Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, Abad de Montserrat (1 de enero de 2026)
Números 6:22-27 / Gálatas 4:4-7 / Lucas 2:16-21
Quienes siguen esta misa conventual aquí en Montserrat o desde casa, seguramente habéis dado la bienvenida al año nuevo de una manera discreta, durmiendo unas horas razonables y evidentemente, ¡habiendo despertado ya a las once pasadas! El fin de año es queridos hermanos y hermanas, una celebración en la que los aspectos civiles se viven socialmente de forma mayoritaria más que los religiosos y no dejamos de estar un poco influidos por esta “fiesta”. Pero para todos nosotros este día sólo se entiende como el último día de la octava de Navidad, el día de la solemnidad de Santa María, como un recuerdo del misterio de la Encarnación, después de una semana de memoria constante.
Parte importante de los recuerdos de estos días es perfectamente integrable en nuestra celebración religiosa. Por ejemplo, se hace memoria de los hechos del último año. Para nosotros es un motivo de dar gracias, de pedir perdón, de buscar la voluntad del Señor y de preguntarnos con frecuencia: ¿Dónde está Dios en medio de todos estos acontecimientos? Los hay mediáticos y los hay anónimos. Muchos nos parecen poco entonados con el mensaje de Jesucristo y el Evangelio. También otros reflejan la capacidad humana para la bondad, la caridad y la espiritualidad. Quizá por eso pensar en el año que termina, puede llevarnos a orar, inmediatamente, por éste que comienza, y ponerlo bajo la intercesión de Dios y de Santa María, que hoy recordamos especialmente.
Y hoy, uno de enero, oremos especialmente por la paz. Se celebra la 59ª jornada por la Paz y el Papa León nos ha dejado un mensaje muy profundo que desarrolla un poco las primeras palabras que dijo el día de su elección: animándonos a orar y perseguir una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante.
Una antigua película de cine sobre Jesucristo se titulaba: “La mayor historia que nunca se haya contado”. El título me hace pensar en el gran contraste de la Navidad. El contraste entre la «Gran historia» y «la pequeña historia», entre los «grandes relatos» y los «pequeños relatos».
Cuando leemos el evangelio de hoy y contemplamos el Pesebre, como los pastores, tenemos la sensación de que lo que vemos empieza siendo una pequeña historia. Un nacimiento como tantos otros. Dicen que cada día nacen en el mundo 370.000 niños y cada año 135 millones. Algunos de ellos, bastante desgraciadamente, en condiciones similares a las de Jesús, sin hogar, en pobreza. Pero los evangelios nos explican inmediatamente la reacción del entorno ante el establo de Belén, nos reportan la movilización, nos introducen unos elementos que hacen que la historia pase de pequeña a mayor. ¿Por qué? Porqué Dios se hace presente. Sin embargo, hay algo sencillo y frágil. Jesús está tal y como lo decimos en la versión catalana del Santa Noche: «En humilde pequeñez recluido».
El prólogo del Evangelio de San Juan, que escuchamos el día de Navidad y ayer, y será también el Evangelio del domingo, explica realmente «la historia más grande que nunca se haya contado». Lo son todas y cada una de sus frases que no voy a repetir. Es suficiente citar su núcleo: “La Palabra de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros”.
Uno de los grandes retos de nuestra fe es saber ver y creer que, en la humildad del Belén, en la pequeña historia, ocurre precisamente lo que cuenta San Juan. En Belén la historia de Dios se hace historia de la humanidad y los primeros que lo captan y entienden son los pastores.
Pocos doctores y maestros cristianos han captado esta idea, la tensión propia de la Encarnación, tan bien como Agustín de Hipona. Dice:
Yace en un pesebre, pero contiene el mundo; está envuelto en pañales, pero nos reviste de inmortalidad; (…) no encuentra lugar en el establo, pero se construye un templo en los corazones de los creyentes. Para que la debilidad se hiciera fuerte, se hizo débil la fortaleza. (1)
¿Y no será un segundo gran reto para todos nosotros saber ver en el mundo aquello que vemos y creemos en el pesebre?
Es decir, ¿captar y entender que hay una gran historia detrás de tantas pequeñas historias de la humanidad? ¿Y que cuanto más pequeñas son, más se acercan a la Navidad?
Podríamos pensar en la bondad y la disponibilidad de todos los que ayudan a los demás en todos los ámbitos. Podríamos pensar en quienes luchan por la paz. En todos los que son solidarios en la pobreza y la miseria humana, en quienes saben escuchar y dedicar tiempo a los demás, quienes rezan. En resumen, en quienes integran en su vida de cada día el seguimiento de Jesucristo y de su Evangelio, que es la gran historia de salvación de la humanidad.
La primera página de un diario de ayer llevaba por título: «El mundo a la deriva». Los cristianos no creemos que esto sea verdad. No vivimos en una inocencia como si no nos diéramos cuenta de todo lo que pasa, pero vemos la mano de Dios en muchas situaciones, y cuando no la vemos, nuestra fe nos mantiene firme la esperanza del sentido de todo. Porque miramos al Pesebre leyendo el prólogo de San Juan, ante el que percibimos el sentido del mundo.
En una felicitación de Navidad que he recibido de Italia había escrito:
““Che l’esile speranza su cui oggi il mondo si tiene non venga meno!”! que traducido viene a decir: que la frágil esperanza que sostiene el mundo no se apague.
¡Prefiero esta frase que decir que el mundo va a la deriva! No esconde nada, pero desprende confianza.
Reconocer y profesar la gran historia de Dios en Jesucristo llenará de sentido incluso muchos de estos rituales sociales tan típicos de fin de año. Desde la belleza de la música vienesa, a los encuentros personales, a la esperanza de que toda novedad lleva asociada. Que también esta novedad interior de nuestra fe nos renueve y nos ayude a celebrar la memoria de la Virgen María y a empezar con fe, esperanza y amor el año que hoy iniciamos.
(1) [1]AGUSTÍ D’HIPONA, sermó 190, https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/index2.htm (31-12-2025); In praesepi iacet, sed mundum continet: pannis involvitur, sed immortalitate nos vestit: locum in diversorio non invenit, sed templum sibi in credentium cordibus facit. Ut enim fieret fortis infirmitas, infirma facta est fortitudo. Magis ergo miremur, quam contemnamus eius etiam carnalem nativitatem; et ibi agnoscamus tantae propter nos celsitudinis humilitatem.
Última actualització: 2 enero 2026

