Isaías 55:1-3 / Romanos 8:35.37-39 / Mateo 14:13-21
Queridos hermanos:
Como todos los domingos de este largo tiempo litúrgico que llamamos «tiempo ordinario», nos encontramos con un hilo conductor que comienza con la 1.ª lectura, siempre del Antiguo Testamento, pasa y en cierta manera se detiene en el llamado salmo responsorial y acaba con el evangelio, pieza bíblica central en toda Eucaristía. Os invito a fijaros en ello cada domingo, si os es posible, incluso antes de participar en la misa. Tal vez os llevéis alguna sorpresa; seguro que os ayudará a entenderlo todo mejor. Probemos, aunque sea brevemente, con los textos de hoy.
Podríamos iniciar este itinerario con el texto evangélico, pero yo ahora lo haré, como he dicho antes, con la 1.ª lectura. Es del profeta Isaías, nombre que significa «el Señor salva», de unos ocho siglos antes de Jesús. El texto comenzaba con un llamamiento que hace el Señor: «¡Oh, todos los sedientos, venid a la agua; venid los que no tenéis dinero: comprad y comed, comprad leche y vino sin dinero, sin pagar nada!». Dios no solo no rechaza a los más desvalidos, a los más pobres, sino que es él mismo quien los llama, quien los invita: ¡venid! Estad atentos y os saciaréis de vida.
Escuchadas estas palabras del Señor, tan esperanzadoras, el salmista y todos nosotros hemos respondido: «Los ojos de todos miran hacia ti esperanzados y tú les das la comida a su tiempo». Y el salmista ha ido cantando algunos versículos del salmo 144, un himno que ya antiguamente —también algunos siglos antes de Jesús— el pueblo, como ahora nosotros, utilizaba, cantando, para alabar al Señor por la experiencia que iba haciendo a lo largo de su historia: una experiencia de bondad, de perdón, de acompañamiento en los apuros y peligros de la vida. El Señor es compasivo y clemente, grande en el amor, bueno con todos; ama entrañablemente y está siempre cerca de quienes lo invocan.
Y llegamos al evangelio. Jesús, seguramente afligido porque acababa de recibir la tristísima noticia de la trágica muerte de Juan el Bautista, siente la necesidad de retirarse a un lugar despoblado; se va allí en barca. Pero, al desembarcar, se encuentra con una gran multitud; todos lo seguían, fuera adonde fuera, aunque no siempre hacían suficiente caso de lo que les decía. Pero Jesús desprendía bondad, acogida, confianza, serenidad. En cierta manera los atraía, como nos decía Isaías: «Venid los que no tenéis dinero, escuchad bien y saborearéis algo bueno». O como nos decía el salmo: «El Señor sacia de buen grado a todos los vivientes». Ya recordáis que el Reino de Dios a menudo Jesús lo compara con un banquete, con un gran banquete, donde todos están invitados aunque alguien, demasiado lleno, demasiado ocupado, lo rechace. Y es que para aceptarlo, para sentarse a él, hace falta una condición: basta con tener sed y hambre; o sea, es suficiente con ser pobres.
Y aquí viene la actitud de los discípulos de Jesús y la respuesta que él les da, punto culminante del evangelio de hoy y, por tanto, de aquel hilo que hemos iniciado con la lectura de Isaías: «Vamos, Señor, que se hace tarde: despide a la gente para que vayan a comprarse comida». ¿A comprar comida? Y los que no tienen dinero, los más pobres, seguramente la mayoría, ¿qué? Respuesta de Jesús: «No hace falta, dadles de comer vosotros mismos». Los pobres —¡hay tantas clases de pobres!— molestan; también en una ocasión molestaban los niños, los más pequeños —¡y hay tantas clases de pequeños!—, y Jesús se acercaba a ellos y los abrazaba. «Dadles de comer vosotros». ¿Nosotros? ¡Pero si tenemos muy poca cosa! «Pues compartid esa poca cosa y, si os dejáis llevar por mi fuerza, por mi mirada, por mi amor —dice Jesús—, ya veréis qué pasa: la pobreza compartida hace milagros».
El amor no se compra ni se vende, hermanos. No hay que acudir a los compradores del mundo; sí, está muy bien colaborar con tantas entidades sociales, comenzando por Cáritas, que distribuyen comida, ropa y lo que haga falta. Pero cada uno de nosotros, cada comunidad eclesial, toda la Iglesia, debe imbuirse de la manera de hacer de Jesús: cercanía, comunión con todos, con cualquier persona que necesite ayuda, la ayuda que necesite.
Estamos celebrando la Eucaristía; Jesús nos alimenta con su Palabra y con su propio Cuerpo. No olvidemos que toda Eucaristía es también compromiso de justicia y caridad.