Ezequiel 33:7-9 / Romanos 13:8-10 / Mateo 18:15-20
Hay heridas que se ven y heridas que están ocultas. Hay conflictos que estallan y todo el mundo conoce, pero hay otros que van creciendo en silencio: una palabra que nos hizo daño, una decepción, una incomprensión, alguien que nos falló o alguien a quien nosotros fallamos. Y pasa el tiempo, pero aquella herida continúa allí. Quizás ya no pensamos en ella cada día, pero hay algo dentro de nosotros que se ha cerrado. Es precisamente en este lugar tan humano donde Jesús entra hoy con una palabra muy sencilla: «Si tu hermano peca contra ti, ve a buscarlo y hablad los dos solos».
Es curioso que Jesús no nos diga primero «perdónalo». Nos dice: «Ve a buscarlo». Porque cuando alguien nos ha hecho daño, nuestra primera tentación suele ser justamente la contraria: alejarnos, cerrarnos, protegernos. Y, sobre todo, hablar con todo el mundo menos con esa persona. Explicamos lo que ha pasado, buscamos a alguien que nos dé la razón, repetimos la historia hasta que nuestro dolor parece tener cada vez más argumentos. Y sin darnos cuenta, esa persona que nos ha herido deja de ser un hermano y se convierte en «el problema».
Jesús, sin embargo, dice: «Ve a buscarlo». No dice: «Habla de él». Dice: «Habla con él». Y esto exige algo que a menudo nos cuesta mucho: salir de nuestro propio lugar. Porque tal vez nosotros tengamos razón, pero también puede ser que solo conozcamos una parte de la historia. Quizás el otro ha hecho daño, pero también puede estar herido. Y quizás nosotros necesitemos escuchar antes de juzgar.
Fijémonos, además, en una palabra que Jesús repite: «tu hermano». No dice simplemente «aquel que te ha hecho daño». Dice «tu hermano». Es como si nos recordara que una herida no tiene suficiente fuerza para cambiar la identidad del otro. Lo que ha pasado es real. El dolor es real. Pero esa persona sigue siendo tu hermano.
Y esto es muy importante, porque cuando alguien nos hace daño corremos el riesgo de reducirlo a su error. Ya no vemos a la persona entera; solo vemos aquello que nos ha hecho. Pero Dios no mira así. Dios puede ver el pecado sin confundirlo con el pecador. Puede ver la herida sin dejar de ver al hijo. Y tal vez convertimnos sea, precisamente, aprender a tener esta mirada.
Por eso Jesús continúa diciendo: «Si te hace caso, habrás ganado a tu hermano». No dice: «Habrás ganado la discusión». No dice: «Habrás demostrado que tenías razón». Dice: «Habrás ganado a tu hermano». Aquí hay una pregunta que puede cambiar muchas cosas dentro de nosotros: ¿qué prefiero, tener razón o recuperar a mi hermano?
Porque a veces podemos tener tanta necesidad de tener la última palabra que acabamos perdiendo a la persona. Y tal vez Jesús nos invita a descubrir que hay victorias que son derrotas y derrotas que son victorias. Renunciar al orgullo puede parecer perder, pero puede ser la manera de recuperar una relación. Dar el primer paso puede parecer una humillación, pero puede ser un acto de libertad.
Y después Jesús habla de atar y desatar. «Lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». Nosotros también atamos muchas cosas. Atamos a una persona a su pasado. Atamos una relación a una herida. Atamos nuestro corazón a un resentimiento. Y, a veces, vivimos años enteros cargando atado aquello que un día nos hizo daño.
Pero también podemos desatar. Podemos dejar ir. Podemos perdonar. Podemos dar una nueva oportunidad. Perdonar no significa decir que el mal no ha existido. Significa decidir que el mal no tendrá la última palabra. Significa dejar que Dios sea más grande que aquello que nos ha herido.
Y entonces Jesús nos dice: «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Quizás pensemos que esto habla solo de cuando nos reunimos para orar. Pero quizás también habla de aquellos momentos en los que dos personas deciden no dejar morir su relación. Jesús está presente cuando alguien da el primer paso, cuando alguien dice «hablemos», cuando alguien es capaz de decir «me has hecho daño» sin convertir al otro en un enemigo.
Por eso hoy podríamos pedir una gracia muy sencilla: «Señor, enséñame a mirar a esta persona con tus ojos». Tal vez hay alguien que nos viene al pensamiento mientras escuchamos este Evangelio. No hace falta forzar nada. No hace falta negar el dolor. Pero podemos poner a esa persona delante de Dios y decir: «Señor, yo no sé cómo arreglar esta historia, pero no quiero que esta herida sea más grande que nuestro amor».
Hermanos y hermanas, tal vez este sea el primer paso. Y tal vez el Evangelio de hoy no nos pida que solucionemos todos nuestros conflictos, sino algo más profundo: que no permitamos que aquello que nos ha herido nos haga incapaces de amar. Porque allí donde nosotros vemos una relación rota, Jesús todavía puede ver a dos hermanos. Y allí donde nosotros pensamos que ya no hay nada que hacer, él todavía nos dice: «Ve a buscarlo».