Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, abad de Montserrat (8 de septiembre de 2026)

Solemnidad de la Natividad de la Virgen María

8 de septiembre de 2026


Miqueas 5:1-4a / Romanos 8:28-30 / Mateo 1:1-16.18-23

«La virgen tendrá un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel», que significa «Dios-con-nosotros». Sería un juego divertido, tal vez para vosotros, escolanes, retaros a encontrar estas palabras escritas en algún lugar de la Basílica. ¿Quizás demasiado difícil? Creo que, aun estando escritas en latín, lo encontraríais, porque sois muy inteligentes, pero no entraremos en eso y os daré la solución yo mismo.

Las cuatro grandes esculturas que hay en el centro de esta basílica de Montserrat no están ahí porque sí. De entre las referencias constantes a la Virgen que llenan esta nave, las esculturas centrales de Joan Llimona son los profetas del Antiguo Testamento: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, y cada uno de ellos lleva un texto en la mano que corresponde a una predicción del Antiguo Testamento sobre Santa María. Como madre del Mesías, fue una mujer esperada en la historia.

Isaías, el primero a mi izquierda, el que está más cerca del presbiterio, es el que lleva escrita la frase que él mismo pronunció y que el Evangelista Mateo utiliza para la predicción mesiánica: «La virgen tendrá un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel», que significa «Dios-con-nosotros». Una frase que, como la genealogía, nos sitúa en ambiente navideño, porque la Navidad pasa por Santa María, la Virgen María.

Su nacimiento, que hoy celebramos, es el último eslabón de la inserción de Jesucristo en su pueblo. Hace pensar que la larga lista de generaciones acabe con este “Y Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo”.

La solemne genealogía, en la que también aparecen personajes muy diversos, acaba con María y José y en la narración de la concepción de Jesús, dejando muy claro que todo lo que ocurre es querido y guiado por Dios, que obra dentro de la historia ordinaria, como los hijos que van sucediendo a sus padres y madres, y que crea la historia extraordinaria del Mesías, de su propia encarnación como Jesucristo.

El Evangelio de hoy nos deja, queridos hermanos y hermanas, una cosa muy clara: Jesús nace de lleno en la historia de Israel, pero su nacimiento la rompe desde dentro.

Desde dentro pero rompiéndola, ya que esta ruptura comienza con el nacimiento de María, concebida y preservada del mal y del pecado, como no lo ha sido ninguna otra criatura.

Por eso, si cambiamos de profeta y vamos al que está frente a Isaías, la profecía que sostiene el profeta Jeremías dice: “El Señor crea una cosa nueva en este país...”

Nos hace falta saber reconocer en María a la Hija de Sión, la continuadora, el final de la genealogía, y también nos hace falta saber apreciar la absoluta novedad que nos trae como Madre de Jesucristo.

A partir de ella, la historia se vuelve más extraordinaria pero, curiosamente, se explica más en la historia normal, en la intimidad de Nazaret, no en la sucesión de reyes, sino en esta humanidad en la que Dios ha querido encarnarse, como si Dios mismo quisiera respetar los tiempos de crecimiento y de maduración de la vida de Jesús.

Porque si la tradición de Israel ya proyectaba un Mesías extraordinario, la realidad superó cualquier expectativa, y la primera actitud humana que tenemos ante el anuncio del nacimiento de Jesús es primero la de María y después la de José, en los cuales podemos reflejarnos.

El que hace que todo sea nuevo es este Emmanuel. Los nombres son muy importantes en la cultura hebrea, y nos permiten aprender la función y el sentido de la vida de alguien. Este que cierra la genealogía es “Dios está con nosotros”, como cantaremos tantas veces durante la Navidad.

Pero también es Jesús, y este otro nombre recorre insistentemente el evangelio de hoy: el nombre de Jesús.

Ya al principio, San Mateo dice que comienza el evangelio de Jesús, el Mesías; la genealogía acaba con esto que ya he citado: de la cual nació Jesús... La segunda parte del evangelio se anuncia diciendo: Jesús el Mesías vino al mundo de esta manera..., el ángel le dice a José: le pondrás por nombre Jesús... y finalmente el fragmento acaba: Y le pusieron por nombre Jesús.

Jesús significa salvador. Decía el gran San Anselmo: ¿Qué es Jesús sino salvador?

Salvador dentro de Israel porque él era consciente de que hacía falta salvar a sus contemporáneos. El contexto del Jesús histórico nos hace comprender qué podía significar salvación en aquel momento, para todas las generaciones pasadas que acumulaban una historia de relación entre Dios y los hombres, donde había pasado de todo.

Pero sobre todo salvador para siempre, desde entonces.

¿Y hoy? Parece a menudo que estamos ante una crisis del concepto de salvación que, con todo, continuamos encontrando en el centro de la fe cristiana. ¿Quizás porque somos demasiado poco conscientes de nuestro propio pecado? ¿De nuestros errores, de pensar que todo es culpa de la estructura o de los demás?

Llevemos el esquema del evangelio de hoy a nuestros días. ¿Cómo hacernos conscientes de que la historia extraordinaria se hace presente aquí, en este momento?

¿Nos haría falta una especie de genealogía personal en sentido amplio, para ver cómo Jesús está en mi vida y me salva de algo? ¿Para ver cómo la historia extraordinaria convive con nosotros? María, por el contraste de un nacimiento anónimo con una presencia que llena todo el tiempo y todo el espacio con su memoria, nos muestra el camino de vivir la inmensidad de Dios y de nuestra fe en el día a día. También nosotros podemos en nuestra vida conectar con tantas cosas que se elevan por encima del día a día.

Vosotros, escolanes, con la música, por ejemplo, tocáis el espíritu que la inspiró, y que tan a menudo es el mismo espíritu de Dios, y podéis vivir la historia extraordinaria de este Dios, porque aquí en Montserrat Él ha querido conectar con tantas personas, también a través de vosotros. Nuestra santa imagen es mucho más que la madera y la pintura que la forman, porque también nos conecta con Jesucristo, con las realidades de Dios.

El reto es vivir todo esto que no vemos cada día, como lo hicieron María y José desde el momento en que fueron conscientes, momento que nos narra el Evangelio de hoy, de que la novedad inimaginable de Dios entraba en sus vidas.

Tan extraordinario como que Jesús esté presente en el pan y el vino y se nos dé en cada eucaristía que celebramos.
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