¿Quién dicen que es?

Homilía del P. Lluís Planas, monje de Montserrat (23 de agosto de 2026) - Domingo XXI del tiempo ordinario (A)

24 de agosto de 2026
Isaías 22:19-23 / Romanos 11:33-36 / Mateo 16:13-20



Estos últimos domingos hemos podido escuchar cómo Jesús actuaba de una manera que era la admiración de todos los que se encontraban muy cerca de él. Hoy Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Qué dice la gente del Hijo del Hombre? ¿Quién dicen que es?» Parece que esté preguntando por el eco que tienen sus palabras y sus acciones. Para los discípulos, la respuesta de la gente hacía referencia a Jesús asimilándolo a aquellos que, por su testimonio, habían causado un gran impacto en su historia; les sugería que Dios se volvía a manifestar en Jesús como el Mesías poderoso que esperaban. Juan Bautista, con su manera de vestir y de predicar, exigiendo la conversión, los había impresionado muchísimo, tal vez pensaban que podría ser una reencarnación de Juan Bautista o tal vez de algún profeta como Elías y Jeremías, o de algún otro profeta que siempre había sido un referente por su extraordinaria personalidad, por su valentía y por su compromiso.

Pero Jesús quiere ir más a fondo. Pregunta por la opinión que tienen los mismos discípulos. El que responde es el que los representa a todos. Pedro personifica la confesión cristiana de la fe. No lo sabe por su sabiduría o por lo que ha podido deducir de la acción de Jesús, sino que, tal como hemos oído en el evangelio, es porque Dios se lo ha revelado: mi Padre del cielo. Evidentemente nosotros, gracias a la catequesis que hemos recibido, ya sabemos la respuesta. Pero para nosotros, ¿qué quiere decir: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»? Ya que la respuesta de Pedro no era por sabiduría o por deducción intelectual, sino por revelación de fe, si ahora, delante de todo el mundo, nos preguntaran cuál es el significado de “Mesías”, ¿cómo nos las apañaríamos para que la respuesta fuera comprensible y creíble y llegase al corazón de quienes nos escuchan?

Necesitamos saber dar respuesta a la misma pregunta que Jesús hizo a los apóstoles. Y la respuesta debe ser desde la experiencia de nuestra relación con Jesús y darnos cuenta de que, en cada uno de nosotros, Dios mismo ha abierto el corazón. Si a los discípulos, desde el primer momento, Jesús les dijo: ven y sígueme, también Él nos lo ha dicho a cada uno de nosotros. Nos lo ha dicho al corazón. ¿Cómo explicarlo? Las palabras tienen su limitación. Como también la vista, el oído, el olfato, el tacto. Pueden ayudar y son instrumentos que nos ayudan a ir más allá para que nuestra percepción se haga mayor. Pero no es suficiente. Cuando todo se hace más real y más intenso, es cuando descubrimos, por el amor, la comunión. No es el poder, si asociamos esta palabra con el sentido de imponer, si pensamos que el Mesías es una manera de describir el poder. Es la comunión en el amor de Dios.

En Jesús hay una nueva manera de entender la vida: es necesario que nos dejemos llevar por Dios. Este es el mensaje que Jesús transmitió a los discípulos. A la cuestión que Jesús plantea a los discípulos: ¿quién soy yo?, la respuesta surge de la experiencia de la vida de fe, es decir, de descubrir que en cada cosa que hay en mi vida, en mi entorno, en la naturaleza, estás tú, Señor.

San Pablo en la carta a los romanos que hemos leído ya nos lo decía: «¡Qué profundidad y riqueza en la sabiduría y en el conocimiento de Dios! Todo viene de él, pasa por él y se encamina hacia él».

Ahora también debemos responder a la pregunta, quién eres tú, quién soy yo. Hay que tomar conciencia de que Dios está en cada uno de los que formamos parte de la humanidad. No somos dioses, pero en la unidad del amor tenemos la posibilidad de vivir en Dios. Ahora, podemos pedir lo que nos decía el salmo: Acabad vuestra obra, Señor.
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