Homilía del P. Manel Gasch i Hurios, abad de Montserrat (24 mayo 2026)

Solemnidad de Pentecostés (A)

Abadía de Montserrat - ES 24 de mayo de 2026
Hechos de los Apóstoles 2:1-11 / 1 Corintios 12:3b-7.12-13 / Juan 20:19-23


 
Su confirmación nos permite hoy, queridos escolanes PauOriolMiquelLlucMartíBoris y Oriol, vivir con más intensidad, más de cerca la escena que hemos leído en la primera lectura. Todos juntos, evocamos esta mañana en Montserrat aquel día, cincuenta después del Domingo de Pascua, en el que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles reunidos en Jerusalén.

No solo lo celebramos como un hecho pasado, sino que por la fuerza del sacramento lo reproducimos. Dios nos ha hecho el don de estar presente en sus sacramentos, en estos signos que provocan algo. Y hoy está aquí. Esto es así y lo es especialmente por su confirmación. La parte más importante la hace Él, el Espíritu Santo, pero también les pide y nos pide a todos algo. Lo dice el sentido más literal de la palabra: confirmar. Dios se vuelve a comprometer en su amor y ustedes también se vuelven a comprometer con la fe que recibieron en su bautismo, en la fe que creen, y por eso repetirán las verdades esenciales con todos nosotros; y en el acto de fe, porque recibir voluntariamente un sacramento, como la confirmación, es hacer un acto personal de fe, muy importante y significativo en su entorno y en el mundo en que vivimos. También tu primera comunión, Bernat, participa de esta fe en Jesús, a quien recibirás en su cuerpo a partir de hoy.

El otro día, en un breve encuentro con ustedes después de comer, me preguntaban cómo podía ser esto de que alguien entrara dentro de nosotros. No sería posible si fuera otra persona, o solo entraría físicamente algún objeto si lo tragáramos, pero nunca se uniría con nosotros de la manera que lo hace Dios. Él sí puede entrar porque es precisamente este Espíritu, en mayúsculas, que viene a encontrar nuestro espíritu, nuestra parte más sensible, más interior, donde podemos estar con nosotros mismos. Por eso calificamos al Espíritu Santo con algunas palabras que nos ayudan a entender esta idea: por ejemplo le llamamos, dulce huésped del alma, es decir, aquel a quien invitamos con gusto a quedarse con nosotros, porque es amigo y es agradable.

¿Qué pasó en aquel momento, en Jerusalén, que hoy recordamos? En aquel lugar, en el círculo de los apóstoles, a los cuales la tradición ha unido a la Madre de Dios, la consecuencia primera e inmediata de recibir al Espíritu Santo es el don de hablar muchas lenguas. Este don no es un mérito para poner en el currículum, o para hacer ejercicios de idiomas entre ellos que, por otra parte, se entendían bien en arameo, sino que lo importante es qué pasa después. Nos lo dice la lectura con la frase:

Cuando se oyó aquel estruendo, la gente acudió y quedó desconcertada, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.

¡Por lo tanto, aquellos once apóstoles de repente se convierten en foco de atracción y en posibilidad de comunicar! ¡La gente acudió! ¡Este es un reto para nuestra Iglesia! Que la gente venga, que el Espíritu Santo lo provoque... ¡Andrés, y que cuando estén allí, si quedan desconcertados sea precisamente porque entienden el lenguaje que hablamos y las cosas que decimos! La capacidad de comunicarse es el primer efecto del Espíritu Santo.

¡¡¡Podríamos pensar que en aquella época, antes de las aplicaciones de traducción de los móviles que tenemos hoy, esto de entenderse en varios idiomas era un milagro importante!!! También lo es ahora porque la tecnología, por mucho que avance, no le quita ningún valor a Pentecostés, ya que aquí se habla de una comunicación más profunda, que hace que el don del Espíritu Santo sea muy actual. Hace unas semanas, una entrevista a un psicólogo alertaba de la soledad y la incomunicación que padece nuestra sociedad, rodeada de “likes”, pero sola. He dicho más de una vez que parece que cuanto más conectados estamos, menos capaces somos de comunicarnos y de entendernos. En Pentecostés, celebramos el reto que nos pone nuestra fe a atraer, a hablar y a entendernos en la diversidad de nuestro mundo, como ya pasó en Jerusalén, precisamente en Jerusalén.

Para que todo esto que decimos tenga un sentido, hay que vivir también nuestra humanidad, nuestro ser, personas de una manera auténtica. Estaría bien que el Espíritu Santo nos sacudiera. Este Espíritu realmente llega a todas las dimensiones de las personas: es Él quien, tal como le hemos cantado en la secuencia, viene a limpiar lo sucio, a regar lo que está seco, a curar lo que está enfermo, a flexibilizar nuestra rigidez, a enfervorizar la frialdad, a enderezar lo desviado. ¡No se le escapa nada! Es consuelo para los que han pasado por situaciones difíciles, la muerte de una persona amada, y tanto dolor escondido.

Este año litúrgico nos propone por Pentecostés leer el Evangelio de la primera aparición de Jesucristo resucitado a los apóstoles. El Evangelio nos ha vuelto a llevar al Domingo de Pascua, “al anochecer de aquel mismo domingo”, cuando Jesús, según San Juan, anticipa a los apóstoles el Espíritu Santo para que ya desde aquel día empiecen a comunicar la buena nueva, que no es más que una traducción de la palabra evangelizar. Y el primer mensaje de este envío, la primera facultad, como la carta de presentación del mensaje pascual, es perdonar.

A los escolanes, en el encuentro del otro día, les hice una pregunta que podía parecer que no tenía mucho que ver con la confirmación, era: ¿Qué les gustaría que cambiara en el mundo? Y respondieron con algunos de los deseos más normales a esta pregunta. La justicia, la paz, el fin de la guerra, el fin de la pobreza. Los repetimos porque, aunque hace siglos que respondemos esto mismo, estamos muy lejos de ello. Alguien también dijo que quería que cambiara el gobierno de los Estados Unidos, pero eso, como no depende de nosotros, lo dejaremos en manos de los norteamericanos.

Hoy, deseamos y pedimos para que la acción del Espíritu Santo no encuentre obstáculos en el mundo. Querríamos que no los encontrara tampoco en ustedes y que por la confirmación lo sientan como una presencia fuerte en cada uno. Vivir así, vivir siendo cristianos, tiene mucho que ver con estos grandes retos de nuestro tiempo, y la capacidad de perdonar, que nos dejó Jesús, es un buen comienzo para resolver conflictos, a veces para no dejar ni que empiecen.

El mundo también viene aquí a Montserrat, y cada día en la Salve está especialmente presente, tan variado como lo estaba en Jerusalén hace dos mil años. El canto de la Escolanía es una oración que puede despertar en cada uno la conciencia de Dios, y así, cantando, continúan lo que Jesús pidió a los apóstoles el día de Pascua: ser instrumentos del Espíritu Santo, que llama a toda la humanidad a la comunión con Dios y a la paz que deseamos.
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