Jeremías 20:7-9 / Romanos 12:1-2 / Mateo 16:21-27
El texto evangélico de hoy es la continuación del Evangelio del domingo pasado. Los dos textos son, podríamos decir, la cara y la cruz de una misma moneda.
El domingo pasado, san Mateo nos decía quién es Jesús para el verdadero discípulo. Jesús no es un profeta más, ni un cazador de sueños imposibles. Es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y sobre esta confesión de Pedro se fundamenta nuestra fe y la fe de toda la Iglesia.
El fragmento evangélico de hoy, en cambio, nos llama a tomar conciencia de quiénes somos nosotros respecto de Jesús. No somos simplemente admiradores de este Hijo de Dios vivo. Estamos llamados a ser discípulos vivos. Y ser un discípulo vivo significa tener el valor de negarse a uno mismo para aprender a ser libres, tener el coraje de tomar la propia cruz y la audacia de seguir las huellas de Jesús.
Como bautizados, el texto nos plantea una pregunta que no puede quedar sin respuesta. ¿Somos verdaderamente discípulos vivos? Sí, y no. No lo somos cuando, por pereza intelectual o por anemia espiritual, nos dejamos llevar por una manera de vivir impropia del Evangelio. Pero sí que lo somos cuando escuchamos su palabra e intentamos descubrir cuál es la voluntad de Dios: aquello que es bueno, agradable a Dios y perfecto. Y, sobre todo, cuando intentamos ponerlo en práctica.
Porque reconocer que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, es haber encontrado el punto de partida, sí, pero no es todavía haber llegado a ninguna parte. El camino comienza de verdad cuando sentimos que su palabra nos ayuda a descubrir el sentido de nuestra vida; cuando la vida de Jesús entra en nuestro día a día y nos da la inteligencia y la fuerza necesarias para empezar a no depender de nuestro ego y a vivir con responsabilidad la vida presente, esta vida que va configurando la que Dios llevará a su plenitud en el cielo.
Tomar la propia cruz no significa buscar el sufrimiento ni resignarse pasivamente ante las dificultades. Significa tomarse en serio la vida tal como es. Mirar de frente las dificultades y los retos, nuestras debilidades y nuestras posibilidades, e intentar vivir cada día más en la libertad de los hijos de Dios.
La cruz no consiste en ir a buscar el sufrimiento. La cruz consiste en mantenerse en el amor que Jesús nos ha enseñado, sobre todo cuando nos cuesta. Porque quizá sea precisamente entonces, cuando cuesta dejar de amar, cuando podemos estar más seguros de que amamos de verdad como él.
Seguir a Jesús no es ir detrás de un imposible. Es percibir la realidad espiritual de que él camina con nosotros y hacer camino con él en la misma dirección. Seguir al Maestro es servir, perdonar, amar y cuidar una sana relación fraterna, como él hizo con los suyos: poniendo a Dios en el centro de toda relación, confiando en su palabra, que nunca engaña y siempre es fiel.
Ser discípulos de Jesús es dejarnos guiar por su Espíritu, que habita en nuestros corazones desde nuestro bautismo. Es el Espíritu quien ilumina los ojos de nuestro corazón para que conozcamos a qué esperanza somos llamados y no nos dejemos distraer por los cantos de sirena de este mundo, que prometen mucho y que, demasiado a menudo, acaban dando bien poco.
Cuando yo era joven, había artistas que cautivaron a toda una generación. Vivían rodeados de la euforia de los conciertos, de fiestas, de dinero a raudales y de una vida que parecía no tener límites. Esta era la imagen que los medios de comunicación nos mostraban, pero en realidad muchos de ellos vivían una soledad angustiosa que los rompía interiormente y los llevaba a morir de mala manera.
Contemplar aquellas vidas malogradas me hizo darme cuenta de algo importante: aquello que me deslumbraba y parecía prometer toda la felicidad del mundo no era capaz de llenar realmente una vida ni de saciar la sed profunda del corazón que toda persona lleva dentro de sí; esa necesidad de encontrar algo más grande, más auténtico, más definitivo, que llene totalmente nuestra vida.
Esta inquietud es, quizá, la primera llamada de Dios que el Espíritu pone en nosotros. Es aquello que nos hace buscar la única fuente capaz de saciar esta sed. Y el salmo responsorial de hoy nos indica dónde podemos encontrar esta fuente: se encuentra como escondida en el camino de la oración. Sentimos su frescor, pero necesitamos buscar el manantial de donde brota esta agua.
En la oración es donde podemos contemplar y compartir con Jesucristo resucitado la gloria que un día también nos espera a nosotros. Es allí donde podemos descubrir de nuevo el amor que él ha tenido por nosotros y que nos ha manifestado definitivamente en la cruz. Este amor no es un canto de sirena ni una promesa vacía; es una realidad viva. Y vale mucho más que todo aquello que nos puede prometer una vida vivida de espaldas a Dios.
Acoger el amor de Cristo nos transfigura. El profeta Jeremías, en la primera lectura, lo expresaba hablando de un «fuego que ardía dentro de él». Cuando dejamos entrar a Cristo en nuestra vida, su amor no nos deja indiferentes. Por eso el salmista, con su canto, desea vivir toda su vida en el Señor, bendiciéndolo con las obras que alaban su nombre.
El domingo pasado reafirmábamos nuestra fe en Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Hoy la palabra de Dios nos invita no a quedarnos simplemente admirándolo, sino a caminar con él. Somos discípulos vivos, llamados a decir no al mal que hay dentro y alrededor de nosotros y a dejar que el Espíritu Santo haga crecer en nosotros aquel fuego interior que nos impulsa a avanzar en el bien a pesar de las dificultades, haciendo de nuestra vida una bendición del Señor, amando con sinceridad y verdad, y procurando compartir con todos la Buena Nueva del Evangelio, que es la fuente que hace brotar dentro de nosotros aquella agua viva que realmente sacia, sin fin, nuestra sed de alegría y de vida.