Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, abad de Montserrat (15 agosto de 2026)

Asunción de la Virgen María

15 de agosto de 2026


Apocalipsis 11:19; 12:1-6.10 / 1 Corintios 15:20-27 / Lucas 1:39-56



Del cel Reina se us corona,
i a l’honor que Déu us dona, 
ajuntem els nostres cants.

Son frases de una estrofa del himno de la fiesta de hoy, evocando la escena de la coronación de María en el cielo, que encontramos representada en el gran rosetón de la fachada de esta basílica y también en el mosaico de detrás del altar del Camarín. La Asunción al cielo y la coronación de la Virgen, que rezamos como últimos misterios de gloria en la oración del rosario, nos dicen sencillamente que Dios es fiel y permanente, y que la elección de la Virgen en su Inmaculada Concepción, en su virginidad, en su maternidad, la mantiene hasta el final, siempre relacionada con su misión de ser la portadora de la divinidad de Jesucristo y la transmisora de su humanidad.

Quisiéramos hoy participar de esta alegría de Santa María por su Pascua cumplida. Ella que comparte la plena resurrección de Jesucristo y nos señala el lugar definitivo donde nos quiere Dios.

Precisamente este momento de gloria nos hace contemplar también su vida, discreta y humilde, para ver el ejemplo del paso de Dios y convertirse aún más en un ejemplo para nosotros.

El Evangelio de hoy, hablándonos de esta vida, combina un marco muy cotidiano: la casa de Isabel, la prima, la visita de dos parientas embarazadas, la ayuda mutua; con otro plano diferente, marcado por las palabras dichas por las dos mujeres que apoyan y proclaman nuestra fe. A partir de esta escena de la visitación, bien podríamos decir que Santa María se nos presenta en tres dimensiones respecto a Dios: la primera en su esencia, como la teófora, la que lleva a Dios, a Cristo; la segunda como una teóloga, alguien capaz de decir una palabra de Dios; y la tercera como una teopráctica, es decir, capaz de actuar esta Palabra que se ha acogido y se ha proclamado.

Aprovechando que el Evangelio de hoy contiene el fragmento más largo e importante del Nuevo Testamento dicho por Santa María, os propongo contemplarla en esta dimensión de teóloga. No faltarán ocasiones para comentar las otras dos.

No intentaré la tarea imposible de hacer que la Virgen haga teología académica, especulativa, y hacerle decir lo que no dice, afición por cierto bastante común entre los teólogos, sino que más bien pienso en aquellas palabras de Evagrio Póntico, un monje del desierto del siglo IV, que decía: «Si rezas de verdad, eres un teólogo; y si eres un teólogo, rezarás de verdad». Decir una palabra sobre Dios se convierte en algo que surge de nuestra vida de oración, de la de todos.

En su dimensión de teóloga, la palabra concreta que nos dice hoy la Virgen es la oración del Magníficat. Repetido cada día por nosotros en la hora de vísperas, este canto habla de la fe y no sería posible sin una muy profunda experiencia de Dios que María tiene como ninguna otra criatura.

El inicio del Magníficat es autobiográfico. La Virgen es precursora de todas las ideas que dan importancia a la propia vida como lugar de la acción y del reconocimiento de Dios. San Agustín es el ejemplo avanzado en la antigüedad, en sus Confesiones, pero ella, María, empieza el Magníficat con el reconocimiento personal de aquello que el Señor ha obrado en ella. Al mismo tiempo, a pesar de su centralidad total en el misterio de Cristo, mantiene con Dios la distancia necesaria que nos pone a cada uno en nuestro lugar. Dios es el Totalmente Otro, el Inefable, y conviene que nosotros también lo tengamos presente. Él es siempre el sujeto activo del Magníficat.

También en este inicio, María nos transmite la alegría de su fe, del reconocimiento de la acción de Dios en ella. Es en esto maestra de optimismo para los cristianos de hoy. Anteayer, el arzobispo de Milán nos decía a la comunidad que tenemos el reto de evangelizar irradiando la alegría de ser cristianos. De hacer todo lo que hacemos de obras y de actividades pero sin perder la identidad y especialmente esta alegría de creer en Cristo y en todas las verdades de la fe. No es nada fácil cuando vivimos inmersos en conflictos y problemas de todo tipo, pero como en el Magníficat, es una cuestión de confianza en Dios. De hacerse conscientes de que la «buena acción de Dios en nosotros» y su palabra son más fuertes que todos los retos. Es algo bueno de recordar cuando somos testigos de sufrimiento, a menudo muy cerca de nosotros, a menudo lejos, a veces sufrimiento a raudales que parece no tener fin.

La Virgen continúa, sin embargo, sin miedo a definir quién es Dios: «Su nombre es santo». Habla de él: «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación», y de su recuerdo: «de Israel su siervo y de su descendencia por siempre».

Con estas palabras nos enseña a permanecer en la riqueza de una tradición de creyentes. De un Dios santo y que ama. Que desde la diferencia con nosotros nos llama a la comunión y lo ha hecho así desde siempre.

La teología de la Virgen también arraiga en la realidad.

Es en el amor de este Dios en el que Santa María reconoce la fuerte dimensión social, de equilibrar el orgullo, el poder y la riqueza, con el reino hecho a imagen de la voluntad de Dios. ¡Hay tantas situaciones en las cuales hoy podríamos aplicar el Magníficat! ¡Tiene tanta correspondencia con el anuncio de Jesucristo y el Evangelio! La Iglesia es también mariana porque en muchas circunstancias es ejecutora de las palabras de la Virgen, en su atención a tantas necesidades, a la pobreza, a la falta de educación, a quienes están en las prisiones, a las guerras. Veamos ahí la respuesta generosa y tan a menudo gozosa a todo aquel sufrimiento del que hablaba antes. Veamos ahí un auténtico acto de fe que coloca esta ayuda generosa en el marco del Magníficat y exulta en el Dios que nos salva y se acuerda de nosotros.

La Palabra sobre Dios que nos dice la Virgen María impulsa la instauración de su Reino y pasa por todos nosotros, que debemos ser sus instrumentos en la cotidianidad de nuestras diversas escenas.
 
Estols d’àngels us escorten,
I amb bells cants avui us porten
A la dreta del Senyor.


También nosotros hemos acompañado a Santa María hoy con nuestros cantos, llevados por la alegría que inunda esta solemnidad. La Virgen, presente en esta eucaristía como lo estaba realmente en las de la primera comunidad, nos guía hacia el cielo. Como ella en el mosaico del camarín, abramos humildemente los brazos para aceptar el don que Jesucristo nos hace en su cuerpo y su sangre, que ahora compartiremos en el pan y el vino de la eucaristía.
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