Zacarías 9:9-10 / Romanos 8:9.11-13 / Mateo 11:25-30
Las lecturas de este domingo nos presentan una manera de ser de Dios que a menudo nos desconcierta… Nosotros acostumbramos a asociar la fuerza con el poder, la grandeza con el éxito, y el conocimiento con la sabiduría. Pero Dios actúa de otra manera. El profeta Zacarías anunciaba un rey que no entraría victorioso sobre un caballo de guerra, sino «montado humildemente en un asno», y que no vendría a imponerse por la fuerza, sino a anunciar la paz; nosotros ya conocemos el cumplimiento de esta profecía y sabemos cómo Jesús entró en Jerusalén, pero quienes escuchaban a Zacarías debían preguntarse: “¿Cómo podía un rey ir montado en un asno?”. San Pablo, en la segunda lectura, nos recordaba que la vida nueva tampoco nace de nuestras capacidades, sino del Espíritu de Dios que habita en nosotros; y esto también nos puede costar entender, porque a menudo confiamos solo en nuestras propias fuerzas. Y, finalmente, Jesús acaba de completar este retrato dando gracias al Padre porque ha reveló los secretos del Reino a los sencillos más que a los sabios y a los entendidos. No lo dice porque Dios rechace la inteligencia, sino porque el corazón autosuficiente difícilmente siente la necesidad de dejarse enseñar; y, humanamente, es una frase que nos puede costar comprender. Y todavía lo completa con otra invitación: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados». El reposo que promete no es el de una vida sin trabajo ni dificultades, sino el de una vida vivida desde la confianza. Su yugo es ligero porque él mismo lo lleva con nosotros. Y aunque todo esto nos cueste entender, Dios es así. Para él la humildad, la sencillez y la confianza no son actitudes secundarias de la vida cristiana, sino que justamente son el camino por el cual Dios se deja encontrar, aunque de entrada nos pueda parecer contradictorio.
Y este camino es el que precisamente recorremos cada domingo cuando venimos a Misa. Aquí nos reunimos porque, con humildad y sencillez, queremos seguir aprendiendo del Maestro. La Eucaristía es nuestra Pascua semanal, el lugar donde el Cristo resucitado se hace presente y continúa revelando a los sencillos —que somos nosotros— los secretos de su Reino. La Palabra que escuchamos de la boca de Jesús no es solo un recuerdo del pasado, sino que es una palabra viva que nos consuela, nos corrige, nos anima y nos transforma. Y el Pan que recibimos es el signo de que el Señor no nos deja caminar solos. Aquí venimos con nuestras preocupaciones, nuestras ilusiones, nuestras fatigas y también con nuestras alegrías, y aquí descubrimos que Dios continúa sosteniéndonos. Cada domingo es una invitación a volver a poner nuestra vida bajo su guía, porque solo él puede dar ese reposo profundo que el mundo no sabe ofrecer.
Esta imagen de Dios y este evangelio en el que Jesús nos invita al reposo nos llega, además, cuando muchos comienzan unos días de vacaciones o un tiempo un poco diferente. Y esto nos puede ayudar a entender mejor qué quiere decir Jesús. El reposo que él promete no depende solo de tener más horas libres o de dejar de trabajar. Hay personas que estos días continuarán trabajando intensamente; otras dedicarán su tiempo a hacer voluntariado, a cuidar a familiares, a servir a los demás, o incluso a afrontar situaciones difíciles —como tantos profesionales y voluntarios que estos días están arriesgando sus vidas luchando contra los incendios para proteger a personas y pueblos. Y, sin embargo, también ellos podrán experimentar este reposo del que habla Jesús. Y es que “reposo” no es lo contrario de “trabajar mucho”, sino que es lo contrario de vivir pensando que todo depende exclusivamente de nosotros. Cuando una persona vive solo pendiente de sus resultados, de su rendimiento o de su éxito, difícilmente encuentra la paz. En cambio, quien pone sus dones al servicio de los demás, quien trabaja con espíritu de servicio y confía en que Dios acompaña su esfuerzo, descubre una alegría más profunda, incluso en medio del cansancio. Esta es la paradoja del evangelio: el yugo de Cristo es ligero no porque elimine las responsabilidades, sino porque las llena de sentido. Por eso estos días pueden ser una buena ocasión para revisar el ritmo de nuestra vida, recuperar espacios de oración, de silencio y de encuentro con Dios, o simplemente para preguntarnos si vivimos apoyados solo en nuestras fuerzas o si dejamos que sea el Señor quien lleve con nosotros la carga. Pidamos al Señor, en esta Eucaristía, que nos dé un corazón sencillo, pero capaz de confiar, porque así descubriremos que su yugo es realmente suave y que su carga, llevada con Él, se vuelve ligera.