Isaías 25:6a.7-9 / 1 Corintios 15:20-24ª.25-28 / Mateo 25:31-46
“Envejeciendo con alegría”
Ante la realidad de la muerte, no nos es fácil a los hombres y mujeres de cualquier tiempo, creer esto que es el fundamento de la fe cristiana y que San Pablo escribía, a los cristianos de Corinto: la resurrección de Jesucristo es la esperanza de la resurrección de todos los seres queridos que nos dejan, la esperanza de que, a partir del momento de la muerte, están en un lugar mejor, que llamamos cielo o vida eterna, que allí nos esperan y que allí nos reencontraremos.
Esto que nosotros tenemos y vemos es una vida humana, de la que sabemos muchas cosas: recuerdos, anécdotas, capacidad de amar, fe. Deseamos y confiamos en que hay una vida futura en la realidad de Dios, de su Reino, que ahora, sin embargo, ni tenemos ni vemos. Digo que esto último no es fácil, porque es una cuestión de fe, y por tanto de aceptar el don que Dios nos hace. Sólo la fe nos permite creer que este gran contraste entre la vida y la muerte aquí y la vida allí, pueden vivirse como nuestra verdadera realidad humana, la de unos hombres y unas mujeres llamados a una visión mucho mayor de la existencia, porque toca la trascendencia de Dios.
Tan intrincadas son las dos dimensiones, que, en una liturgia de difuntos, en esta misa exequial por el reposo del P. Joan M. Recasens, monje de nuestra comunidad de Montserrat y presbítero, no falta ni la mirada a su vida, ni una alegría y una paz serena que ilumina este momento y que nos vienen de la fe en la resurrección.
Es el mismo contraste que celebrábamos el pasado domingo, el día que murió el P. Juan M. Era antes de ayer, domingo cuarto de Cuaresma, llamado laetare, esto es “¡alegraos!” Porque en medio de este tiempo cuaresmal, de penitencia y conciencia de nuestra fragilidad, se nos recordaba la Pascua, se nos adelantaba el día en el que la resurrección prevalecerá sobre la muerte. Sólo este hecho hace que toda nuestra cuaresma quede también iluminada por la Pascua. San Benito lo tiene claro cuando, en su Regla, deja claro que el propósito final de este tiempo que vivimos es que el monje "con una alegría llena de apetito espiritual espere la santa Pascua”.
Un contraste que también la fe del Antiguo Testamento, como hemos leído en la lectura del profeta Isaías, imaginaba entre nuestra realidad y la de una montaña en la que se preparaba un convite, es decir una fiesta, equiparada a la salvación. Un lugar donde quien actúa es Dios: "Aquel día dirán: Aquí tenéis a nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvaría. Alegrémonos y celebremos que nos haya salvado" (Is 25,9).
Hacia una montaña como ésta, todos peregrinamos con la alegría del salmo que hemos cantado, sabiendo que el camino hacia la casa del Señor es un símbolo de nuestra vida, de la tensión de este contraste entre aquí y allá. Tomamos nuestro día a día como un momento que naturalmente queremos vivir, movidos por la esperanza de llegar a la Jerusalén del cielo, lugar de paz y alegría. A menudo, hay quien hace más ligero el camino, incluso con servicios muy materiales. Pienso en los dieciocho años que el P. Joan M. fue el encargado del refectorio de la comunidad y se preocupó de la cocina y de la alimentación de los monjes, de los escolanes y de los huéspedes.
También San Pablo nos hablaba, finalmente, del contraste cósmico, universal, entre este mundo que gime, que sufre, que a menudo nos resulta tan incomprensible y la prevalencia de Dios al final. Lo hace en una de las frases más definitivas del Nuevo Testamento que cerraba la segunda lectura: "Así Dios será todo en todos".
¿Cuál es nuestro reto como cristianos? Vivir el contraste. Vivir ambos términos, ambos momentos, ambos extremos. Pero uno es inevitable: el día a día. El otro es realmente nuestra opción de fe: Dios, el Reino, la esperanza y el gozo.
El testimonio del P. Joan M. Recasens ha inspirado las lecturas que hemos leído y esta reflexión. Todos los que le hemos conocido sabemos que quiso vivir ese contraste con alegría. El P. Abad Presidente Ignasi M., nos decía que era apropiado haber muerto un día del año que lleva por nombre: “alegraos”.
Cuando estos últimos años le preguntaban cómo estaba, decía, recuperando el italiano, “invechiando con gioia”, haciéndome viejo con alegría.
Esta vejez, este hacerse mayor, estaba precedido de muchos años de vida, que empezaron en el Poble Nou, de donde era hijo; de muchos años de vida monástica, casi setenta y cinco años en la comunidad, desde que llegó con dieciséis años en septiembre de 1951.
Años repartidos en las comunidades del Miracle, de Cuixá, de San Anselmo en Roma, donde residió dieciocho años, durante los cuales convivió y acompañó a muchos jóvenes monjes de todo el mundo. El propio Abad Primado Jeremías me comentaba ayer en un mensaje de que su sentido del humor y su cordialidad había dejado huellas en el corazón de muchos y son una prueba de ello las muestras de cariño que hemos recibido. De vuelta a Montserrat, a los setenta años siguió sirviendo a la comunidad como subprior durante diez años y encargado del archivo fotográfico.
El evangelio de hoy nos dice claramente que la conexión entre esta vida en Dios, justa y misericordiosa, y nuestra realidad en la tierra, está representada en este juicio, en el que el criterio es precisamente el amor y la atención a todos los que encontramos por el camino. La conciencia de vivir la fe cristiana, que nos propone que nuestra vida se encamina hacia el Reino cumplido, debería llevarnos a la compasión y caridad de Jesucristo hacia todos nuestros hermanos y hermanas. Es lo que se nos va a exigir.
Dios nos reconocerá por la caridad. Nosotros podemos reconocernos como hermanos por ese amor que se compadece de los necesitados. Al final de la vida sabemos que nuestra confianza es la misericordia de Dios porque siempre nos quedamos un poco lejos del ideal evangélico. Por eso pedimos también perdón para nuestros hermanos que han muerto, como lo hacemos hoy, al tiempo que admiramos sus vidas, bien conscientes de que una parte muy importante de cada uno, permanece escondida en la mutua intimidad de Dios y de sus hijos.
El P. Joan M. Recasens i Puig nos ha dejado este ejemplo de la alegría que viene de la simplicidad, de la sensatez, de una gran capacidad de acoger, concretada, por ejemplo, en las más de dos mil parejas que casó en San Anselmo, de las que era capaz de explicar anécdotas infinitas, también por su fe mantenida. Demos también gracias a Dios mientras nos preparamos para reproducir y recordar en esta eucaristía la pasión y la Pascua de Jesucristo, la tensión entre la muerte y la vida a la que asociaremos la oración por nuestro hermano difunto.