1 Reyes 3:5.7-12 / Romanos 8:28-30 / Mateo 13:44-52
Hay tres parábolas en el Evangelio de hoy que hablan del Reino de los cielos, pero que en realidad hablan de nosotros. El tesoro escondido en el campo y la perla de gran valor nos dicen que hay algo que vale más que todo lo que tenemos, algo por lo cual vale la pena dejarlo todo. Pero la tercera, la de la red que arrastra de todo, nos dice algo que solemos preferir no escuchar: que no todo lo que la red recoge es bueno. Que hay una selección. Que hay un final.
He elegido comentar esta tercera porque es la más incómoda. Y las cosas incómodas, cuando provienen de Jesús, suelen ser las más necesarias. Y sé que lo que ahora diré no gustará a algunos de los que me escucháis, pero lo tengo que decir: el infierno existe.
Sé que hay personas que se confiesan creyentes y niegan su existencia con metáforas intelectuales: "el infierno es este mundo", "el infierno es una proyección psicológica", "el infierno es un mito pedagógico para los simples". Y hay quien, sin negarlo del todo, se acerca a él con una sonrisa tranquilizadora y asegura que, en cualquier caso, debe de estar vacío.
Entiendo la tentación. Creemos en un Dios bueno y misericordioso, y ciertamente lo es. Pero a veces, por no querer asumir nuestras equivocaciones y por tranquilizar nuestra conciencia, llegamos a construirnos un Dios a medida: blando, comprensivo, que lo deja pasar todo. Y olvidamos que el mismo Jesús que dice "Dios es amor" dice también: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando". El mismo que proclama las bienaventuranzas pide en el Sermon del Monte: "Sed perfectos como lo es vuestro Padre del cielo". El mismo que perdona a la mujer adúltera le dice: "Vete y no peques más".
Jesús no es un gurú de la autoestima. Es alguien que nos ama lo suficiente como para decirnos la verdad. Y la verdad que dice hoy es esta: al fin del mundo, los ángeles saldrán y separarán a los malos de los justos y los arrojarán al horno ardiente; allí será el llanto y el crujir de dientes. No es la parábola: es la explicación que Jesús hace de ella. Podemos discutir si estas palabras fueron dichas exactamente así o fueron adaptadas en la redacción del Evangelio. Pero no podemos ignorar que las Escrituras, de arriba a abajo, están llenas de referencias al infierno, al Seol, a la Gehena, al fuego eterno, al abismo. No podemos quedarnos solo con las páginas de la Biblia que nos gustan y arrancar las que nos hacen sentir incómodos. Toda la Revelación parece advertirnos de que la condena, como la santidad, es una posibilidad real y cercana para cada uno de nosotros.
Pero aquí es donde no hay que precipitarse hacia una conclusión equivocada. El infierno no es una amenaza de Dios. Es la consecuencia lógica y trágica de la libertad que Él mismo nos ha dado. Dios no puede salvarnos si no estamos dispuestos a ser salvados. No puede entrar en una vida que le tiene la puerta cerrada. No puede obligar a nadie a amarlo, porque el amor obligado no es amor. Y aquí radica toda la gravedad y toda la belleza de este misterio: que Dios ha puesto en nuestras manos algo tan grande y tan peligroso como la libertad de decirle que no.
Todos tenemos alguna idea de cómo podría ser el infierno. Seguramente ninguna se ajustará a la realidad. Pero sí podemos tener una cosa por cierta: en el infierno no está Dios. No porque Él se haya retirado con indiferencia, sino porque aquellos que están allí eligieron, de mil maneras pequeñas y grandes a lo largo de sus vidas, no hacerle sitio. El infierno es la ausencia de Dios hecha definitiva por elección propia.
Hermanos y hermanas, sí, el infierno existe, y no está vacío porque muchos no han permitido hacer sitio a Dios en sus corazones. Pero los que creemos no debemos desesperar, la selección entre los que se merecen la vida de la gloria y los que no, solo se hará al fin de los tiempos, y es Cristo el encargado de hacerla. Él, que murió en la cruz para que toda persona sea salvada. Esto no debería llevarnos a la relajación, pero sí a la confianza. No nos sorprendamos, pues, si él viene a sacudir nuestras vidas.