Ezequiel 37,12-14 / Romanos 8,8-11 / Juan 11,1-45
Jesús dijo a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?” Y ahora Jesús me lo dice a mí, y a ti: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?” Ojalá, hermanos queridos, marcados como hemos sido en el bautismo con el sello del Espíritu Santo, podamos responder, con la decisión con que lo hizo Marta: “Sí, Señor: yo creo que sois el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo.” La pregunta de Jesús y la respuesta de Marta son el núcleo de este largo pasaje del evangelio de hoy. No confundamos creer con comprender; si Jesús me preguntara “¿lo comprendes, esto?” yo, hermanos, y probablemente todos vosotros, respondería: “Señor, no lo comprendo, ¿cómo queréis que lo comprenda yo, que soy tan limitado?” Los sentidos y la razón humana me dicen que la muerte tiene la última palabra. ¡Ay, la razón, tan grande y a la vez tan escuálida! Al escribir esto me viene a la memoria aquello que leí, hace tiempo, del gran escultor vasco Chillida: "De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada". No lo comprendo, pues; ¡lo creo! Y creer, hermanos, no rebaja la condición humana, la enaltece. Solo la fe alimenta mi esperanza; la fe y el amor, sí, el amor, que no se aviene a ningún tipo de plazos.
Se acerca la Pascua, hermanos; la tenemos a 15 días. En ella reviviremos la muerte y la resurrección de Jesús, el Cristo, el Señor. Es la fiesta primordial del año litúrgico porque es el fundamento de nuestra fe cristiana. San Pablo lo decía a los Corintios: “Si la esperanza que tenemos puesta en Cristo no va más allá de esta vida, somos los que damos más lástima de todos los hombres” (1C 15,19). Toda la Cuaresma apunta hacia la Pascua, y cada domingo, del primero hasta hoy, que es el quinto y último antes de Ramos y de la gran semana santa, la liturgia nos ha ido catequizando, haciendo como un crescendo, sobre la persona de Jesús: primero haciéndonos ver, con las tentaciones en el desierto, su total humanidad; en segundo lugar, con la transfiguración en lo alto de la montaña, su plena divinidad. Y a continuación los pasajes que hemos leído los tres domingos últimos nos han presentado a Jesús fuente de agua viva, Jesús luz del mundo y hoy, Jesús la resurrección y la vida. Y en los tres, después de un largo diálogo con sus interlocutores, hemos podido escuchar solemnes afirmaciones de fe: “Ahora ya no creemos solo por lo que tú decías –decían los samaritanos a aquella mujer que se había encontrado con Jesús junto al pozo y que había pasado de ser una ignorante a ser una evangelizadora–; nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que este es de verdad el Salvador del mundo”. “¿Crees en el Hijo del hombre?” preguntó Jesús a aquel ciego de nacimiento después de que el pobre muchacho había vuelto a ver pero que se veía rechazado e incomprendido por todo el mundo; “Y, ¿quién es Señor, para que pueda creer en él?” Jesús le respondió: “Ya lo has visto: es el mismo que habla contigo”. Le dice el que había pasado de la ceguera a la plena visión: “Creo, Señor”. Y lo adoró. Y hoy ya lo hemos oído: “¿Crees esto? “Sí, Señor”, respondió Marta: yo creo que sois el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo.”.
Hay quien puede pensar que todo esto es muy bonito pero que tiene poca aplicación en nuestra vida cotidiana de cristianos. No es así, de ninguna manera. ¡Y tanto que la tiene! Mirad, os pongo un poco de tarea: una vez en casa leed, por ejemplo, si queréis, la primera parte del capítulo 3 de la carta de san Pablo a los Colosenses. Ahora solo os leo alguna frase del comienzo: “Ya que habéis resucitado con Cristo... poned el corazón en aquello que es de arriba, no en aquello que es de la tierra... haced morir, pues, aquello que en vosotros es terrenal... revestíos de sentimientos de compasión, de bondad, de paciencia... Me permito, finalmente, daros un consejo: por poco que podáis asistid a las celebraciones de semana santa y, sobre todo, a la Vigilia Pascual, que es la celebración cristiana más importante del año. En ella reviviremos la resurrección de Jesús, el Señor. ¡Que tengáis, pues, una santa Pascua!