Homilía del P. Carles-Xavier Noriega, monje de Montserrat (28 junio 2026)

Domingo XIII de durante el año (A)

Abadía de Montserrat - ES 28 de junio de 2026
2 Reyes 4:8-11.14-16a / Romanos 6:3-4.8-11 / Mateo 10:37-42



La filósofa Raïssa Maritain, en sus diarios, explica que en los primeros años de su matrimonio con Jacques comprendió algo que la sorprendió: que amaba a su marido más libremente desde que había aprendido a amar a Dios. Como si el amor humano, en lugar de disminuir, se hubiera ensanchado. Aquella intuición es exactamente lo que Jesús quiere decir hoy.

Porque Jesús, en el Evangelio de hoy, dice algo que de buenas a primeras parece duro, casi cruel: “el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”. Y nosotros, educados en la sensibilidad moderna, nos ponemos en guardia. Parece que Jesús esté pidiendo una elección entre el amor a los nuestros y el amor a Dios, como si fueran dos cosas que se hacen competencia. Pero Jesús no es celoso. No funciona así.

Lo que Jesús dice es algo mucho más radical y mucho más bello: que un amor que no tiene un fundamento más grande que él mismo, tarde o temprano, se ahoga a sí mismo. Quienes han amado de verdad saben que el amor humano, cuando se hace absoluto, cuando se convierte en lo único, empieza a pesar. Empieza a exigir. Empieza a consumir. No porque el otro sea malo, sino porque ningún ser humano puede soportar el peso de ser el absoluto de otra persona.

Jesús no pide que amemos menos a los nuestros. Pide que los amemos mejor. Y amar mejor significa amarlos en Él, desde Él, a través de Él. Significa que cuando miro a mi madre, a mi padre, a un familiar, los veo con unos ojos que van más allá de los míos, unos ojos que han aprendido a mirar desde un lugar más hondo. Esto es lo que lo cambia todo.

Pero entonces Jesús añade otra cosa que da vértigo: el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Y aquí la palabra clave no es "cruz". La palabra clave es "su". Su cruz. No la que nos gustaría tener. No la que hemos elegido. La nuestra. Aquella que lleva nuestro nombre, que tiene la forma exacta de nuestra vida, de nuestros límites, de nuestras heridas.

Hay una tentación muy extendida que consiste en querer llevar la cruz de los demás para no tener que llevar la propia. Nos ofrecemos, nos sacrificamos, nos vaciamos por los demás, y mientras tanto rehuimos aquello que es lo único que Dios nos ha pedido: aceptar quiénes somos, con todo lo que no hemos elegido, con todo lo que no nos gusta de nosotros mismos. La cruz propia es siempre, en el fondo, la aceptación de ser finitos. Limitados. Necesitados.

Andrés, al final, la frase que lo contiene todo: el que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Jesús no habla de muerte física. Habla de aquella manera de vivir que consiste en aferrarse, en controlar, en protegerse, en cerrarse dentro de un proyecto de vida que yo mismo he diseñado y del que quiero ser el único artesano. Quien vive así, dice Jesús, en realidad no vive. No ha entendido nada. Agarra la vida y la guarda, y precisamente por guardarla, la pierde.

Perder la vida por Él. Entregarla. Ponerla a disposición. No de una manera heroica y espectacular, sino en la pequeñez de cada día: en el momento en que escucho cuando tendría ganas de hablar, en el momento en que cedo cuando podría imponerme, en el momento en que me hago pequeño para que el otro pueda crecer. Esto es perder la vida. Y es exactamente en ese momento cuando se empieza a encontrar.

La segunda parte del Evangelio habla de recibir. Quien os recibe a vosotros, me recibe a mí. Quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Hay una cadena de presencias aquí que es casi vertiginosa. En cada persona que acogemos, en cada forastero, en cada pequeño, hay alguien que se esconde y que espera ser reconocido. Y Jesús dice que hasta un vaso de agua fresca dado en el momento justo no quedará sin recompensa.

Un vaso de agua fresca, hermanos y hermanas, no un sermón. No una obra extraordinaria. Un gesto humilde, concreto, silencioso. Porque al final la fe no se mide en grandes renuncias sino en la calidad de nuestra atención a los que tenemos al lado. En nuestra capacidad de estar presentes de verdad, sin prisa, sin agenda, sin necesidad de ser los protagonistas. Porque es en estos detalles aparentemente insignificantes donde se manifiesta, de manera casi escondida, la presencia de Dios.
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