nosotros, sino que se nos da; un Cristo que no nos dice «haz esto», sino que va delante de nosotros, nos muestra el camino, pero después nos deja decidir a nosotros.
Y entonces tal vez la pregunta que nos podemos hacer hoy es muy sencilla: ¿qué estoy haciendo con mi vida? No solo qué digo. No solo qué pienso de mí mismo. No solo qué querría llegar a ser. Sino: ¿Qué estoy haciendo, de verdad, con lo que he recibido, con los dones que Dios ha puesto dentro de mí, con el tiempo que tengo, con las personas que tengo al lado, con las oportunidades que se me han dado? ¿Qué hago con todo esto? Porque la vida cristiana no empieza cuando ya lo tenemos todo claro; empieza cuando descubrimos que Jesús nos habla y nos atrevemos a escucharlo. Tal vez hoy alguien pueda darse cuenta de que hace tiempo que dice “no” a algo que Dios le pide. Tal vez alguien más se da cuenta de que ha dicho muchos “síes” con los labios, pero que todavía no ha empezado a vivirlos. Tal vez alguien se ha acostumbrado tanto a pensar que ya está bien como está, que ya no escucha qué le está pidiendo Jesús hoy. Y tal vez alguien simplemente necesita saber que todavía puede volver a empezar. En la viña del Padre —en nuestro mundo— siempre hay trabajo por hacer. Y siempre hay un lugar para nosotros. Y no hace falta que vayamos con la vida resuelta. Basta con que empecemos a caminar. Porque esto es lo que hace Jesús: no nos encierra en lo que hemos sido, sino que nos abre un camino hacia lo que podemos llegar a ser. Y tal vez por eso vale la pena escucharlo. Porque cuando Jesús nos dice «ven», no nos está pidiendo que dejemos de ser nosotros mismos; nos está invitando a descubrir que nos podemos convertir. Pidamos, hermanos y hermanas, que hoy sepamos escuchar su voz, aunque alguna vez le hayamos dicho que no. Y que tengamos el coraje de dar, tal vez por primera vez, ese paso que todavía no habíamos osado dar.