Isaías 49: 1-6 / Hechos de los Apóstoles 13: 22-26 / Lucas 57: 66.80
“¿Qué será este niño?”, se preguntaban los familiares de Zacarías e Isabel que fueron testigos de los hechos extraordinarios que acompañaron su nacimiento.
La pregunta nos la podemos hacer todos sobre cualquier persona y sobre nosotros mismos: ¿Quiénes somos nosotros? ¿Quién es este que tengo al lado? ¿Quién soy yo? Quizá no habrá hechos extraordinarios que rodeen nuestras vidas, pero la respuesta final del Evangelio sobre aquel bebé, que era necesario que se llamara Juan, nos va bien a todos. Fue un profeta.
Y ¿qué es un profeta según las lecturas de hoy?
Un hombre que reconoció la acción de Dios en la historia y en la vida. Como el autor del salmo que hemos escuchado, Juan vio que en el entramado de su interior quien tejía era el Señor, y por lo tanto podía decir: “Os doy gracias por haberme hecho tan admirable”, no poniendo el acento en las cualidades personales sino en su donador y promotor. La primera condición de un profeta es la conciencia de Dios. ¿En nombre de quién hablaría, si no? Juan significa: Dios es pleno de gracia, Dios se vuelca en los hombres y mujeres.
La experiencia de este Dios permite que las acciones y las palabras sean confesión de fe. Una confesión que es gradual y que crece, que nos acompaña, que nos desafía ante nuestro entorno. Las lecturas de hoy hablan de procesos y son realistas.
O bien se refieren al mesías del libro de Isaías, que va evolucionando desde la primera llamada de Dios hasta su vocación de ser luz para todos los pueblos;
O a las palabras del salmo 138:
Os era todo yo bien conocido,
nada mío os pasaba por alto
cuando yo me iba haciendo secretamente,
como un bordado, aquí abajo en la tierra.
O al silencio de Zacarías que debe madurar la misión que Dios da a su hijo Juan y que él e Isabel harán concreta en el nombre inesperado e inspirado que le pondrán.
Todos son procesos donde reconocemos la mano del Señor que nos empuja a la fe y al testimonio y por eso podemos hacérnoslos nuestros, a pesar de la distancia que tengamos con un profeta como Juan Bautista. A la pregunta: “¿Qué será este niño?”; “¿Qué seremos nosotros?”, todos podemos responder y caminar hacia la afirmación de San Pablo: “es un hombre como lo desea mi corazón, él llevará a cabo todo lo que me propongo".
A menudo nos puede dar vergüenza, nos puede llevar a dudar de que en nosotros se pueda producir este proceso que nos hace profetas, que nos lleva a ser “hombres como desea el corazón de Dios”. Es en estos momentos en los que nos ayuda tanto el recuerdo de hombres y mujeres que se han acercado a nuestros ideales humanos, cristianos, monásticos.
Como he dicho al principio, recordamos hoy al Abad Cassià M. Just i Riba en el centenario de su nacimiento. Creo sinceramente y le agradecemos que fuera un hombre, un monje, un presbítero y un abad “como desea el corazón de Dios”. Podríamos explicar anécdotas infinitas tanto yo, como todavía más algunos de mi hermanos de comunidad que convivisteis con él muchos años.
Solo diré dos cosas, que personalmente le oí decir y me impactaron:
La sensibilidad de reconocer el trabajo de Dios en la gente. Le recuerdo la expresión: “Viven con naturalidad las cosas de Dios”, como expresión de un momento deseado de madurez personal.
Y la capacidad de acoger a tanta gente por el don de una empatía natural que lo hacía cercano, muy cercano. Hasta el punto de sentirte privilegiado y único por una amistad y confianza, que, de hecho, compartías con centenares de otras personas.
Dos virtudes, si me lo permitís, en el núcleo de la vocación monástica en Montserrat.
En las lecturas de hoy también encontramos la misión de todo profeta de llevar al pueblo y a la gente hacia Dios. Y como comunidad no podemos sino agradecer que el Abad Cassià fuera, durante los veintidós años de su abadiato, el padre que señaló el camino en circunstancias no siempre fáciles en el posconcilio, en los últimos años del franquismo y de la transición a la democracia, en una comunidad no exenta de tensiones. Más allá del maestrazgo monástico y del aprecio personal de tantas personas (no me puedo imaginar las historias personales de quienes nos escucháis, y de los tantos que se relacionaron con él y que ya no están); este “ser un hombre como desea el corazón de Dios”, se traducía en muchas opciones sociales y solidarias que siempre le fueron reconocidas, hasta su muerte, el 12 de marzo de 2008, diecinueve años después de haber dejado el abadiato. Su memoria queda especialmente ligada a la Fundació Cassià Just para la integración laboral de personas con capacidades especiales mentales. A pesar de la resistencia personal a que una entidad llevara su nombre, lo aceptó con el espíritu de ayudar y de añadir posibilidades a la propia acción social.
Si ser una buena persona, si buscar ser alguien como desea el corazón de Dios, si señalar hacia Jesucristo como hizo siempre Juan Bautista son un objetivo para cualquier cristiano, no querría este último día del curso, pensando en vosotros escolanes, dejar de presentaros al Abad Cassià Just como un gran músico y un ejemplo a seguir. Compositor y sobre todo organista, habéis cantado una de sus salves muchas veces y hoy cantaréis el “Angelus Domini”. El trabajo forjó su talento natural, desde el maestrazgo de su padre, el Maestro Joan Just de Igualada, también antiguo escolán, pasando por su estancia en la Escolanía recién terminada la guerra, a la cual siguió, con una breve interrupción, el noviciado y la entrega a Montserrat, donde su formación fue sobre todo musical. En Roma y en París, donde fue apreciado por un compositor como Messiaen. Pero su profundidad humana y espiritual le hizo decir un día a un organista más joven que la verdadera libertad era no obsesionarse por una nota desafinada. En un músico de su categoría no era poca cosa. ¡Y no os lo toméis, por favor, los escolanes, como un estímulo para desafinar, que si no los directores me reñirán!
De hecho, el Abad Cassià tocaba la Passacaglia de Bach dos semanas antes de morir, a los 81 años, y no fallaba una nota.
El cántico de Zacarías, la respuesta de alabanza que el padre de Juan Bautista proclama, dice que él viene a preparar los caminos del Señor, los caminos de Jesucrist. Es una propuesta para todos, que da pleno sentido a nuestra vida, que nos lleva a amar y conocer a Dios e intentar tener esta naturalidad y bondad que se desprenden de él y del Evangelio. Procurémoslo todos y que nos ayude la comunión con su cuerpo y su sangre, que ahora compartiremos.