Homilía del P. Lluís Juanós, monje de Montserrat (20 septiembre 2026)

Domingo XXV del tiempo ordinario (A)

Abadía de Montserrat - ES 20 de septiembre de 2026
Isaías 55:6-9 / Filipenses 1:20-24.27a / Mateo 20:1-16a



Parece que a este año le duele despedirse del verano y dar paso al otoño, donde los bosques se visten con mil colores y los viñedos dan los frutos de la vendimia. Probablemente, también era otoño en el relato del evangelio que hemos escuchado y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse su jornal. Y Jesús, buen observador, explicó a sus discípulos esta parábola que acabamos de oír. Ciertamente, es una parábola sorprendente y es posible que, al escucharla, muchos de nosotros hayamos tenido la misma reacción que aquellos trabajadores de primera hora: ¿Por qué todos cobran el mismo jornal, tanto si han trabajado todo el día como si solo lo han hecho durante una hora? Esto no parece justo. Evidentemente, el evangelio no es un manual de productividad económica. Si los propietarios actuaran como en la parábola, no encontrarían a nadie que quisiera trabajar desde la primera hora, y la empresa quebraría. No va por ahí el mensaje de la parábola.

Si lo miramos bien, veremos que allí aparece un propietario que cuida más de los trabajadores que de su propiedad. Desea que todos tengan trabajo, no quiere que nadie esté ocioso, y quiere que todos puedan ganarse el pan que comen. Por eso les paga a todos lo mismo: a los primeros porque es el sueldo que habían pactado, a los últimos para compensar el tiempo de espera y de abandono. Pero los trabajadores de la primera hora consideran el trabajo como un derecho merecido y no como un privilegio. Para ellos, el trabajo se ha convertido en una «carga»: «hemos tenido que soportar todo el peso de la jornada» y han olvidado la dureza de estar en el paro, de no encontrar a nadie que te dé trabajo. Les sabe mal que el propietario sea generoso con los demás y no saben alegrarse con una suerte que no sea la suya propia. Es oportuno ver cómo esta reacción es similar a la del hijo mayor de aquella otra parábola donde el padre acoge de todo corazón al hijo menor, perdido y reencontrado. Los trabajadores de la última hora, en cambio, ya no contaban con encontrar trabajo, ya habían bajado los brazos tras una jornada perdida y no se pueden presentar en ningún sitio para reclamar nada... ¡Y de repente, alguien los contrata cuando solo queda una hora para la puesta del sol! Acabada la escasa hora de trabajo, pasan por caja y reciben el mismo jornal que los demás, ¡como si hubieran trabajado la jornada entera!

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta parábola? Jesús aquí nos habla de la salvación. Jesús quiere responder a los fariseos y a los escribas que le reprochan venir a salvar a los pecadores. ¿Es justo tratar a los últimos como a los primeros? Estos han observado fielmente la Ley desde siempre y aquellos, convertidos a última hora, tienen muy poco mérito que hacer valer. Pero los pensamientos de Dios no coinciden con los cálculos de los hombres. La reacción de los primeros jornaleros lo demuestra, como hemos visto. Así, los últimos pasarán a primeros, y los primeros a últimos.

Jesús quiere que entendamos una cosa fundamental que a menudo olvidamos: que Dios nos salva no porque nos lo merezcamos, sino porque él es bueno y generoso. Yo no «compro» mi salvación. No la «pago» con mis méritos. La salvación es un don gratuito de Dios que no guarda ninguna proporción con mis méritos. Dios no se mueve por criterios de estricta justicia, sino que se mueve por amor, por pura bondad. La salvación cristiana no depende del tiempo que hemos estado trabajando, no depende de nuestras muchas o pocas buenas obras, sino del amor incondicional de un Dios que ama a las personas mucho más que a sus obras. Las buenas obras son una consecuencia de la salvación y no su causa: el cristiano procura hacer el bien porque ha sido salvado, no para ver si así se salva. Y esa es la diferencia.

Los que siguen la Ley y hacen lo que toca para merecer la salvación, obtendrán una salvación proporcional a la Ley, obtendrán la estricta medida de lo que habían pactado; ellos mismos han fijado el precio y la recompensa. Dios cumplirá estrictamente su parte, ni un denario de menos, pero tampoco de más. En cambio, los que se abren a la generosidad de Dios, sea la hora que sea, recibirán por encima de toda medida y tendrán una alegría desmedida. Participarán de la misma alegría de Dios, que tiene más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión. Y es que la salvación es un jornal único: un denario. Se recibe o se rechaza, pero no se puede dividir en partes, no puedes reducir a medidas lo que está fuera de toda medida.

¿Dios es injusto, entonces? Según como lo miremos, sí que lo es... lo es por exceso y no por defecto. El conflicto no viene provocado porque Dios haya sido injusto con los trabajadores de la primera hora, sino porque ha sido «demasiado generoso» con los de la última. Y si no descubrimos la maravilla de esta «injusta justicia» que se llama Amor, no entenderemos nada; seremos como aquel fariseo que hacía alarde ante Dios de sus méritos, mientras Jesús elogiaba al publicano que, arrodillado en un rincón del templo, no tenía nada que ofrecer y solo pedía que Dios se apiadase de él. La parábola es tan revolucionaria que, seguramente, no nos atrevemos aún a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso si hace poco que nos hemos sentido llamados por él y no tenemos muchos méritos y obras que presentar? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes quizás hace años que trabajamos en su viña?

Hermanos, tanto si nos sentimos trabajadores de primera hora como de la última; presentes o alejados de la Iglesia, Dios nos invita a todos a su viña y a superar los recelos que podamos tener, sabiendo que su Amor supera nuestros cálculos y su bondad gratuita nos ofrece mucho más de lo que podríamos merecer.
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