Confianza absoluta

Homilía del P. Josep M. Sanromà, monje de Montserrat (16 de agosto de 2026) - Domingo XX del tiempo ordinario (A)

18 de agosto de 2026
Isaías 56:1,6-7 / Romanos 11:13-15,29-32 / Mateo 15:21-28 




Queridos hermanos y hermanas:

Son pocos los pasajes evangélicos en los que se nos presentan personajes no judíos acudiendo a Jesús para pedirle la curación de algún ser querido o ayuda para ellos mismos. Recordemos el caso del centurión romano que pide a Jesús la curación de su criado enfermo; o aquellos diez leprosos que piden la curación y, una vez obtenida, solo uno, un samaritano, vuelve atrás para agradecerla; o el caso de hoy, la mujer cananea que pide a Jesús que libere a su hija del demonio. Aunque el mensaje de Jesús encontró oposición entre los de su pueblo, estos textos nos quieren dar a conocer la universalidad de la salvación querida por Dios Padre, gracias a la cual la buena noticia del Evangelio se difundió por todas partes hasta llegar a nosotros.

Lo que mueve a Jesús a atender a la mujer cananea, como en los otros casos, es una sola cosa: ver en ellos una fe absoluta en Él, movidos por la confianza en Él y por el amor hacia aquellos por quienes le piden ayuda. Fe y amor van siempre de la mano. Sin embargo, nos podría extrañar la reacción de Jesús ante la insistencia, tanto de los discípulos como de la mujer cananea, una invitación a todos nosotros a la perseverancia en la fe y en la oración; recordemos la palabra de la Escritura: «el que persevere hasta el fin, se salvará». Primero Jesús no le hace caso; después le habla de su misión, presentándose como el «pan» destinado al pueblo elegido, los hijos, mientras compara al pueblo de ella, los paganos, con los perritos debajo de la mesa. Pero la mujer, que debía de estar ansiosa esperando de Jesús un gesto hacia su hija, le da la vuelta al argumento diciéndole que, aun siendo verdad lo que dice, tanto ella como su hija, aun siendo perritos, también necesitan y desean alimentarse de las migajas de pan que los amos dejan caer de la mesa. Jesús no puede sino elogiar la fe de aquella mujer que con pocas palabras lo ha reconocido como Señor y Salvador.

Nosotros los cristianos conocemos la palabra y la obra de Jesús gracias a todos aquellos que a lo largo de los siglos han dado su vida para llevarla por todas partes. Pero Jesús, ¿podría decir de nosotros: «¡qué grande es vuestra fe!»? La palabra de Jesús, que conocemos de memoria, y los signos que realiza a favor de quienes con fe acuden a Él, ¿sostienen y alientan nuestra vida de cada día? ¿Nos comportamos y convivimos con los demás según el mandamiento de Jesús de amarnos los unos a los otros tal como Él nos ha amado, y de perdonarnos siempre? ¿Se nos puede reconocer como discípulos de Jesús por nuestra manera de actuar o según aquello que defendemos o rechazamos? Celebrar el día del Señor en la parroquia, en familia, subir a venerar a la Virgen pidiendo su intercesión por nosotros y por quienes amamos, son signos de fe que deberían reflejarse en nuestra vida diaria, porque al Señor lo podemos encontrar en cualquier circunstancia de nuestra vida. Solo hace falta, como la mujer cananea, que vayamos a buscarlo, que insistamos y me mantengamos firmes como signo de fe, que sepamos interceder no solo por nosotros, sino por aquellos que sabemos que necesitan su ayuda. Un signo de fe y de amor.

Que Santa María, bienaventurada porque creyó, nos enseñe a recordar y a agradecer cuántas veces el Señor nos ha escuchado y nos ha ayudado. Que el Espíritu del Señor ponga a menudo en nuestros labios la humilde oración de los discípulos: «Señor, auméntanos la fe».
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